Marvel lleva años demostrando que cualquier idea, por delirante que parezca, puede acabar convertida en una miniserie. ¿Un mapache armado hasta los dientes? Claro. ¿Una ardilla derrotando a Thanos? Por supuesto. ¿Una chica que sabe que vive dentro de un cómic y utiliza los márgenes de las viñetas como si fueran puertas automáticas? Naturalmente. Así que cuando alguien propuso enfrentar a Masacre-Gwen contra una versión homicida de sí misma con complejo de psicópata, en lugar de llamar a un psiquiatra llamaron a Panini para preparar la edición española. Y menos mal.

«Masacre-Gwen: completamente nueva, completamente mortífera» («Gwenpool: All-New, All-Deadly «) es exactamente lo que promete su kilométrico título. Una gamberrada absoluta que entra por la puerta con una katana en una mano, una ametralladora en la otra y el mínimo respeto posible por la lógica, la continuidad y la salud mental del lector. Si esperabas un relato introspectivo sobre la culpa y la redención, puedes ir dejando el tomo al lado de tus novelas existencialistas. Aquí se viene a contemplar cómo la cuarta pared recibe más palizas que los pobres secuaces de Hydra.
Cavan Scott demuestra desde la primera página que ha entendido una verdad universal: intentar escribir a Masacre-Gwen como una superheroína convencional sería tan absurdo como contratar a Masacre para llevar la contabilidad de los Vengadores. La gracia del personaje siempre ha consistido en ser un auténtico dolor de cabeza para cualquier guionista. Habla con el lector, discute con las viñetas, destroza el ritmo narrativo cuando le da la gana y trata el Universo Marvel como si fuera un parque temático en el que puede colarse sin hacer cola. Lo milagroso es que Scott no sólo sobrevive a semejante bomba de relojería, sino que decide echarle gasolina encima. La aparición de esa Masacre-Gwen oscura convierte la serie en una especie de terapia psicológica organizada por Tarantino después de tomarse seis cafés y releerse todos los números de Masacre de una sentada. Frente a la Masacre-Gwen habitual, que convierte cualquier tragedia en un chiste, aparece una versión que parece levantarse cada mañana preguntándose a quién puede destripar antes del desayuno. Y el contraste funciona de maravilla.

Lo divertido es que el auténtico damnificado de todo esto vuelve a ser Peter Parker. El pobre Spiderman lleva décadas pagando por existir y esta colección no piensa romper la tradición. Si en Marvel hubiera un sindicato de héroes, Peter sería el delegado que nunca consigue un aumento porque siempre está demasiado ocupado recibiendo traumas nuevos. Aquí pasa de enfrentarse a monstruos gigantes a intentar comprender qué demonios está ocurriendo con una Gwen Stacy aparentemente resucitada y una Masacre-Gwen que rompe las reglas del cómic con la misma facilidad con la que otros abren una lata de refresco. Su expresión permanente durante buena parte del tomo podría resumirse en una frase: «¿Por qué siempre me toca a mí?«. Es una maldición editorial.
Scott aprovecha todo este festival para construir una historia sorprendentemente sólida bajo toneladas de humor cafre. No renuncia a las bromas, pero tampoco olvida que necesita un conflicto real. El problema es que, de vez en cuando, el guion se emociona tanto con sus propios giros que parece convencido de que todos los lectores llevan una enciclopedia de continuidad de Marvel debajo del brazo. Alguna revelación pretende sonar como si acabaran de descubrir quién mató a Kennedy y puede provocar exactamente la reacción contraria: un incómodo «¿y esta persona quién era exactamente?». No hunde la historia, pero sí le da un pequeño ataque de importancia.

Stefano Nesi, por su parte, dibuja como si alguien le hubiera dicho que cobraba por cada dosis extra de espectacularidad. Las dobles páginas son enormes, las peleas tienen una energía desatada y los personajes saltan de una viñeta a otra con una velocidad que casi obliga a comprobar que las grapas siguen sujetando el cómic. Su versión de la Gwen asesina transmite auténtico mal rollo, mientras que la Masacre-pool original mantiene esa expresividad imposible que hace pensar que lleva tres litros de bebida energética en las venas. Matt Milla remata el espectáculo con un color que sabe cuándo abrazar el disparate más colorido y cuándo convertir la atmósfera en algo casi terrorífico.
La edición de Panini Comics reúne los números cinco números de Gwenpool con traducción de Uriel López. Además de una introducción y un epilogo escrito por Xavi Sanz (o Masacre-Gwen que robó el teclado del ordenador). Así como multitud de portadas alternativas realizadas por GodTail, JeeYung Lee, Gerald Parel o Joshua Cassara entre otros.

Lo mejor del tomo es que nunca pide perdón por ser un absoluto disparate. No intenta convencernos de que estamos leyendo una obra trascendental sobre la condición humana. Sabe perfectamente que su misión consiste en divertir, sorprender y dejar al lector preguntándose qué demonios acaba de leer. Y lo consigue con una eficacia insultante. Porque, al final, el tebeo llamado «Masacre-Gwen: completamente nueva, completamente mortífera» es como darle las llaves del Universo Marvel a la persona menos responsable del edificio. El resultado son explosiones, persecuciones, chistes, cadáveres, referencias imposibles, Spiderman acumulando otro trauma para la colección y una protagonista que rompe más paredes que una empresa de reformas. Un cómic completamente desquiciado, orgulloso de estarlo y que demuestra que, a veces, la mejor forma de contar una historia de superhéroes es olvidarse de cualquier atisbo de cordura y pisar el acelerador hasta que salga humo del motor.
