Hay quien piensa que gobernar un imperio consiste en sentarse en un trono muy grande, poner cara de pocos amigos y ordenar invasiones mientras alguien sostiene una espada detrás para dar ambiente. «Jaadugar: Una bruja en Mongolia» insiste, por segundo tomo consecutivo, en desmontar esa fantasía con una elegancia deliciosa. Según Tomato Soup, el destino del Imperio Mongol se decide mucho más a menudo entre tazas de té, conversaciones aparentemente inofensivas y mujeres que sonríen mientras calculan exactamente cuántos movimientos faltan para dejar a su rival sin escapatoria. Vamos, que esto se parece bastante más a una partida de ajedrez con veneno que a una película de bárbaros dando gritos desde un caballo. Y es una maravilla.

Después del excelente primer volumen, uno podía pensar que la autora iba a bajar un poco el ritmo. Error. Lo que hace es algo mucho más cruel: coger al lector de la mano, hacerle creer que ya entiende cómo funciona este mundo y, justo entonces, cambiar todas las reglas de la partida. Porque sí, Gengis Kan ha muerto. Y como ocurre siempre que desaparece el jefe de una empresa gigantesca, empiezan las reuniones, las luchas internas, las sonrisas falsas y los compañeros que hace una semana te llamaban «amigo» y hoy están calculando cuánto tardarán en ocupar tu despacho. Solo que aquí, en lugar de un comité de dirección, hablamos del mayor imperio del planeta. La escala cambia un poco.
Mientras tanto, Fátima (el nuevo nombre de Sitara) recibe una misión que cualquier departamento de Recursos Humanos desaconsejaría rotundamente: infiltrarse en otro harén para espiar sin que nadie descubra quién la ha enviado. Vamos, un cambio de destino laboral con un ligero incremento del riesgo de acabar ejecutada. Lo mejor es que Tomato Soup convierte esa premisa en algo muchísimo más interesante de lo que promete. Aquí el espionaje no consiste en esconderse detrás de una cortina con un pergamino en la mano. Consiste en sobrevivir a conversaciones donde cada palabra puede costarte la cabeza. Porque el auténtico campo de batalla son las personas. Y qué personas.

Si alguien sigue creyendo que los harenes eran únicamente lugares donde esperar a que apareciera el emperador, este manga le va a dar una clase magistral. Son auténticos ministerios del Interior, Exteriores y Economía funcionando al mismo tiempo. Hay más información circulando entre esos pasillos que en cualquier sala del consejo de ministros. Las mujeres observan, escuchan, negocian, manipulan y construyen alianzas mientras los hombres creen muy convencidos que son ellos quienes llevan las riendas. Es una situación tan universal que da hasta un poco de ternura.
Fátima continúa siendo una protagonista fantástica precisamente porque jamás intenta parecer invencible. De hecho, muchas veces parece la persona más pequeña de la habitación. Pero también suele ser la única que está prestando atención de verdad. Mientras otros se preocupan por demostrar autoridad, ella analiza silencios, estudia gestos y conecta piezas que el resto ni siquiera ha visto. Es el equivalente medieval a esa persona que permanece callada durante toda la reunión y al final resume el problema en dos frases, dejando al resto preguntándose por qué no se les había ocurrido antes. Sin embargo, el gran robo del tomo lo protagoniza Töregene.

Si en el primer volumen ya dejaba claro que no era precisamente una mujer fácil de manipular, aquí demuestra que probablemente sea la persona más peligrosa de toda la historia. No necesita levantar la voz. Ni siquiera necesita enfadarse. Basta con verla pensar para que uno tenga la sensación de que alguien acaba de cometer un error gravísimo sin saberlo todavía. Su relación con Fátima funciona de maravilla porque ambas representan dos formas muy distintas de enfrentarse al pasado. Las dos han sufrido pérdidas. Las dos fueron absorbidas por el Imperio Mongol. Las dos han aprendido a sobrevivir entre quienes un día les arrebataron todo. Pero mientras Fátima empieza a descubrir zonas grises, Töregene conserva un odio tan perfectamente organizado que casi podría archivarlo por orden alfabético. Y ahí está uno de los grandes aciertos del manga. No hay héroes impecables. No hay villanos de opereta acariciando un gato mientras ríen como si acabaran de descubrir el mal.
Todo el mundo tiene razones para actuar como actúa, y precisamente por eso resulta tan fácil entender incluso a personajes con los que jamás estaríamos de acuerdo. Tomato Soup construye una historia donde las decisiones importan mucho más que las etiquetas. Nadie es completamente inocente. Nadie está completamente equivocado. Todos intentan sobrevivir en un sistema que lleva décadas triturando personas.

También resulta admirable la forma en que la autora introduce esos eventos sin parecer ese profesor que apagaba las luces del aula para poner un documental de dos horas. Nunca da la impresión de estar enseñando. Simplemente cuenta una buena historia. Y cuando te das cuenta, has aprendido cómo funcionaba la sucesión mongola, las relaciones entre distintos pueblos de Asia Central o la importancia política de los matrimonios sin haber abierto una sola página de Wikipedia. Eso tiene mucho mérito.
Gráficamente, Tomato Soup sigue demostrando que menos puede ser muchísimo más. No necesita llenar cada viñeta con quinientos soldados y doscientos caballos para transmitir grandeza. Su dibujo es limpio, elegante y expresivo. Cada personaje posee una identidad clarísima y, sobre todo, unas expresiones faciales que cuentan tanto como los diálogos. Aquí un arqueo de ceja puede equivaler a una declaración de guerra.

Panini Comics ha tenido la buena idea de publicar la serie en un formato más generoso. Porque sí, el dibujo lo agradece muchísimo. No siempre una edición mejora la experiencia de lectura, pero este es uno de esos casos donde abrir el tomo ya transmite la sensación de que alguien ha pensado en el lector antes que en ahorrar papel. Además junto a la traducción de Nuria Cimas Pita se remata la jugada a gol.
Lo más divertido es que, cuando uno termina el tomo, descubre que ha leído casi doscientas páginas donde apenas hay grandes batallas, persecuciones frenéticas ni duelos espectaculares y, sin embargo, resulta imposible dejar de pasar hojas. «Jaadugar» demuestra que una conversación bien escrita puede generar más tensión que cien espadazos. Que una mirada puede doler más que una flecha. Y que las personas más peligrosas del Imperio no son necesariamente las que llevan armadura, sino las que sonríen mientras hacen cuentas. Tomato Soup sigue cocinando una de las series históricas más inteligentes que pueden encontrarse actualmente en las estanterías. Un manga que utiliza la política como si fuera un thriller, la historia como si fuera una novela de espionaje y a sus protagonistas como auténticas maestras del «te estoy destruyendo la vida y todavía me estás dando las gracias«. Y eso, reconozcámoslo, tiene bastante más estilo que conquistar medio mundo a caballo.
