Negro Horizonte 3: Shemot. El clímax de la trilogía

Hay trilogías que llegan a su final con la misma elegancia con la que un coche viejo llega a la ITV: echando humo, perdiendo piezas y rezando para que nadie mire demasiado de cerca. Luego está «Negro Horizonte», que decide despedirse haciendo exactamente lo contrario. El tercer y último tomo, editado por Tengu, pisa el acelerador, conecta todos los cables sueltos y remata una historia que empezó como una expedición suicida, pasó por una cárcel con muy mala atención al cliente y termina demostrando que escapar de una dictadura espacial es solo el calentamiento. Porque claro, cuando por fin logras huir del tirano de turno, descubres que al otro lado del universo te espera una niebla capaz de convertirte en un monstruo. La vida, una vez más, demostrando que siempre puede empeorar.

Philippe Pelaez cierra su trilogía con la tranquilidad de quien sabe perfectamente adónde quería llegar desde el principio. Y eso, en tiempos donde muchas series parecen escribirse capítulo a capítulo según sople el viento editorial, resulta casi revolucionario. Shemot no es un final improvisado ni una sucesión de explosiones para distraer al lector. Bueno… también hay explosiones, porque estamos hablando de ciencia ficción y sería de mala educación no incluir alguna nave reventando por los aires. Pero detrás del espectáculo hay una historia que habla de poder, libertad, miedo, manipulación y de esa maravillosa capacidad que tiene el ser humano para repetir los mismos errores generación tras generación, aunque cambien las naves espaciales por coches voladores.

Los protagonistas llegan aquí bastante castigados. Después de sobrevivir al Horizonte Negro, de escapar de minas, arenas de combate y gobernantes con el carisma de una declaración de Hacienda, Esther, Judith, Tobie y Ben consiguen reunirse con la resistencia. Uno pensaría que ahora empieza la parte agradable de la aventura, con discursos inspiradores, abrazos y una banda sonora épica. Pues no. Pelaez parece tener una norma muy clara: si sus personajes sonríen durante más de dos páginas seguidas, algo horrible tiene que ocurrir inmediatamente después. El resultado es una persecución constante donde nadie está realmente a salvo. No hay sensación de comodidad. Cada victoria cuesta sangre, sudor y alguna que otra crisis existencial. Y eso hace que el lector permanezca enganchado hasta la última página, porque el autor deja claro desde el principio que aquí nadie lleva una armadura argumental de esas que convierten a los héroes en inmortales.

Lo más interesante es que la acción nunca devora las ideas. Bajo toda esa capa de disparos, criaturas monstruosas, persecuciones espaciales y sabotajes hay una reflexión bastante incómoda sobre cómo funcionan las dictaduras. Pelaez no señala únicamente al tirano; también apunta hacia quienes obedecen, quienes miran hacia otro lado y quienes prefieren la seguridad de una jaula antes que la incertidumbre de la libertad. Vamos, un recordatorio bastante oportuno de que los malos rara vez gobiernan solos. Y luego está toda la simbología bíblica. Aquí hay referencias al Éxodo, a Babilonia, a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y a un montón de elementos religiosos integrados con bastante inteligencia. No hace falta tener un doctorado en Historia Antigua para disfrutarlas, pero si las reconoces, descubres que no están puestas para parecer profundas en una reunión de guionistas. Forman parte del ADN de la historia y ayudan a darle una dimensión mucho mayor que la de un simple relato de supervivencia espacial. Eso sí, si alguien busca una lectura ligera para desconectar antes de dormir, quizá debería probar con el catálogo de recetas de cocina. Negro Horizonte no deja mucho espacio para relajarse. Cada capítulo parece decirte: «¿Creías que esto iba mal? Espera cinco páginas». Y cinco páginas después compruebas que, efectivamente, podía ir muchísimo peor.

En el aspecto gráfico, Benjamin Blasco-Martínez vuelve a demostrar que este universo le pertenece. Su dibujo tiene personalidad, fuerza y una capacidad enorme para construir escenarios opresivos. Kepler-452b nunca parece un planeta donde uno quiera reservar vacaciones, precisamente. Todo transmite humedad, suciedad, decadencia y peligro. Incluso las naves espaciales tienen aspecto de necesitar una limpieza urgente y un mecánico con mucha paciencia. Los escenarios son enormes, llenos de detalles y transmiten esa sensación de inmensidad que toda buena ciencia ficción necesita. Pero lo realmente impresionante es cómo consigue que el famoso Horizonte Negro siga siendo inquietante incluso después de haber convivido con él durante tres tomos. Esa niebla sigue funcionando como uno de los mejores antagonistas de la serie. No habla, no hace discursos grandilocuentes ni explica su plan maestro durante veinte páginas. Simplemente aparece y sabes que las cosas van a salir rematadamente mal. El color también juega un papel fundamental. Blasco-Martínez utiliza una paleta oscura que envuelve toda la obra en una atmósfera casi enfermiza. No busca hacer páginas bonitas para colgar en Instagram. Busca que el lector note el peso del mundo, la suciedad de la guerra y la desesperanza constante. Y vaya si lo consigue. Además, las influencias cinematográficas aparecen sin ningún complejo. Hay ecos de Alien, de Blade Runner, de Starship Troopers y de otros clásicos del género, pero nunca da la impresión de estar viendo una colección de homenajes vacíos. Son referencias que ayudan a construir una identidad propia en lugar de sustituirla.

Uno de los mayores méritos del álbum es que sabe cuándo detenerse. Hoy parece obligatorio que cualquier historia mínimamente exitosa se convierta en una franquicia interminable con precuelas, secuelas, interludios, especiales de Navidad y un spin-off protagonizado por el personaje que aparecía dos viñetas al fondo. Pelaez y Blasco-Martínez, en cambio, cierran su historia cuando deben hacerlo. Ni antes ni después. Y eso deja una sensación muy agradable: la de haber leído una trilogía completa, pensada como un todo, sin alargar artificialmente la agonía.

Por otro lado, Tengu vuelve a demostrar también el buen ojo que está teniendo para incorporar al mercado español obras europeas alejadas de los caminos más comerciales. La edición mantiene un nivel excelente y permite disfrutar del impresionante apartado gráfico sin poner obstáculos entre la obra y el lector. Porque sí, una buena edición también consiste en saber cuándo no estorbar.

Al final, lo mejor de esta saga es que consigue equilibrar continuamente espectáculo e inteligencia. Hay acción para quien quiera acción. Hay monstruos para quien quiera monstruos. Hay conspiraciones políticas para quien disfrute con ellas. Hay filosofía para quien quiera rascar un poco más debajo de la superficie. Y, sobre todo, hay personajes que evolucionan de verdad, que dudan, que fracasan y que pagan las consecuencias de sus decisiones. Cuando llegas a la última página no tienes la sensación de haber asistido simplemente al final de una aventura espacial. Da la impresión de haber recorrido un largo viaje donde cada tomo aportaba una pieza diferente de un puzle mucho mayor. Eso convierte a «Negro Horizonte» en una de esas trilogías que merece la pena leer completa, porque el verdadero premio aparece cuando todas las piezas encajan. Y la mejor forma de disfrutar de este puzle es volviendo al principio y recorrer sus paginas infinitas por si en algún momento te perdiste algún detalle.

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