Conan lleva décadas demostrando que el secreto para sobrevivir en la Era Hiboria consiste en una dieta rica en proteínas, una espada del tamaño de una farola y una absoluta falta de interés por la diplomacia. Cada vez que entra en una ciudad perdida, lo normal es que alguien despierte un dios olvidado, un brujo decida sacrificar vírgenes o una civilización milenaria descubra demasiado tarde que dejar entrar a un cimmerio musculoso nunca ha sido una buena idea para la conservación del patrimonio. Este vigésimo primer volumen de la «Biblioteca Conan El Bárbaro» vuelve a recordarnos esa sencilla lección. Conan no busca problemas. Los problemas hacen cola para buscar a Conan. Y cuando termina la aventura, el balance suele incluir un reino destruido, media docena de tiranos muertos y un arqueólogo llorando porque el templo llevaba intacto cinco mil años… hasta hace diez minutos.

La etapa de J. M. DeMatteis continúa con una naturalidad que sorprende. Muchos lo recuerdan por sus historias introspectivas en Marvel y DC, por explorar la mente de héroes atormentados o por filosofar sobre la condición humana. Aquí, en cambio, parece entender que Conan no necesita un terapeuta. Necesita un enemigo suficientemente grande para justificar una pelea de veinte páginas. Y funciona estupendamente. Sus historias mezclan aventura, misterio, magia y exploración con una soltura que hace que cada capítulo se lea como aquellos relatos clásicos donde siempre había una ciudad prohibida, un rey completamente desequilibrado o una maldición esperando al primer incauto que abriese una puerta.
Lo mejor es que DeMatteis jamás intenta convertir a Conan en alguien que no es. No pretende modernizarlo ni revisarlo bajo el prisma de ninguna moda pasajera. Conan sigue resolviendo conflictos exactamente igual que siempre. Primero pregunta dónde está el tesoro y después utiliza la espada como argumento definitivo. Es una filosofía sencilla, pero extraordinariamente eficaz. Algunos personajes necesitan tres tomos para evolucionar emocionalmente. Conan necesita tres viñetas para partirle la cara al responsable del problema.

Entonces aparece John Buscema. Hablar de Buscema dibujando Conan empieza a ser casi aburrido. No porque su trabajo lo sea, sino porque resulta imposible encontrar palabras nuevas para repetir que era un auténtico animal del dibujo. El hombre parecía haber nacido sabiendo cómo debía moverse un guerrero, cómo debía rugir un monstruo y cómo debía lucir un paisaje salvaje. Todo parece fácil. Todo respira. Todo tiene fuerza. Hay autores que dibujan músculos. Buscema dibuja maravillas rellenas de miosina. Su Conan impone respeto simplemente caminando. Da igual que esté peleando contra un ejército, escalando una montaña o limitándose a mirar mal a alguien. Tiene presencia. Tiene peso. Tiene esa mezcla de salvajismo e inteligencia que convierte al personaje en algo mucho más interesante que un simple bárbaro con pocas palabras y mucha mala leche.
Claro que incluso los dioses tienen días complicados. Porque las tintas de Bob McLeod aparecen con frecuencia y, aunque están lejos de ser un desastre, tampoco consiguen potenciar el trabajo de Buscema como otros entintadores sí hicieron. Hay páginas donde el dibujo pierde contundencia, donde algunas figuras parecen más limpias de la cuenta y donde esa energía casi salvaje se queda un poco domesticada. Es como ponerle ruedas de entrenamiento a un dragón. Sigue siendo un dragón, pero da la impresión de que alguien le ha pedido moderación. Aun así, Buscema es Buscema. Incluso cuando no está en su mejor versión sigue dibujando mejor que la inmensa mayoría de los mortales.

También nos espera aquí el Annual #6 de la serie americana . Ese momento en el que uno pasa la página con ilusión porque vuelve Roy Thomas y piensa: «Esto va a ser una maravilla.» Pues depende. Roy Thomas cumple perfectamente. Nadie conocía mejor el universo de Robert E. Howard dentro de Marvel. Es uno de esos guionistas capaces de hacer que una historia huela a espada oxidada, vino barato y magia ancestral desde la primera página. Su relato tiene todos los ingredientes que uno espera de Conan. El problema empieza cuando levantas la vista del bocadillo y miras el dibujo. Sé que Gil Kane tiene una legión de admiradores. Los entiendo. Los respeto. Incluso comparto parte de esa admiración cuando hablamos de superhéroes. Pero aquí no. No consigo comprar ese Conan. Cada vez que aparece tengo la sensación de que el pobre cimmerio ha decidido cambiar de gimnasio. Donde Buscema dibuja una montaña con piernas, Kane presenta un héroe exageradamente estilizado, lleno de poses imposibles y con una anatomía que parece más interesada en impresionar a un profesor de Bellas Artes que en partir cráneos con un hacha. Hay viñetas donde Conan parece preparado para protagonizar un musical de Broadway sobre la espada y la brujería. Y eso cuesta aceptarlo. El contraste resulta casi cruel. Vienes de varias historias donde Buscema hace que cada espada pese veinte kilos y cada enemigo parezca realmente peligroso. Pasas al Annual y parece que alguien ha cambiado de película sin avisar. Es como estar viendo «Conan el Bárbaro» de John Milius y que, de repente, empiece una versión teatral dirigida por un coreógrafo especialmente entusiasta. Por suerte, el Annual es solo un pequeño alto en el camino.
La edición de Panini Comics como en otras ocasiones mantiene el nivel. Tenemos los números Conan the Barbarian Annual #122-#126 y Annual #6 con la traducción de Joan Josep Mussarra y Gonzalo Quesada. Así como portadas y paginas originales en blanco y negro. Y de remate tenemos un epilogo de Roy Thomas, un texto de DeMatteis, otro de Heliodorian explicando la relación de Howard con Lovecraft y para rematar el volumen, una cronología escrita por Lidia Castillo.

Al final, este volumen demuestra una curiosa paradoja. Incluso un tomo magnífico necesita un pequeño villano. Y ese villano no es un brujo estigio, ni un demonio ancestral, ni un rey loco empeñado en conquistar el mundo. Es el contraste entre John Buscema y Gil Kane. Buscema hace que Conan parezca el hombre más peligroso de la creación. Kane consigue que uno eche de menos a Buscema en cuestión de dos páginas. Y eso, probablemente, sea el mayor elogio que puede hacerse al primero y la mayor faena que podía sufrir el segundo. Aun así, la balanza cae con claridad del lado bueno. DeMatteis firma una etapa muy disfrutable, Roy Thomas aporta una aventura sólida, el material extra convierte la edición en una pequeña cápsula del tiempo y Buscema vuelve a recordarnos por qué sigue siendo el dibujante definitivo de Conan. Después de leer este volumen queda una conclusión evidente. La Era Hiboria estaba llena de monstruos, hechiceros y ciudades malditas, pero el mayor riesgo era intentar dibujar a «Conan El Bárbaro» justo después de John Buscema. Muy pocos salen vivos de esa comparación.
