Hay ideas que nacen para ganar premios. Otras para revolucionar un género. Y luego están las que parecen surgir cuando alguien pierde una apuesta en una convención de cómics. «Escuchadme un momento… ¿y si mezclamos la Segunda Guerra Mundial con dragones?«. Lo normal habría sido que el resto de la sala respondiera con un respetuoso «sal de aquí antes de que llamemos a seguridad«. Pero no. Algún iluminado levantó la mano y dijo: «Adelante, pero que los dragones sean enormes«. Y así, de alguna manera, nació «Guerras y dragones»(«Guerres & Dragons«). Lo mejor de todo es que, contra cualquier pronóstico razonable, el invento funciona. Y funciona condenadamente bien.

Cuando lees la sinopsis, el detector de humo del escepticismo empieza a sonar. Dragones en la Segunda Guerra Mundial. Dragones en la Primera Guerra Mundial. Dragones ayudando a los ejércitos. Dragones lanzando fuego mientras los pilotos hacen maniobras imposibles. Es el tipo de premisa que hace pensar que alguien ha confundido un libro de Historia con una campaña de Dragones y Mazmorras después de varias cañas de cerveza. Pero bastan unas pocas páginas para comprender que Nicolas Jarry junto a David Courtois sabe exactamente qué está haciendo. No intenta convencerte de que esto podría haber ocurrido de verdad. Lo que hace es mucho más inteligente: consigue que durante ciento veintiocho páginas te dé absolutamente igual.
El primer relato nos lleva a la Batalla de Inglaterra. Ya sabéis, esa época en la que el cielo estaba lleno de Spitfires, bombarderos y pilotos que tenían más valentía que esperanza de vida. Pues bien, ahora añadid varios dragones del tamaño de un edificio, escupiendo fuego mientras los aviones intentan no convertirse en un menú degustación. Si Michael Bay hubiera dirigido un documental de la BBC, probablemente se parecería bastante a esto. Y lo curioso es que el cómic no convierte a los dragones en simples mascotas gigantes. Aquí son armas de destrucción masiva con escamas. Cuando aparecen, la situación cambia radicalmente. No son el típico monstruo que entra en escena para posar un par de viñetas y desaparecer haciendo un rugido dramático. No. Aquí los bichos hacen honor a su reputación. Si un dragón decide que tu avión le está molestando, tus posibilidades de supervivencia pasan a depender más de la suerte que de las clases de vuelo.

Ahora bien, si el guion cumple con solvencia, el auténtico criminal de este cómic tiene nombre y apellidos: Vax, pseudónimo de Vincent Cara. Porque lo que hace en la primera historia es directamente obsceno. Uno abre el álbum pensando que va a leer una aventura y termina utilizándolo como catálogo de ilustraciones espectaculares. Hay viñetas que no se leen; se contemplan. Aviones cruzando el cielo, explosiones monumentales, dragones desplegando las alas con una majestuosidad que haría llorar de emoción a cualquier lagarto con aspiraciones. Hay momentos en los que uno se sorprende pensando: «Bueno, voy a dejar de leer cinco minutos para mirar esta página otra vez«. Eso, en un cómic, siempre es buena señal. Los dragones, además, tienen personalidad bestial. No parecen dinosaurios con alas pegadas de cualquier manera. Cada uno transmite carácter, fuerza y presencia. Da igual que sea aliado o enemigo. Cuando aparecen en escena se convierten automáticamente en el centro de atención. Es como si el resto de personajes aceptaran resignados que, por mucho que intenten salvar el mundo, el lector solo tiene ojos para el enorme reptil volador. El color de Vicent Powell remata las viñetas de manera excepcional.
Luego llega la segunda historia y cambia el equipo artístico. En ese momento uno piensa aquello de: «Uf, a ver si baja el nivel«. Pues no demasiado. Lucio Leoni y Emanuela Negrin mantienen el tipo con bastante elegancia. Su estilo tiene otra personalidad, pero sigue ofreciendo páginas de muchísima calidad. Quizá pierde algo del impacto inmediato que consigue Vax, pero a cambio la historia gana bastante en cohesión. Y, curiosamente, el segundo relato resulta incluso más sólido. Mientras el primero apuesta claramente por el espectáculo, el del Escuadrón Lafayette consigue equilibrar mejor la acción con el desarrollo de sus personajes. No deja de haber dragones repartiendo estopa, tranquilos, pero también hay espacio para que los protagonistas respiren y dejen claro que la guerra, incluso cuando incluye reptiles gigantes, sigue siendo una auténtica tragedia. El color de Élodie Jacquemoire también merece una ovación. Porque una cosa es dibujar dragones espectaculares y otra conseguir que cada llamarada parezca capaz de chamuscar las páginas. Los cielos, las explosiones, el humo, la iluminación. Todo ayuda a crear una atmósfera cinematográfica. Hay secuencias que parecen pedir a gritos una banda sonora de esas que hacen que hasta ir a comprar el pan parezca una misión suicida.

Eso sí, tampoco esperéis una reconstrucción histórica digna de un profesor universitario. Esto no pretende sustituir un ensayo sobre la Primera o la Segunda Guerra Mundial. Es fantasía histórica. Es un «¿y si…?». Y funciona precisamente porque nunca pierde de vista que ha venido a entretener. Si alguien compra este álbum esperando descubrir nuevos datos sobre Winston Churchill, quizá debería revisar primero la portada, donde aparece un dragón del tamaño de una catedral. Hay pistas. Y es que este cómic tiene mucho de blockbuster. No de esos que duran tres horas porque el director se ha enamorado de sí mismo, sino de los que entienden que el espectáculo consiste en mantenerte pegado a la butaca. Aquí no hay tiempo para bostezar. Siempre está ocurriendo algo. Siempre aparece un nuevo peligro. Siempre hay una persecución, un combate o un dragón dispuesto a demostrar que la cadena alimenticia sigue funcionando exactamente igual que hace millones de años.
¿Tiene defectos? Claro que sí. El principal es que el universo promete muchísimo más de lo que este primer volumen llega a mostrar. Uno termina con la sensación de que apenas ha visto una pequeña parte de todo lo que podría ofrecer esta idea. Hay conceptos que aparecen y desaparecen demasiado deprisa. Algunas relaciones entre personajes podrían desarrollarse más. Y ciertos giros argumentales se ven venir con suficiente antelación como para pedir unas palomitas antes de que ocurran. Pero tampoco pasa nada. No todo tiene que ser una obra maestra que redefina el noveno arte. A veces basta con que un cómic sea terriblemente divertido. Y este lo es.

Con esta edición en castellano, Yermo Ediciones vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: publicar un álbum europeo que entra por los ojos antes incluso de empezar a leerlo. Cartoné, gran formato y una reproducción que permite disfrutar del dibujo como merece. Esos dos volúmenes que se incluyen en este integral con traducción de Laura Casanovas consiguen que te de muchas ganas de releer y disfrutas varias veces de las viñetas.
En definitiva, este primer volumen de «Guerras y dragones» es exactamente lo que promete: una ensalada de fantasía épica, acción bélica y espectáculo servida con una generosa ración de fuego, escamas y heroísmo. Puede que el guion no reinvente el medio, puede que algunos personajes necesiten más recorrido y puede que te quedes con ganas de saber más sobre este universo. Pero cuando cierras el álbum te descubres pensando algo muy peligroso: «A ver cuándo sale el siguiente«. Y eso, queridos lectores, significa que Nicolas Jarry y compañía han hecho muy bien su trabajo. Porque convertir una idea que sonaba a chiste de sobremesa en una serie que deja con hambre de más tiene bastante mérito. Eso sí, después de leerlo ya no volverás a mirar un Supermarine Spitfire de la misma manera. Ahora siempre te preguntarás si detrás de esa nube venía un Messerschmitt Bf 109 o un dragón con muy malas pulgas.
