Hay días en los que uno abre un cómic esperando encontrarse una bonita historia sobre héroes, monstruos y aventuras. Luego recuerdas que estás entrando en la mitología griega y comprendes que has cometido un grave error de cálculo. Aquí nadie va a terapia, los dioses solucionan los problemas lanzando maldiciones, los reyes toman decisiones con el criterio de un político en campaña y cualquier invento revolucionario acaba provocando una tragedia familiar de proporciones olímpicas. Bienvenidos a «El laberinto del Minotauro» («Thésée et le Minotaure«), la nueva entrega de «La sabiduría de los mitos» publicada por Yermo Ediciones, donde Luc Ferry y Clotilde Bruneau vuelven a demostrar que los griegos inventaron prácticamente todos los géneros narrativos. Incluido el drama de «todo esto podría haberse evitado si alguien hubiera pensado dos minutos antes de actuar«.

Lo mejor de esta edición es que no se limita al célebre enfrentamiento entre Teseo y el Minotauro. También recupera la historia de Dédalo e Ícaro, formando un volumen que encaja ambas narraciones como si fueran piezas del mismo puzle. Porque, al fin y al cabo, todo gira alrededor del dichoso laberinto, una construcción tan perfecta que siglos después seguimos utilizándola como metáfora para describir cualquier burocracia moderna. Si alguna vez has intentado hacer una gestión administrativa y has acabado rellenando siete formularios distintos para volver al punto de partida, ya sabes exactamente lo que sintió el Minotauro.
La primera historia nos presenta a Dédalo, probablemente el ingeniero más brillante de toda la Antigüedad y, al mismo tiempo, uno de esos genios incapaces de llevar una vida tranquila. El hombre inventa soluciones para todo excepto para sus propios problemas. Su talento es inmenso, pero también lo es su capacidad para verse envuelto en situaciones cada vez más desastrosas. Construye mecanismos imposibles, diseña el famoso laberinto y acaba atrapado dentro de su propia creación. Una metáfora bastante evidente sobre cómo el trabajo termina devorando a quien vive exclusivamente para él. Si hoy existiera LinkedIn, Dédalo tendría un perfil espectacular y seguramente seguiría sin encontrar el equilibrio entre la vida laboral y la personal. Después llega Ícaro, el personaje que ha servido durante siglos para recordar que acercarse demasiado al sol no suele ser buena idea. Curiosamente, nadie suele insistir tanto en que el pobre muchacho simplemente confiaba en su padre, que decidió fabricar unas alas con cera y plumas porque, evidentemente, aquello parecía un plan perfectamente razonable. La mitología griega tiene esa capacidad única para convertir decisiones absolutamente cuestionables en lecciones filosóficas universales.

La segunda parte del volumen nos lleva al relato que da título al libro: el enfrentamiento entre Teseo y el Minotauro. Aquí aparece Minos, un rey que demuestra un talento extraordinario para empeorar cualquier situación. Su esposa da a luz al Minotauro, fruto de uno de esos castigos divinos que solo podían surgir de la imaginación de los dioses griegos, y la solución del monarca consiste en encerrar al monstruo dentro de un gigantesco laberinto. Hasta ahí todo relativamente lógico. El problema llega cuando decide que alimentar a la criatura con jóvenes atenienses cada nueve años es una política de Estado perfectamente aceptable. Entra entonces en escena Teseo, que representa el ideal clásico del héroe dispuesto a sacrificarlo todo por los demás. Claro que, tratándose de un héroe griego, tampoco conviene idealizar demasiado al personaje. Ferry y Bruneau optan por presentar una versión bastante noble del príncipe ateniense, centrándose en su valor y en su deseo de acabar con un sacrificio tan cruel. Funciona muy bien como protagonista, aunque los que conozcan otras versiones del mito sabrán que la biografía completa de Teseo dista bastante de convertirlo en un ejemplo de comportamiento ciudadano. Los héroes clásicos tenían una curiosa habilidad para salvar ciudades un día y arruinar varias vidas al siguiente.
El famoso hilo de Ariadna sigue siendo uno de los recursos narrativos más elegantes jamás concebidos. No hace falta una espada mágica ni un ejército de dioses para escapar del laberinto. Basta con un simple ovillo de hilo y alguien que piense antes de lanzarse de cabeza al peligro. Es casi revolucionario dentro de una mitología donde la mayoría de los problemas suelen resolverse a espadazos. Luc Ferry y Clotilde Bruneau vuelven a demostrar que conocen perfectamente el material original y, sobre todo, saben cómo adaptarlo sin convertirlo en una clase de literatura clásica. Condensan siglos de tradición oral y diferentes versiones del mito en dos relatos ágiles, claros y muy accesibles. Evidentemente hay simplificaciones, algunas elipsis inevitables y decisiones narrativas destinadas a mantener el ritmo, pero el resultado nunca pierde el respeto por las fuentes clásicas. Más bien consigue algo mucho más complicado: que den ganas de seguir leyendo sobre estos personajes cuando se cierra el álbum.

En el apartado gráfico encontramos un trabajo muy sólido. Giulia Pellegrini aporta elegancia y expresividad a la historia de Dédalo e Ícaro, mientras Didier Poli y Mauro De Luca mantienen una identidad coherente en el resto del volumen. Las figuras poseen un aire casi escultórico, los escenarios transmiten grandeza y las escenas de acción tienen el dinamismo suficiente para que nunca parezcan simples ilustraciones de un texto conocido. Especialmente llamativa resulta la representación del propio laberinto. No es únicamente una construcción gigantesca; se convierte en un personaje más, una prisión física y psicológica donde cada pasillo parece esconder una decisión equivocada. Del mismo modo, el Minotauro aparece retratado con una mezcla de brutalidad y tragedia que recuerda constantemente que él también es una víctima de los caprichos divinos. Al final, casi todos los personajes de la mitología griega acaban pagando por errores que ni siquiera cometieron. Y para rematar la faena el color de Chiara Zeppegno con Arancia Studio y Elvire de Cock juegan unos tonos terrosos y pocos intensos adecuados para la época retratada.
Yermo Ediciones vuelve a cuidar la edición como merece una colección de este nivel. El cartoné de gran formato permite disfrutar plenamente del dibujo, el papel reproduce con fidelidad los colores y el conjunto transmite esa sensación de álbum europeo pensado para permanecer muchos años en la estantería. Las 112 páginas ofrecen una lectura muy agradecida y la inclusión de las dos historias aporta un valor añadido evidente, ya que ambas se complementan y enriquecen mutuamente.

Lo realmente interesante de esta colección sigue siendo su capacidad para recordar que los mitos nunca fueron simples cuentos de monstruos. Hablan del poder, de la soberbia, de la inteligencia, de la responsabilidad y de las consecuencias de nuestras decisiones. Eso sí, lo hacen con un sentido de la exageración absolutamente maravilloso. Si un rey rompe una promesa, nace un monstruo. Si un inventor presume demasiado de su talento, termina encerrado en su propia obra. Si un muchacho disfruta demasiado volando… bueno, digamos que la gravedad siempre acaba reclamando lo suyo.
En definitiva, «El laberinto del Minotauro» es otra magnífica entrega de La sabiduría de los mitos. Un cómic que mezcla aventura, tragedia, filosofía y monstruos con cabeza de toro sin que el resultado parezca una reunión de vecinos del Olimpo, que ya es mérito. Luc Ferry y Clotilde Bruneau condensan dos relatos inmortales con mucho oficio. Y, además, deja una valiosa enseñanza para la vida moderna. Si un rey te pide construir un laberinto para encerrar a un monstruo, di que estás ocupado. Si tu padre aparece con unas alas pegadas con cera y asegura que son «totalmente seguras«, busca un barco. Y si un ovillo de lana acaba siendo el elemento más inteligente de toda la historia… quizá los auténticos héroes nunca llevaron espada, sino que trabajaban en una mercería.
