Existe un momento en la vida de todo lector en el que empieza a sospechar que algo no va bien. Abres un tomo y hay un jovenzuelo muy cabreado. Abres otro y aparece otro adolescente con ganas de liarla parda. Miras en otra estantería de la librería y, sorpresa, otro adolescente con un trauma infantil, un poder oculto y un profesor con aspecto de no haber dormido desde la Restauración Meiji. Entonces de sopetón miras donde esta colocado «Jaadugar: Una bruja en Mongolia»(“Tenmaku no Jaadugar (天幕のジャードゥーガル) / Jaadugar: A Witch in Mongolia”) y te hace una propuesta completamente descabellada: «¿Y si, en lugar de salvar el mundo a puñetazos, intentamos entenderlo?». Una provocación intolerable para cualquiera que considere que una buena historia necesita, como mínimo, tres explosiones por capítulo.

Tomato Soup parece haber escrito este manga con la tranquilidad de alguien que sabe perfectamente lo que quiere contar y, sobre todo, con la seguridad de que no necesita pedir perdón por hacerlo despacio. Hoy eso casi convierte a la autora en una especie de fuera de la ley. En una industria donde muchas series parecen competir por ver cuál introduce antes el siguiente giro imposible, Jaadugar decide caminar. Y caminar, ya se sabe, exige paciencia. Algo que, en la era de los vídeos de quince segundos, empieza a cotizar más caro que el oro.
La historia comienza en Persia con Sitara, una joven esclava que tiene la inmensa fortuna de caer en manos de una familia de eruditos. No es precisamente el billete ganador de la lotería, pero tampoco es el peor destino posible. Aprende, estudia y descubre que el conocimiento puede abrir más puertas que una llave inglesa. Lo malo es que la Historia, con mayúsculas, tiene la fea costumbre de aparecer cuando uno menos la necesita. Entran los mongoles, el tablero salta por los aires y Sitara pasa de tener un futuro relativamente estable a convertirse en otra pieza más dentro del mayor imperio del momento. Y aquí llega la primera sorpresa.

Tomato Soup podría haber convertido esa invasión en un festival de espadas, sangre y jinetes galopando hacia un horizonte en llamas. Material había de sobra. Pero decide hacer exactamente lo contrario. Presenta la conquista como lo que fue para la mayoría de la población. Un desastre que llega sin preguntar, cambia las reglas y obliga a improvisar una nueva vida. No hay épica de postal. Hay incertidumbre. Y resulta infinitamente más incómodo. Porque el verdadero enemigo de Sitara no son los soldados mongoles. Es no saber qué demonios está pasando. No entiende el idioma. No conoce las costumbres. No sabe quién manda realmente. No tiene claro qué puede decir y qué debería callarse. Y eso convierte al lector en su compañero de viaje. Aquí nadie reparte manuales de instrucciones. Aprendes igual que ella: observando, equivocándote y tratando de no meter la pata demasiado. Vamos lo que viene siendo una invasión entre países de toda la vida.
Lo maravilloso es que Sitara jamás intenta convertirse en esa protagonista todoterreno que hoy parece obligatoria. No improvisa discursos inspiradores cada dos páginas ni derrota a medio ejército gracias a una fuerza interior descubierta oportunamente. Hace algo mucho más complicado: piensa antes de actuar. Lo sé, suena extravagante, pero funciona. En realidad, el manga parece empeñado en recordarnos una verdad bastante incómoda: el conocimiento sirve de poco si no sabes cómo utilizarlo. Sitara posee una formación excepcional, pero llega a un mundo donde nadie le ha prometido que esa inteligencia vaya a protegerla. Al contrario. En ocasiones, saber demasiado puede ser el camino más corto hacia el desastre. Eso convierte cada conversación en una partida de ajedrez. Cada silencio tiene importancia. Cada decisión pesa. Mientras otros mangas resuelven los conflictos con un puñetazo bien colocado, Jaadugar los resuelve con información, intuición y paciencia. Lo curioso es que la tensión acaba siendo exactamente la misma.

El dibujo merece mención aparte porque probablemente provocará más de una reacción del tipo: «Pues no parece gran cosa«. Enhorabuena. Acabas de caer en la misma trampa que prepara Tomato Soup. Su estilo elimina todo lo superfluo. No busca deslumbrar a primera vista. Busca que mires dos veces. Los personajes están dibujados con una economía de líneas admirable, pero cada gesto tiene intención. Nadie exagera una emoción porque nadie puede permitirse el lujo de ir mostrando sus cartas en un entorno político tan complejo. Los escenarios, sin embargo, sí despliegan toda la documentación que la autora ha acumulado. Vestimentas, arquitectura, objetos cotidianos, campamentos, ciudades y paisajes transmiten una autenticidad extraordinaria. No parece un decorado medieval genérico fabricado con cuatro tópicos orientales. Parece un mundo real que continúa existiendo incluso cuando los protagonistas abandonan la viñeta. Y eso tiene muchísimo mérito. Porque el gran protagonista de Jaadugar quizá ni siquiera sea Sitara. Es el contexto.
El Imperio Mongol no funciona aquí como una simple excusa para colocar personajes con sombreros curiosos. Es una estructura política gigantesca, llena de contradicciones, intereses y relaciones de poder que condicionan absolutamente todo. Tomato Soup entiende que la Historia no necesita ser adornada para resultar fascinante. Basta con contarla bien. De paso, el manga consigue algo que debería estudiarse en los colegios: enseñar sin parecer pedagógico. Cuando terminas el tomo sabes bastante más sobre el siglo XIII que antes de empezarlo, pero nunca has sentido que alguien estuviera dándote una conferencia. No aparecen esos personajes cuya única función consiste en explicar durante cinco páginas cómo funciona un imperio mientras el resto asiente muy serio. Aquí la información aparece integrada en la narración con una naturalidad admirable.

Panini Manga también ha puesto de su parte con una edición que demuestra haber entendido qué tipo de obra tiene entre manos. El formato de mayor tamaño permite apreciar mucho mejor un dibujo que vive precisamente de sus pequeños detalles. Con traducción de Nuria Cimas Pita este primer volumen de 192 páginas demuestra que este manga desmonta muchas ideas preconcebidas sobre el manga histórico. Aquí no hay necesidad de romantizar el pasado ni de convertir a todos los personajes importantes en seres casi mitológicos. Tampoco existe esa obsesión por transformar cualquier figura femenina en una superheroína adelantada a su tiempo. Sitara es inteligente, sí, pero también tiene miedo, duda constantemente y comete errores. Precisamente por eso resulta tan interesante.
Al final del volumen uno queda una sensación muy curiosa. Parece que apenas ha ocurrido nada. Hasta que empiezas a recordar todo lo que ha cambiado la protagonista desde la primera página. Entonces entiendes el truco de Tomato Soup. Mientras tú esperabas una historia de conquistas militares, ella estaba escribiendo una conquista mucho más silenciosa: la de una mujer intentando conservar su identidad en un mundo empeñado en arrebatársela. Y esa quizá sea la mayor ironía de todas. Vivimos rodeados de historias que prometen cambiar el mundo. «Jaadugar» apenas promete cambiar la perspectiva del lector. Lo extraordinario es que cumple su promesa con una facilidad pasmosa. Resulta que, después de todo, un manga sobre política, conocimiento, mujeres, esclavitud y el Imperio Mongol puede ser muchísimo más emocionante que el vigésimo torneo donde un chaval de dieciséis años descubre que todavía le quedaban tres transformaciones secretas. Quién lo iba a decir.
