Os voy a contar una cosa. Si alguien te dice que un cómic protagonizado por versiones «espaciales» de los personajes de Disney va a ofrecer una de las mejores aventuras de ciencia ficción publicadas en los últimos años dentro de la revista Topolino, es probable que levantes una ceja. Porque uno espera naves, rayos láser, algún alienígena con nombre impronunciable y, con suerte, un par de explosiones. Lo que quizá no espera es encontrarse una historia que entiende tan bien la ciencia ficción clásica que termina funcionando como un homenaje lleno de cariño y de personalidad propia. «La tripulación del Sol Negro»(“La ciurma del sole nero”) editado por Panini Comics, es precisamente uno de esos tebeos que llegan sin hacer demasiado ruido y, cuando te quieres dar cuenta, te han secuestrado durante unas cuantas horas para llevarte a recorrer el espacio profundo. Sin pedir permiso, claro. Porque el espacio es enorme, no hay cobertura y las reclamaciones tardan siglos en llegar.

La premisa ya tiene gancho. El capitán Mickey Tomorrow recibe el mando de la estación espacial Sol Negro, un gigantesco satélite dedicado a interceptar meteoritos y estudiar el universo. Todo parece una misión rutinaria hasta que, cómo no, la primera decisión importante del flamante comandante convierte una jornada laboral cualquiera en un «bueno, pues ya no podemos volver a casa«. Hay gente que estrena un coche rayándolo al salir del concesionario. Mickey estrena un mando condenando accidentalmente a toda la tripulación a vagar por la galaxia. Cada uno gestiona la presión como puede. Y ahí comienza la verdadera aventura.
Lejos de limitarse a encadenar planetas extravagantes y monstruos espaciales con tentáculos reglamentarios, Marco Gervasio y Cristian Canfailla construyen una auténtica serie de exploración galáctica donde cada episodio sirve para descubrir un nuevo mundo, enfrentarse a un peligro distinto o conocer especies que demuestran que los extraterrestres también tienen sus propios problemas administrativos. Porque el universo será infinito, pero la burocracia parece expandirse más rápido que la velocidad de la luz. Lo mejor es que la estructura episódica nunca da sensación de repetición. Cada historia aporta algo nuevo, ya sea un misterio, una amenaza, un dilema moral o un giro inesperado. Cuando parece que ya sabes hacia dónde va la trama, los autores cambian el rumbo con bastante elegancia. No reinventan la ciencia ficción, pero saben perfectamente qué teclas tocar para mantener la curiosidad del lector constantemente despierta.

El gran acierto está en utilizar personajes que todos conocemos, pero colocándolos donde jamás los habíamos imaginado. Mickey Tomorrow sigue siendo Mickey. Inteligente, responsable, optimista y capaz de mantener la calma cuando todo se desmorona alrededor. Pero aquí también carga con inseguridades, dudas y un pasado que pesa bastante más de lo habitual. Es un líder que no siempre tiene respuestas y precisamente por eso resulta mucho más humano. Goofy Pillow, convertido en especialista en comunicaciones, continúa siendo ese entrañable caos ambulante que parece despistado incluso en gravedad cero, aunque termina demostrando que muchas veces la intuición vale más que cualquier protocolo militar. El resto del reparto funciona igual de bien. Clarabella, Minni, Horacio, Gancho ”Pico Largo”, Gregory o el siempre desconfiado James Cracker encuentran un equilibrio estupendo entre respetar la personalidad clásica de los personajes y adaptarse al tono de aventura espacial. Nadie sobra. Todos tienen momentos para brillar y el grupo termina transmitiendo la sensación de auténtica tripulación que uno espera encontrar en este tipo de historias.
Inevitablemente pensarás en Star Trek. También en Perdidos en el Espacio. Incluso aparecerán ecos de la ciencia ficción de los años cincuenta y sesenta, aquella donde cada planeta escondía una nueva maravilla o un desastre ecológico esperando a los protagonistas. Pero Gervasio y Canfailla nunca caen en la simple copia. Más bien juegan con esos referentes como quien prepara una buena receta: toman ingredientes clásicos, añaden humor Disney y obtienen algo sorprendentemente fresco.

Hablando de humor. Porque sí, esto sigue siendo un cómic de Disney. Hay diálogos ingeniosos, situaciones absurdas, pequeños gags visuales y una enorme capacidad para rebajar la tensión justo cuando la historia amenaza con ponerse demasiado dramática. No llega al nivel de parodia, ni mucho menos, pero tampoco pretende convertirse en un relato de ciencia ficción trascendental donde todo el mundo habla mirando al infinito mientras suena música épica. Aquí la gente salva planetas y luego discute porque alguien ha dejado la nave hecha un desastre. Muchísimo más cercano a la convivencia en cualquier oficina que a la NASA.
Sin embargo, donde realmente sorprende la serie es en el desarrollo emocional. Bajo toda esa apariencia de aventura para todos los públicos hay una historia sobre la responsabilidad, el liderazgo, la culpa y la confianza. Mickey no es simplemente el héroe perfecto que siempre toma la decisión correcta. Se equivoca. Duda. Arrastra errores del pasado y teme no estar a la altura de quienes confían en él. A veces no recuerda de quien esta enamorado y muchas veces equivoca el apellido de su media naranja. Eso convierte la lectura en algo bastante más interesante de lo que podría parecer en un primer vistazo.

Por otra parte, el dibujo merece un aplauso. Cristian Canfailla realiza un trabajo magnífico durante buena parte de la serie, apostando por un estilo que respira ciencia ficción clásica por los cuatro costados. Las naves parecen salidas de las portadas pulp, los escenarios alienígenas están llenos de imaginación y el uso del color recuerda deliberadamente a aquellas ilustraciones retro que prometían un futuro lleno de coches voladores y robots con antenas imposibles. Cuando Marco Gervasio toma también las riendas gráficas en los últimos episodios, la transición resulta sorprendentemente natural. Ambos comparten una visión muy clara del universo que están construyendo y mantienen una coherencia visual que hace que todo el volumen se lea como una única gran aventura.
Además, se nota que disfrutan dibujando. Hay criaturas imposibles, ciudades espaciales, estaciones orbitales gigantescas, paisajes extraterrestres y vehículos de todos los tamaños. Cada capítulo ofrece algún diseño nuevo que invita a detenerse unos segundos antes de pasar la página. Puedes leer deprisa para saber qué ocurre después, pero probablemente acabarás volviendo atrás para admirar algún fondo lleno de detalles.

Luego está la edición de Panini Comics junto a SD, con traducción de Alfons Moliné. El formato recopilatorio le sienta de maravilla. Leer toda la saga seguida permite apreciar mucho mejor la evolución de los personajes y la planificación de los autores. Lo que inicialmente parecen aventuras independientes termina revelándose como una historia bastante cohesionada, con personajes que evolucionan y relaciones que cambian conforme avanzan las misiones. Además, me gustaría reconocer el trabajo de rotulación de Laia Lorente, así como de Nuria Moreso, David Carro, María Gonfaus y el querido FanHunter( Cels Piñol).
Quizá el único «problema» que tiene «La tripulación del Sol Negro» sea que deja con ganas de más. Cuando uno termina la última aventura siente esa agradable frustración reservada para las buenas series. Todavía quedan muchos planetas por descubrir, muchos misterios abiertos y demasiados personajes interesantes como para despedirse de ellos tan pronto. Es una de esas ocasiones en las que el final funciona perfectamente. Pero al mismo tiempo uno espera que alguien, en algún despacho editorial, esté diciendo: «¿Y si los volvemos a mandar al espacio?». Sería una excelente idea. Además, ya han demostrado que perderse por la galaxia se les da francamente bien. En definitiva, Marco Gervasio y Cristian Canfailla firman una aventura deliciosa que combina humor, exploración, emoción y un enorme respeto por la ciencia ficción clásica sin renunciar al espíritu aventurero de los personajes Disney. Una lectura ágil, divertida y sorprendentemente ambiciosa que demuestra que todavía quedan muchas historias interesantes por contar con Mickey y compañía cuando alguien decide sacarlos de su zona de confort y lanzarlos directamente al vacío espacial. Porque, al final, da igual si el uniforme lleva orejas redondas o insignias de capitán. Lo importante es tener una buena tripulación, una nave resistente y asumir que, si Mickey Tomorrow está al mando, las probabilidades de regresar a casa según lo previsto son aproximadamente las mismas que encontrar aparcamiento gratuito en el centro de Barcelona. Y, curiosamente, esa es precisamente la mejor parte del viaje.
