Biblioteca Marvel Daredevil volumen 9. Despedida de Stan Lee

Antes o después tenía que pasar. Hasta Stan Lee, el hombre que parecía escribir más cómics a la semana que cafés se tomaba al día, acabó mirando el calendario, el montón de guiones pendientes y pensando: «Igual esto de multiplicarme como los panes tiene un límite«. Y así llegamos a la novena «Biblioteca Marvel Daredevil», un tomo que no solo incluye el histórico número 50 de la colección, sino que también marca un cambio de guardia. Lee abandona poco a poco el timón, Roy Thomas asoma la cabeza con ganas de poner algo de orden y un jovencísimo Barry Smith aparece para recordarnos que todas las leyendas empezaron dibujando caras un poco raras.

La edición de Panini Comics mantiene el nivel de esta colección Biblioteca Marvel: 160 páginas a color con los números  Daredevil 46-51 con traducción de Gonzalo Quesada, Víctor Rubio y Juanan Cruz y una reproducción que permite disfrutar del espectacular trabajo gráfico de la época. Porque si algo deja claro este volumen es que, incluso cuando los guiones empiezan a dar síntomas de agotamiento, el apartado artístico sigue tirando del carro como un campeón.

El tomo arranca resolviendo el lío en el que el Bufón había metido a Daredevil, acusado nada menos que de asesinar… a Matt Murdock. Sí, si ya os parece complicado explicar una baja laboral, imaginad justificar que no habéis matado a vuestra identidad secreta. La resolución es puro Stan Lee en piloto automático: soluciones rápidas, casualidades convenientes y diálogos que hoy provocan más sonrisas que tensión. Es uno de esos momentos donde se nota que Lee ya estaba escribiendo con una mano mientras con la otra seguramente supervisaba media Marvel. Y ese es precisamente el gran problema del tomo. Stan Lee sigue demostrando que dominaba como pocos las relaciones entre personajes, pero cuando llega la hora de desarrollar la trama principal parece que lanza un dado de veinte caras y escribe lo primero que salga.

Porque, admitámoslo, el pobre Matt Murdock tiene la estabilidad emocional de un meteorólogo en Marte. Karen Page pasa de querer casarse con él a no soportarlo, luego vuelve a quererlo, después se enfada otra vez y finalmente todo se arregla… hasta la siguiente página. Foggy Nelson continúa enamorado de Karen mientras hace campaña para convertirse en fiscal del distrito, aunque a veces parece que dedica más esfuerzo a sufrir por amor que a ganar votos. Es un auténtico culebrón universitario donde todos reaccionan como si hubieran desayunado café mezclado con dinamita.

Para destacar tenemos el numero 50 con la unión de Lee y Smith jugando con Robots. Porque si algo enseñaban los cómics Marvel de finales de los sesenta es que cualquier problema cotidiano podía solucionarse fabricando un robot. ¿Quieres robar un banco? Robot. ¿Quieres conquistar el mundo? Robot. ¿Quieres impresionar a la chica que te gusta? Bueno… probablemente también un robot. La sensación general es que Lee iba enlazando ideas según se le ocurrían. Un mafioso por aquí, un robot por allá, el Zancudo molestando en la campaña política de Foggy porque sí, Karen entrando y saliendo de escena según exigiera el drama romántico. Todo funciona, pero con la misma lógica que una partida de improvisación entre amigos a las tres de la mañana.

Por suerte aparece Roy Thomas justo a tiempo para empezar a recoger los juguetes desperdigados por el suelo. Su primera intervención no revoluciona inmediatamente la colección, pero sí transmite una sensación muy agradable: alguien parece tener un plan. Liquida rápidamente la trama del androide, ordena varios cabos sueltos y deja la impresión de que Daredevil empieza una nueva etapa donde las historias respirarán algo mejor.

En el apartado gráfico, Gene Colan continúa demostrando por qué es uno de los grandes nombres asociados al personaje. Su dibujo resulta elegante, fluido y tremendamente cinematográfico. Las escenas de acción poseen una sensación de movimiento que muy pocos dibujantes conseguían entonces, y Matt Murdock parece deslizarse por las viñetas con una naturalidad casi imposible para la época. Cuando Colan descansa entra un jovencísimo Barry Smith. Y aquí ocurre algo curioso. Si este hubiera sido el primer trabajo que leyéramos suyo probablemente diríamos: «Pues apunta maneras«. El problema es que viene justo después de Gene Colan. Es como sustituir al guitarrista principal de un concierto por un estudiante del conservatorio que promete muchísimo… pero todavía está aprendiendo dónde enchufar el amplificador. Eso no significa que Smith dibuje mal. Al contrario. Ya aparecen algunas composiciones muy interesantes, un gusto evidente por el detalle y ese trazo delicado que años después explotaría de forma espectacular. Además, las tintas de George Klein consiguen potenciar bastante mejor sus lápices que las de Johnny Craig, donde el acabado resulta algo más irregular. Es fascinante contemplar aquí los primeros pasos de quien terminaría revolucionando la fantasía heroica con Conan pocos años después.

En definitiva, la novena «Biblioteca Marvel Daredevil» es un volumen de transición y menos mal. Stan Lee se despide dejando claro que fue un creador irrepetible, pero también que había llegado el momento de pasar el testigo antes de que todas las historias terminaran resolviéndose con un malentendido, una discusión amorosa y un robot gigante. Roy Thomas entra con ilusión, Gene Colan está sencillamente magnífico y Barry Smith comienza a enseñar que debajo de ese dibujante todavía algo verde se escondía un artista destinado a hacer historia. No es el mejor tomo de la etapa clásica de Daredevil, pero sí uno de los más importantes. Es el instante en el que la serie deja de vivir del carisma de Stan Lee para empezar a buscar su propia personalidad. Y, siendo sinceros, después de ver a Karen cambiar de opinión siete veces por capítulo, hasta el pobre Daredevil debía de estar deseando que llegara un nuevo guionista.

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