Existe una vieja teoría según la cual la evolución humana representa el triunfo de la inteligencia sobre la barbarie. El tebeo «ABC Warriors» dedica casi trescientas páginas a demostrar que esa teoría es una estupenda obra de ficción. Pat Mills debió de observar la historia de la humanidad, analizar guerras, gobiernos, corporaciones, generales, políticos y demás especímenes de dudosa utilidad social, para llegar a una conclusión sencilla: si el futuro depende de nosotros, estamos jodidos. Y como buen británico, en lugar de deprimirse decidió escribir un cómic. Un cómic protagonizado por robots asesinos, mercenarios mecánicos, fanáticos del caos y tanques con más personalidad que la mayoría de los dirigentes del planeta.

Porque esa es la gran broma de ABC Warriors. Sobre el papel, los monstruos de la historia son máquinas diseñadas exclusivamente para destruir. En la práctica, son bastante más razonables que los humanos que los construyeron. La premisa ya marca el tono. La humanidad ha conseguido convertir la guerra en algo tan infernal que los soldados normales no sirven. Entonces crean robots. Pero la guerra sigue empeorando y los robots convencionales tampoco sirven. En este punto una civilización mínimamente sensata se plantearía abandonar la idea de matarse unos a otros. Sin embargo, la humanidad opta por una solución mucho más coherente con nuestra especie: fabricar robots todavía más peligrosos. Porque cuando una idea fracasa, la mejor estrategia es repetirla gastando más dinero. Así nacen los ABC Warriors, una unidad de combate formada por individuos que harían parecer equilibrado un grupo de villanos de película de acción de los años ochenta.
Hammerstein intenta liderar al equipo con dignidad. Lo intenta de verdad. Es admirable. También es completamente inútil. Liderar a los ABC Warriors es como intentar organizar una excursión de políticos formada exclusivamente por pirómanos, extremistas y gente que colecciona armas de destrucción masiva por afición. Vamos un día cualquiera en el congreso de los diputados. Joe Pineapples, por ejemplo, es un asesino tan eficiente que convierte el homicidio en una disciplina artística. Si existieran los Juegos Olímpicos de la eliminación sistemática de enemigos, competiría solo porque nadie más sobreviviría a las clasificatorias. Luego está Blackblood, que posee la rara capacidad de traicionar a cualquiera en cualquier momento. Blackblood no es un traidor ocasional. Es un profesional. Un artesano. Un virtuoso de la puñalada por la espalda. Si traicionar pagara impuestos, financiaría él solo varios sistemas sanitarios. Y qué decir de Mongrol. Mongrol es la prueba de que alguien pensó que mezclar toneladas de metal con problemas emocionales era una buena idea. Esa mezcla entre King Kong con Frankenstein. Cada vez que aparece parece dispuesto a resolver conflictos utilizando el sofisticado método diplomático conocido como «arrancar cosas». Para rematar tenemos a Happy Shrapnel como un veterano de guerra. Deadlock, el gran brujo tarotista con aceite de sobra. Y al final Ro-Jaws, un pequeño droide de alcantarillado. La maravilla de Pat Mills consiste en lograr que todos ellos resulten entrañables. Bueno, entrañables quizá no sea la palabra exacta. Digamos que resultan encantadoramente peligrosos.

Lo curioso es que, cuanto más conoces a estos robots, más te preguntas quién demonios permitió a los humanos gestionar la galaxia durante tanto tiempo. Los robots tienen defectos, obsesiones y tendencias homicidas, sí. Pero al menos son honestos respecto a ello. Los humanos del cómic, en cambio, suelen aparecer para demostrar que la incompetencia sigue siendo el recurso energético más abundante del universo. Y ahí aparece la verdadera esencia de ABC Warriors. Mucha gente recuerda las explosiones. Las batallas. Los monstruos. Los dinosaurios. Los tanques. Las armas imposibles. Las motocicletas que parecen diseñadas durante una sobredosis de heavy metal. Pero debajo de todo eso hay una sátira feroz.
Pat Mills pasó décadas escribiendo cómics como si cada página fuera una carta de protesta enviada a la civilización occidental. No confía en los militares. No confía en los políticos. No confía en las corporaciones. Y sospecha profundamente de cualquiera que lleve uniforme o gestione presupuestos. Lo extraordinario es que consigue transmitir todo eso mientras robots gigantes se disparan entre sí. Hay autores que necesitan largos monólogos filosóficos para cuestionar el poder. Mills necesita un lanzamisiles. Y funciona.

Luego está el apartado gráfico, que parece una reunión histórica de algunos de los artistas más importantes que han pasado por 2000 AD. Kevin O’Neill dibuja como si hubiera tenido pesadillas industriales desde los seis años. Carlos Ezquerra parece incapaz de producir una página aburrida. Dave Gibbons ya deja entrever por qué acabaría dibujando una obra menor llamada Watchmen. Mike McMahon demuestra que la energía puede utilizarse como arma contundente. Y Brendan McCarthy parece convencido de que la realidad es una sugerencia opcional. El resultado es un desfile continuo de estilos que hoy probablemente provocaría una crisis nerviosa en cualquier editor moderno. Actualmente, cuando una serie cambia de dibujante dos veces, internet actúa como si se hubiera producido una catástrofe internacional. En ABC Warriors cambian artistas constantemente y la obra responde con un encogimiento de hombros muy británico. ¿Coherencia visual? Qué concepto tan entrañable. Entonces llega Simon Bisley. Más concretamente, llega un Simon Bisley joven, descontrolado y aparentemente convencido de que cualquier problema puede resolverse añadiendo más músculos, más acero o más explosiones. Sus páginas tienen la delicadeza de una patada en la cabeza. Los personajes no caminan. Posan. No luchan. Posan mientras luchan. No disparan. Posan mientras disparan. A veces da la impresión de que el cómic entero podría detenerse durante diez páginas para admirar lo increíblemente impresionante que resulta una motocicleta futurista. Y lo mejor es que funciona. No debería funcionar. Pero funciona. Porque Bisley dibuja con la misma energía con la que una banda de heavy metal destruye una habitación de hotel.
La edición de Dolmen Editorial incluye los números 119-139, 555-565, 573-581 de 2000 AD con traducción de Alberto Díaz. Además de una introducción escrito por Barsen Sánchez y varios extras con algunas portadas de estas historias. Al cerrar el tomo queda una sensación extraña. La sospecha de que Pat Mills escribió una sátira salvaje sobre la estupidez humana y que cuarenta años después seguimos esforzándonos por demostrar que tenía razón. La única diferencia es que nosotros todavía no contamos con un escuadrón de robots psicóticos para arreglar el mundo. Viendo cómo van las cosas, quizá sea cuestión de tiempo. Y sinceramente, después de leer «ABC Warriors», uno empieza a pensar que podrían hacerlo bastante mejor que nosotros.
