El mejor amigo del perro: de amos a mascotas

Hay días en los que uno escucha las noticias, mira las redes sociales durante cinco minutos y llega a una conclusión demoledora. Quizá la evolución se tomó un café demasiado largo cuando decidió colocar al ser humano en la cima de la cadena alimenticia. Entre guerras absurdas, políticos incapaces de encontrar la salida de un parking sin crear una comisión parlamentaria, gente preguntándole a una inteligencia artificial cómo cocer un huevo y otros convencidos de que la Tierra tiene forma de croqueta, resulta difícil defender que nuestra especie siga siendo la joya de la creación. Así que aparece «El mejor amigo del perro»(«Le meilleur ami du chien«), publicado por Tengu Ediciones, y plantea una pregunta tan lógica que sorprende que nadie la hubiera formulado antes con semejante descaro. Si nosotros estamos haciendo un trabajo tan lamentable gobernando el planeta ¿por qué no dejamos que lo intenten los perros?

La premisa es maravillosa precisamente porque resulta ridículamente sencilla. La humanidad ha degenerado hasta convertirse en una colección de adultos funcionales sólo cuando el wifi funciona correctamente. Las inteligencias artificiales hacen el trabajo importante, la gente piensa cada vez menos y, viendo el panorama, los perros organizan una revolución. No una especialmente violenta. Más bien una intervención. Una especie de golpe de Estado con olor a pienso premium. Se levantan sobre las patas traseras, toman las riendas del mundo y deciden adoptar humanos para protegerlos (de sí mismos). Porque claro, si llevas miles de años viendo cómo un bípedo recoge tus excrementos mientras se pelea con desconocidos por internet, probablemente acabes llegando a la conclusión de que necesita supervisión constante.

Ahí reside el gran hallazgo de Olivier Lhote. No intenta construir una gran epopeya de ciencia ficción ni desarrollar una compleja distopía política. Lo suyo consiste en darle la vuelta al espejo y obligarnos a mirar nuestra realidad desde el otro lado de la correa. Todo aquello que hacemos con absoluta normalidad hacia los animales se convierte, de repente, en una costumbre bastante inquietante cuando somos nosotros quienes la sufrimos. Pasear con correa. Elegir humanos por su carácter. Llevarlos al veterinario porque «están un poco raros«. Premiarles cuando hacen sus necesidades donde corresponde. Hablarles como si fueran incapaces de entender una frase completa. Exactamente igual que hacemos nosotros… pero ahora duele un poquito el orgullo. Y es que el álbum posee una mala leche deliciosa. Nunca pretende impartir una lección moral desde un púlpito. No hay discursos interminables sobre el respeto animal ni sermones ecológicos disfrazados de humor. Lo que hace es muchísimo más efectivo. Ridiculizar nuestros comportamientos hasta que el lector termina riéndose, antes de descubrir que en realidad la broma iba dirigida contra él.

Es un humor heredero de lo gamberro. Que parece improvisado, pero que esconde bastante más observación de la que aparenta. A veces es absurdo. A veces infantil. Otras roza el humor negro. En ocasiones incluso parece escrito por alguien que decidió desayunar café con gasolina. Pero casi siempre encuentra una idea ingeniosa antes de que el chiste se desgaste. Porque esa era precisamente la gran amenaza del concepto. Un álbum entero construido sobre una única inversión podía agotarse en veinte páginas. «Ja, ahora los perros mandan.» Fin del asunto. Sin embargo, Lhote consigue exprimir la idea desde muchos ángulos distintos. Cada historieta encuentra un pequeño matiz nuevo, una situación cotidiana distinta o una contradicción diferente de nuestro comportamiento como especie.

Eso sí, tampoco conviene engañar a nadie. El mecanismo termina siendo reconocible. Al lector le queda claro muy pronto cuál es el juego y algunas bromas pisan un terreno parecido al de otras. Pero ocurre algo curioso. Igual que uno acepta que una tira diaria de prensa vive de repetir un formato conocido, aquí lo importante no es la sorpresa de la estructura sino la ocurrencia concreta de cada gag. Y cuando funcionan. Funcionan de maravilla. Hay momentos absolutamente delirantes. Humanos esperando ser adoptados como quien espera una entrevista de trabajo. Perros debatiendo cuál es la mejor raza de humano para convivir con niños. Matrimonios buscando un ejemplar tranquilo que no destroce los muebles cuando se queda solo. Funcionarios vendidos como si fueran una raza especialmente dócil, pero con importantes problemas de velocidad de respuesta. Son ideas tan estúpidas que uno acaba preguntándose cómo demonios nadie las había explotado antes. Lo mejor es que muchas de esas situaciones son simplemente la realidad trasladada unos centímetros hacia la izquierda. No inventan nada. Sólo cambian quién sostiene la correa.

El dibujo de Guillaume Guerse parece nacido para este tipo de locuras. No busca belleza académica ni realismo fotográfico. Busca expresividad. Exageración. Movimiento. Caricatura. Cada personaje parece vivir permanentemente dos segundos antes de una explosión cómica. Las expresiones faciales son exageradas hasta el límite, los cuerpos se deforman cuando el chiste lo necesita y la puesta en escena jamás pretende resultar elegante. Hace exactamente lo que debe hacer una comedia. Porque el humor gráfico no consiste en dibujar bien. Consiste en dibujar aquello que hace reír. Y Guerse domina perfectamente ese lenguaje. Sus perros transmiten autoridad, estupidez, ternura o superioridad con apenas una inclinación de las orejas. Los humanos, por el contrario, parecen completamente resignados a su nueva condición de mascotas. Viéndolos así cuesta no pensar que, siendo sinceros, tampoco han perdido tanto estatus. El color acompaña perfectamente esa atmósfera desenfadada. Todo resulta limpio, muy legible y tremendamente dinámico. Es uno de esos álbumes que prácticamente se leen solos porque el dibujo lleva constantemente al lector de una viñeta a la siguiente.

El cómic de Olivier Lhote y Guillaume Guerse funciona como una bofetada envuelta en una galleta con forma de hueso. Se ríe de nuestras manías, de nuestra arrogancia tecnológica, de nuestra absurda necesidad de sentirnos superiores y de esa entrañable costumbre humana de destruir absolutamente todo lo que toca mientras se felicita por ello. Es difícil enfadarse con un tebeo así porque dispara contra todos por igual. Nadie sale indemne. Ni el urbanita moderno, ni el funcionario, ni el político, ni el adicto al móvil, ni el dueño de mascotas convencido de que su perro sonríe cuando lo viste de marinero.

Después de leerlo, uno mira a su perro de otra manera. Ya no parece un compañero fiel. Parece un inspector realizando una auditoría silenciosa sobre nuestra especie mientras espera pacientemente el momento adecuado para tomar el poder. Si el futuro depende de elegir entre una humanidad dirigida por gente que discute durante horas sobre el color de un vestido en internet o una coalición internacional de golden retrievers, pastores alemanes y san bernardos organizados bajo el glorioso movimiento Can-GPT… quizá haya llegado el momento de ir comprando un buen collar, aprender a traer la pelota cuando nos la lancen y asumir con dignidad nuestra nueva condición de mascota. Al fin y al cabo, viendo cómo administramos el planeta, probablemente no nos merezcamos otra cosa. Y si además nuestro nuevo amo nos rasca detrás de las orejas, nos da comida dos veces al día y nos prohíbe comentar en redes sociales, igual hasta descubrimos que la civilización nunca estuvo tan cerca de funcionar correctamente y seamos «El mejor amigo del perro».

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