Hay que reconocer una cosa: vivir en Asgard debía de ser un auténtico infierno administrativo. Tú imagínate trabajar allí. Un lunes cualquiera llegas a la oficina dispuesto a echar la mañana tranquilamente y el primer correo dice: «Urgente. El universo se acaba a las doce«. A las diez te avisan de que Odín ha desaparecido por tercera vez este mes. A las once Loki ha ocupado el trono porque, sorprendentemente, nadie lo dejó cerrado con llave. A las doce Mangog está derribando las puertas del reino. A las dos aparecen unos trolls pidiendo guerra. Y a media tarde Thor comunica que tiene que viajar al final del tiempo porque unos seres con muy pocas aficiones sanas han decidido borrar la existencia empezando por el futuro. Lo raro no es que los asgardianos vivieran miles de años. Lo raro es que ninguno pidiera una excedencia.

Precisamente esa maravillosa falta de sentido común es lo que convierte este OmniGold de «El Poderoso Thor» en un festival de diversión. Len Wein aterriza en la serie con la delicadeza de un meteorito y deja claro desde el primer episodio que no piensa escribir historias pequeñas. Él no conoce el concepto de «aventura intimista«. Aquí todo es enorme. Si aparece un villano, quiere destruir el universo. Si aparece un monstruo, mide como un bloque de pisos. Si aparece Odín… bueno, normalmente no aparece, porque lleva media colección desaparecido. Ser Padre de Todos consistía básicamente en largarse sin avisar y dejarle el marrón al hijo. Un visionario de la conciliación familiar.
Lo mejor de Wein es que jamás parece preguntarse si algo resulta exagerado. La respuesta siempre es «todavía no lo suficiente«. Los Torcedores del Tiempo ya son una idea completamente delirante. Son criaturas creadas al final de la existencia que deciden recorrer la historia hacia atrás destruyéndolo absolutamente todo. Hay que reconocerles una cosa: cuando uno tiene un hobby, hay que entregarse de verdad. Otros coleccionan sellos. Ellos coleccionan apocalipsis. Thor escucha el plan, aprieta el martillo y allá que va. No protesta. No pregunta. No necesita una reunión con los Vengadores para debatir la estrategia. No convoca un comité de crisis. Coge a los Tres Guerreros, acepta que Zarrko forme parte del equipo (porque en Marvel siempre había sitio para una alianza incómoda) y se marcha al fin del universo como quien se acerca al supermercado porque falta leche.

Eso sí, los Tres Guerreros merecen un monumento aparte. Mientras Thor habla como si estuviera recitando la Oda y Balder parece cargar sobre los hombros todo el peso del drama nórdico, Fandral, Hogun y Volstagg funcionan como tres amigos que se han colado en una boda elegante únicamente por el bufé libre. Da igual que el espacio-tiempo se esté rompiendo. Ellos siguen discutiendo, fanfarroneando y buscando la siguiente pelea con el entusiasmo de quien ha encontrado una barra libre de hidromiel. Volstagg, además, demuestra que la auténtica fuerza de un guerrero no está en los músculos, sino en ser capaz de sobrevivir después de ingerir cantidades de comida incompatibles con la biología conocida.
Mientras tanto Jane Foster empieza a dejar atrás el papel de «persona que mira por la ventana esperando a Thor«. Ya iba siendo hora. Durante años su principal superpoder había consistido en preocuparse muchísimo. Pero Len Wein decide darle un poco de dignidad al personaje y la mete de lleno en las aventuras. Incluso termina transformándose en Sif, demostrando que en Marvel, para que una mujer recibiera el respeto de algunos personajes, primero tenía que convertirse en una diosa guerrera con espada. La sutileza nunca fue el punto fuerte de la editorial.

El verdadero espectáculo comienza cuando Odín desaparece. Otra vez. Ya llega un momento en que uno sospecha que el anciano no estaba perdido; simplemente era el campeón intergaláctico del escaqueo. Cada vez que surgía un problema serio, casualmente se encontraba atrapado en otra dimensión, hechizado, secuestrado o perdido en el quinto pino cósmico. Thor llevaba siglos salvando los nueve reinos y, además, haciendo de hijo sustituto, rey provisional, fontanero del Bifröst y servicio técnico del universo.
Claro que tampoco ayudaba tener un hermano como Loki. Si alguna vez se publicaran sus memorias, probablemente se titularían «Mil formas de intentar robar un trono y fracasar en el último minuto«. Porque Loki tiene una virtud admirable: la perseverancia. Nunca aprende. Nunca cambia de plan. Nunca dice «quizá debería buscar un trabajo«. No. Él ve un trono vacío y automáticamente se le iluminan los ojos como a un niño delante del escaparate de una tienda de chucherías. Da igual las veces que Thor le estampe contra una columna. A la semana siguiente vuelve con otro plan igual de absurdo, pero mucho más largo de explicar. Y es que en estos cómics todo el mundo habla muchísimo. Los héroes hacen discursos sobre el honor antes de pegar un puñetazo. Los villanos dedican media página a explicar por qué son unos genios incomprendidos. Odín pronuncia frases tan solemnes que uno espera que al terminar aparezca un coro de ópera. Hoy un editor quitaría la mitad de esos textos. Y sería un error. Porque forman parte del encanto. Leer a Thor diciendo cosas como: ”Nos unimos valerosamente a la contienda, buenos camaradas y maldito sea quien primero grite “¡ALTO!”” mientras golpea un monstruo del tamaño de una catedral tiene una épica completamente irresistible. Además de Len Wein en este tomo tenemos a David Kraft y Roger Stern que acompañan en parte de los guiones y completan uno de los tomos mas interesantes de la colección.

A nivel grafico, tenemos primero a John Buscema. Qué escándalo de dibujante. Esa afirmación os la dice un fan loco de su trabajo. Buscema no dibuja peleas. Dibuja terremotos con capa. Sus personajes no caminan; parecen desfilar delante de una orquesta sinfónica. Thor ocupa más espacio que algunos edificios y Odín tiene tal presencia que uno entiende perfectamente por qué nadie se atrevía a discutirle. Cuando estaba en casa, claro, porque la mitad del tiempo estaba desaparecido haciendo turismo dimensional. Las escenas de batalla son una barbaridad. Martillos, rayos, espadas, monstruos, explosiones cósmicas… todo sucede al mismo tiempo y, aun así, nunca pierdes de vista la acción. Buscema convierte cada página en un cartel de heavy metal antes de que existieran los carteles de heavy metal. Cuando parece que ya has recibido suficiente espectáculo, aparece Walter Simonson. Todavía no es el genio que revolucionaría la colección años después, pero ya deja caer pequeñas pistas de lo que vendrá. Es como asistir al primer concierto de una banda desconocida sabiendo que dentro de unos años llenará estadios. Y para completar las viñetas tanto en dibujo, entintado y color tenemos a grandes espadas que siempre se debe nombrar como son Pablo Marcos, Tony DeZuñiga, Sal Buscema, Joe Sinnott, Vince Colletta, Ernie Chan, Klaus Janson, Glynis Wein, Marie Severin y Don Warfield. Un grupo que ya nos gustaría disfrutar en los tebeos actuales.
La edición de Panini Comics es, sencillamente, una maravilla. Con traducción de Gonzalo Quesada tenemos más de quinientas páginas de cómic clásico, una introducción de Raimon Fonseca, portadas y varios extras como páginas de Walter Simonson. Lo más curioso es que, después de tantos años, estas historias siguen transmitiendo una sensación que muchos cómics modernos han perdido por el camino: las ganas de pasarlo bien. Aquí nadie intenta darte una lección sobre la condición humana cada dos páginas. Nadie convierte a Thor en un filósofo deprimido. Nadie se pasa seis números cuestionando si ser héroe merece la pena. No hay tiempo para eso. Hay un universo que salvar, un padre que volver a encontrar, un hermano al que detener por enésima vez y un monstruo gigantesco esperando su correspondiente martillazo. Por eso, cuando cierras el tomo entiendes por qué esta etapa sigue siendo tan querida. Porque Len Wein, John Buscema y compañía comprendían algo muy sencillo: cuando escribes las aventuras de un dios vikingo que viaja por el cosmos montado en un martillo mágico, la única decisión sensata es olvidarte del sentido del ridículo, subir el volumen al máximo y dejar que la imaginación haga el resto. El resultado es una de esas lecturas que te recuerdan que los superhéroes no nacieron para pedir perdón por ser exagerados. Nacieron para hacer justo lo contrario. Y «El Poderoso Thor», en estas páginas, lo hace como pocos.
