Las XII Pruebas de Astérix: la autorización A-39

Hay políticos que prometen imposibles, jefes que toman decisiones brillantes justo antes de hundir la empresa y personas convencidas de que, esta vez sí, el problema se solucionará rellenando otro formulario. Luego está Julio César, que decidió que la mejor manera de conquistar una aldea cuyos habitantes llevaban años utilizando a sus legionarios como sacos de boxeo era… proponerles un concurso. No una guerra, no un asedio, no una negociación. Un concurso. Porque cuando el orgullo supera a la inteligencia pasan estas cosas. Acabas apostando un imperio contra un tipo bajito con un casco de alas y otro que considera un jabalí un tentempié entre horas.

Así empieza «Las XII pruebas de Astérix» («Les Douze Travaux d’Astérix«), el segundo film animado de la creación de René Goscinny y Albert Uderzo, y el primero que no adaptaba un cómic, sino que desarrollaba una historia propia, además de ser el que inauguró los Studios Idéfix en 1976. Dirigida por los propios Goscinny y Uderzo junto a Henri Gruel y Pierre Watrin, esta película es la más exitosa de todas las que se han hecho sobre Astérix. En buena lógica ya conoció una versión en libro ilustrado nada más estrenarse y que siempre a estado disponible para los fans de los irreductibles galos. Ahora vuelve a reeditarse en castellano en una edición especial cincuenta aniversario a cargo de Editorial Bruño/Salvat que cuenta con jugosos extras.

«Las XII pruebas» es una historia que demuestra que los romanos construyeron acueductos, carreteras y anfiteatros impresionantes, pero el sentido común debieron dejarlo olvidado en alguna taberna de la Galia. Lo extraordinario no es que Astérix y Obélix superen doce pruebas imposibles. Lo realmente increíble es que César pensara que tenía alguna posibilidad de ganar. Es como retar a un tiburón a un concurso de natación o desafiar a Hacienda a ver quién pide más papeles. Y lo mejor de todo es que, cincuenta años después, la obra sigue siendo igual de vigente. Los cascos romanos han sido sustituidos por corbatas, las legiones por comités de dirección y los pergaminos por plataformas digitales que siempre están «temporalmente fuera de servicio«, pero el nivel de absurdo continúa siendo exactamente el mismo. René Goscinny y Albert Uderzo no escribieron una aventura sobre la Antigua Roma. Escribieron un manual de instrucciones para entender cómo funciona la humanidad cuando el ego toma el mando y el cerebro decide cogerse vacaciones.

Todo empieza con Julio César sufriendo un ataque de orgullo herido. El hombre había conquistado media Europa, era el político más poderoso de su tiempo y tenía un ejército capaz de hacer desaparecer países enteros del mapa. Sin embargo, existía una pequeña aldea gala que seguía tratándolo como al pesado del barrio que aparece sin avisar cuando estás haciendo una barbacoa. Cualquier otro emperador habría pensado que quizá había llegado el momento de cambiar de estrategia. César, en cambio, decide organizar una especie de «Grand Prix» mitológico convencido de que dos galos no pueden superar doce pruebas imposibles. La inteligencia militar romana, señoras y señores.

Lo fascinante es que nadie en Roma parece preguntarse por qué llevan años recibiendo palizas cada vez que pisan esa aldea. Siguen enviando soldados como quien mete monedas en una tragaperras esperando que esta vez toque el premio. El resultado es siempre el mismo: legionarios volando por los aires con una elegancia casi artística. Hay pilotos de aviación que jamás han alcanzado tanta altura. Astérix acepta el desafío con esa tranquilidad insultante de quien sabe que el examen ya viene con las respuestas. Obélix, por supuesto, acepta porque seguramente le han dicho que durante el viaje habrá comida. Es una pareja perfecta. Uno resuelve problemas usando el cerebro. El otro resuelve exactamente los mismos problemas utilizando a un romano como si fuera un proyectil balístico. La diplomacia nunca fue una prioridad en la Galia. Y entonces comienza el desfile de pruebas. No son únicamente desafíos físicos. Son una colección de genialidades con las que Goscinny aprovecha para reírse de prácticamente todo lo que caracteriza al ser humano. La soberbia, la burocracia, la publicidad, la autoridad, la vanidad, la obsesión por las normas y esa maravillosa habilidad que tenemos para complicarnos la existencia sin ayuda de nadie. Porque sí, aparecen atletas invencibles, hipnotizadores, bestias monstruosas y ancianos sabios, pero todos quedan eclipsados por el verdadero villano de la historia: un edificio lleno de funcionarios.

La Casa que Enloquece no necesita dragones, demonios ni trampas mortales. Le basta un formulario. Y ahí está la grandeza absoluta de Goscinny. Mientras otros autores imaginaban monstruos de siete cabezas, él comprendió que el auténtico terror consistía en escuchar frases como «eso no se tramita aquí«, «le falta una copia compulsada«, «vuelva usted el martes de nueve a nueve y cuarto» o “espere ahí sentado que estamos en la pausa para el café”(ya sabéis entre medía hora y tres horas y cuarto). Han pasado cincuenta años y la escena sigue siendo tan actual que uno espera encontrar en la sexta planta un cartel anunciando que el sistema informático no funciona y que vuelva dentro de dos meses con cita previa.

El famoso documento A38 ya forma parte de la cultura popular. No es un simple chiste. Es un diagnóstico. Da igual que vivas en España, Francia, Italia o Marte. Siempre existe un A38 esperándote detrás de una ventanilla para recordarte que el universo tiende naturalmente al caos administrativo. Y lo peor es que todos hemos conocido a ese funcionario romano. Ese que te manda a otra oficina porque sí. Ese que pronuncia «procedimiento» como si estuviera recitando poesía épica. Ese que tiene la capacidad sobrenatural de hacerte sentir culpable por haber osado necesitar un documento. Goscinny no escribió ciencia ficción. Escribió un manual de supervivencia.

Pero reducir Las XII pruebas de Astérix a esa escena sería injusto. Todo el álbum es una sucesión de golpes de ingenio. Cada desafío es una oportunidad para desmontar algún aspecto ridículo de la sociedad con una sonrisa. Incluso cuando aparecen filósofos, dioses o publicistas, el objetivo sigue siendo el mismo. Demostrar que el ser humano tiene un talento extraordinario para inventar tonterías muy sofisticadas. Resulta especialmente divertida la prueba del anciano de la montaña. Uno espera encontrar una profunda enseñanza espiritual, una verdad universal o un misterio capaz de cambiar la existencia. En lugar de eso aparece algo que recuerda sospechosamente a un anuncio publicitario. Porque claro, incluso los dioses necesitan vender detergente. Goscinny ya intuía que la publicidad acabaría metiéndose hasta en la sopa. Hoy abriría cualquier red social y descubriría que fue demasiado optimista.

Luego está Obélix, ese monumento a la simplicidad feliz. Mientras el resto del mundo se obsesiona con demostrar quién es el más listo, el más poderoso o el más importante, él solo quiere comer, repartir mamporros a romanos y dar un paseo con Ideafix. Una filosofía de vida infinitamente más saludable que la de la mayoría de ejecutivos con máster, tres idiomas y una agenda llena de reuniones para decidir cuándo será la siguiente reunión. Astérix, por su parte, representa justo lo contrario. Es la inteligencia práctica. Nunca presume de listo. Simplemente observa, piensa dos segundos y desmonta sistemas enteros construidos sobre la estupidez. Es maravilloso comprobar cómo casi todos los enemigos pierden porque son incapaces de imaginar que alguien pueda utilizar el sentido común. Quizá por eso esta obra sigue siendo tan moderna: el sentido común continúa siendo un recurso extraordinariamente escaso.

Gran parte de la culpa de que todo esto siga funcionando pertenece a Albert Uderzo. Dibujar humor parece fácil hasta que uno intenta hacerlo. Cada expresión facial, cada nariz imposible, cada mirada de desesperación y cada tortazo poseen una precisión quirúrgica. Uderzo entendía que un buen gag empieza mucho antes del diálogo. Empieza en una ceja levantada, en un casco torcido o en un romano que ya sabe que va a salir despedido antes incluso de recibir el golpe. Sus páginas están llenas de pequeños detalles que convierten cada relectura en una búsqueda del tesoro. Aunque este álbum no se puede considerar un tebeo en el termino más estricto de la palabra, ya no tenemos viñetas como tal. Uderzo dibujo ilustraciones de gran tamaño reflejando y resumiendo cada una de las pruebas que se ponen a los galos. Todo ello basado en la película de animación de 1976 que crearon los dos autores junto al grupo de Les Studios Idéfix que crearon junto a Georges Dargaud.

Esta edición especial editada por Editorial Bruño/Salvat, con traducción de Xavier Senín e Isabel Soto, dedicada al cincuenta aniversario de la película añade además un puñado de extras que ayudan a contextualizar la importancia de aquella producción. Nos explican detalles muy jugosos que en su momento nos pudimos perder, así como fragmentos del guion o extracto de los dibujos utilizados en la película. Además, no es únicamente un homenaje a una película inolvidable; también es un homenaje al talento irrepetible de dos autores que consiguieron convertir una pequeña aldea gala en patrimonio sentimental de medio planeta. Y quizá ahí esté el verdadero secreto de Astérix. Nunca ha necesitado reinventarse para seguir siendo relevante. El mundo ha cambiado miles de veces desde que apareció por primera vez, pero las personas seguimos tropezando con las mismas piedras. Continuamos creyendo que la autoridad siempre tiene razón, seguimos fabricando burocracias absurdas, seguimos dejándonos seducir por la publicidad más ridícula y seguimos convencidos de que cuanto más complicado parece algo, más inteligente debe de ser. Goscinny y Uderzo llevaban décadas riéndose de todo eso mientras nosotros aún pensábamos que el progreso consistía únicamente en cambiar el modelo del teléfono móvil.

En definitiva, «Las XII pruebas de Astérix» no es solo uno de álbumes más diferente protagonizados por los irreductibles galos. Es una bofetada monumental a la estupidez organizada. Una obra que demuestra que la inteligencia siempre pesa más que la fuerza, aunque ayuda bastante ir acompañado por un amigo capaz de utilizar un centurión como si fuera un martillo. Medio siglo después seguimos riéndonos exactamente de los mismos chistes porque, seamos sinceros, seguimos cometiendo exactamente las mismas tonterías. Roma cayó hace siglos. La burocracia, la publicidad invasiva, los egos descomunales y los dirigentes convencidos de ser infalibles siguen aquí, más fuertes que nunca. La diferencia es que ya no tenemos poción mágica. Apenas nos queda releer a Astérix, echarnos unas buenas carcajadas y aceptar que, probablemente, el formulario A-38 continúa perdido en alguna sexta planta esperando a su próxima víctima.

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