Salaryman Z 5: otro reto corporativo

Hay empresas que presumen de cuidar a sus empleados. Luego está Takefuku, donde el plan de prevención de riesgos laborales consiste básicamente en no convertirse en el desayuno de un zombi antes de fichar. Y lo más preocupante es que la plantilla sigue asistiendo con puntualidad. Porque una pandemia puede acabar con la civilización, pero llegar tarde a la reunión de las nueve sigue siendo una falta grave. Ese es el maravilloso universo de «Salaryman Z», un manga que ha conseguido que el apocalipsis zombi parezca menos terrorífico que una evaluación anual de recursos humanos.

En este quinto volumen, editado por Panini Manga, Number 8 y Ten Ishida vuelven a demostrar que la oficina moderna es un ecosistema donde el estrés, la burocracia y la muerte viviente conviven con una naturalidad inquietante. De hecho, a estas alturas casi cuesta distinguir quién está infectado por un virus y quién simplemente lleva quince años enlazando reuniones que podrían haber sido un correo electrónico. La línea es muy fina.

El traslado al edificio NEO Shinbashi prometía convertirse en un nuevo comienzo para los supervivientes de Takefuku. Ya sabéis: oficina nueva, ilusiones nuevas, las mismas caras de agotamiento de siempre. Cambian las vistas desde la ventana, pero el síndrome del trabajador quemado sigue siendo idéntico. Entre almuerzos deprimentes, romances inesperados, aficiones absurdas y una ansiedad que podría cotizar en bolsa, los personajes intentan mantener una apariencia de normalidad mientras el mundo continúa cayéndose a pedazos. Básicamente, como cualquier lunes.

Lo mejor de Salaryman Z sigue siendo esa capacidad para convertir la cultura empresarial japonesa en el auténtico monstruo de la historia. Los zombis son un problema, claro. Pero siempre parecen ocupar un discreto segundo puesto detrás del protocolo corporativo. Si hay que elegir entre escapar o terminar una tarea pendiente, alguien siempre propone acabar primero el informe. No porque sea sensato, sino porque así funcionan los engranajes de una mentalidad laboral llevada hasta el absurdo más delicioso.

Este quinto tomo aprovecha además la ausencia de Maeyamada para mover el foco hacia Kiritani, que debe enfrentarse a una responsabilidad para la que probablemente nadie está preparado: dirigir una empresa cuando la mitad del consejo de administración podría intentar arrancarte un brazo. El personaje crece mucho durante el volumen precisamente porque deja de vivir a la sombra del protagonista habitual. No se convierte de repente en un héroe de acción musculado ni en un líder perfecto. Sigue siendo un oficinista que intenta improvisar soluciones mientras todo explota a su alrededor. Y precisamente ahí reside buena parte de su encanto.

Number 8 continúa afinando un guion que funciona porque nunca olvida qué historia quiere contar realmente. Sí, hay zombis. Sí, hay acción. Sí, hay momentos de tensión bastante bien medidos. Pero todo eso sirve para reforzar una sátira sobre el trabajo, la obediencia y la identidad profesional que resulta sorprendentemente inteligente. Cada conversación sobre liderazgo, sacrificio o productividad tiene una segunda lectura que apunta directamente al modelo empresarial japonés y, siendo sinceros, también a muchas oficinas del resto del planeta donde algunos directivos creen que la motivación consiste en poner frases inspiradoras junto a una foto de un amanecer. Y que cumplir con la jornada laboral es un deporte de riesgo.

Ten Ishida, por su parte, sigue demostrando un dominio del dibujo fantástico. El trazo mantiene un equilibrio muy complicado entre el horror y el humor. Los zombis son grotescos cuando deben serlo, la acción resulta clara incluso en las escenas más caóticas y las expresiones faciales hacen buena parte del trabajo cómico. Hay miradas de agotamiento que resumen mejor la vida laboral que cualquier manual de recursos humanos. A veces basta una viñeta con un personaje contemplando el vacío para comprender perfectamente cómo se siente después de otra reunión interminable.

El ritmo también merece un aplauso. Este quinto volumen alterna momentos de calma aparente con explosiones de violencia bastante contundentes sin que la transición resulte artificial. Uno puede estar asistiendo a una conversación casi cotidiana sobre las tareas del día y, dos páginas después, encontrarse con una situación completamente fuera de control como esa escapada del metro. Esa sensación de inestabilidad permanente mantiene la lectura muy viva y evita que la serie caiga en la repetición, algo especialmente meritorio tratándose de un manga que mezcla dos géneros tan explotados como los zombis y la supervivencia.

Además, los autores siguen ampliando el reparto sin convertir la historia en una lista interminable de nombres difíciles de recordar. Cada personaje aporta una manera distinta de enfrentarse tanto al desastre como al trabajo. Algunos siguen aferrándose al reglamento incluso cuando el reglamento probablemente ha sido devorado hace varias horas. Otros empiezan a cuestionarse si tanta disciplina tenía realmente sentido. Esa diversidad de reacciones hace que el grupo resulte mucho más creíble y evita que todos hablen con la misma voz.

También resulta refrescante que la serie no necesite convertir a todos sus personajes en máquinas de matar para mantener el interés. La mayoría siguen siendo personas normales intentando sobrevivir con los recursos que tienen. Esa vulnerabilidad hace que cada enfrentamiento tenga más tensión y que las pequeñas victorias sepan realmente a triunfo. Quizá quien busque únicamente un festival ininterrumpido de vísceras y persecuciones encuentre este volumen algo más reflexivo de lo esperado. Pero precisamente ahí está la gracia de Salaryman Z. Los zombis nunca han sido el verdadero tema. Son el decorado perfecto para hablar de otra epidemia mucho más silenciosa: la obsesión por trabajar hasta el agotamiento, por sacrificar la vida personal en nombre de la empresa y por asumir como normales comportamientos que vistos desde fuera rozan el esperpento.

Al terminar el tomo queda la sensación de que la historia sigue creciendo de forma muy orgánica. No vive únicamente de su premisa llamativa, sino de unos personajes que evolucionan y de una sátira que continúa encontrando nuevas formas de pinchar las costuras del mundo laboral. En definitiva, este quinto volumen confirma que «Salaryman Z» sigue siendo una de las propuestas más originales dentro del manga reciente. Combina acción, humor negro, crítica social y supervivencia con una soltura admirable. Es un manga que consigue que te rías mientras alguien corre por un pasillo huyendo de un cadáver ambulante y, cinco minutos después, te descubras pensando que quizá el auténtico terror siempre fue esa reunión que podría haberse resumido en tres líneas. Porque los zombis, al fin y al cabo, tienen una ventaja sobre ciertos directivos. Al menos ellos reconocen abiertamente que quieren comerte el cerebro.

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