Hay una vieja costumbre entre quienes abusan del poder. Toleran bastante bien las críticas, siempre que nadie les haga quedar en ridículo. Un discurso incómodo todavía puede disimularse, un artículo puede ignorarse y una denuncia puede enterrarse entre montañas de burocracia. Pero una broma certera es otra historia. La risa tiene ese defecto insoportable: se contagia. Y cuando la gente empieza a reírse de quienes se creen intocables, también empieza a perderles el miedo. Jaime Garzón lo entendió antes que muchos. Por desgracia, quienes se sintieron retratados también lo entendieron. «Yo quiero no morir», publicado por Astiberri Ediciones en España, parte precisamente de esa amarga ironía. Un hombre que utilizó el humor para defender la paz, denunciar la corrupción y acercar posturas terminó convirtiéndose en una amenaza tan grande que decidieron silenciarlo para siempre. O, al menos, eso creyeron.

Si algo demuestra este magnífico tebeo es que matar a una persona no siempre basta para acabar con sus ideas. La memoria tiene la mala costumbre de sobrevivir. Y los buenos libros ayudan bastante en esa tarea. Con guion de Alfredo Garzón, hermano de Jaime, y Verónica Ochoa, esta obra no nace únicamente de la necesidad de recordar a una figura imprescindible de la historia reciente de Colombia. Además de los dos creadores tenemos a un equipo detrás de estas páginas como son Laura Nepta que acompaña a Verónica en la investigación de la historia. Al igual que al dibujo tenemos a Álvaro Duarte, Sergio Palacio, Alejandro Guarín, Daniel Martín, Lucia Duarte, Juliana Ocampo y Felipe Rivera. Todo ese conjunto de personas consigue que el paso del tiempo no convierta la impunidad en olvido. Porque una cosa es que un crimen siga sin resolverse completamente y otra muy distinta aceptar que la víctima desaparezca también de la memoria colectiva.
Lo primero que sorprende es que este comic evita caer en una trampa muy habitual en este tipo de obras: la del homenaje excesivamente solemne. Jaime Garzón aparece como alguien brillante, sí, pero también cercano, ingenioso, contradictorio y profundamente humano. No es un héroe de bronce colocado sobre un pedestal. Es una persona de carne y hueso que decidió utilizar el humor como herramienta para hacer preguntas incómodas en un país donde hacer demasiadas preguntas podía convertirse en una sentencia de muerte. Y eso convierte la lectura en algo mucho más interesante. No estamos simplemente asistiendo a la reconstrucción de un asesinato, sino descubriendo cómo una personalidad tan singular consiguió convertirse en una referencia para millones de colombianos. Garzón entendía que el humor no servía únicamente para hacer reír. También podía desmontar discursos oficiales, señalar abusos y acercar posiciones en un país fracturado por décadas de violencia. Reírse era, en cierto modo, una forma de resistencia.

El cómic también tiene la inteligencia de no limitarse a contar quién fue Jaime Garzón. Para comprender su importancia resulta imprescindible entender el escenario en el que vivió. Colombia atravesó durante los años ochenta y noventa uno de los periodos más sangrientos de su historia reciente. Guerrillas, narcotráfico, paramilitares, corrupción institucional, secuestros, atentados y asesinatos políticos formaban parte de un paisaje donde el miedo parecía haberse convertido en un ciudadano más. Lo admirable es cómo Alfredo Garzón y Verónica Ochoa consiguen explicar toda esa complejidad sin convertir el cómic en un tratado de historia contemporánea. La información aparece perfectamente integrada en la narración. No hay sensación de estar leyendo una lección académica. Todo gira alrededor de las personas, de sus decisiones y de las consecuencias que esas decisiones tuvieron sobre miles de vidas.
La frase que da título al libro resume perfectamente esa mezcla de lucidez y tragedia. «Yo quiero no morir» no es una metáfora ni una licencia poética. Jaime Garzón pronunció la frase “A mí me gustaría no morir, no morir en la historia“ en una entrevista poco antes de ser asesinado. Sabía perfectamente que estaba en peligro. Era consciente de que cada intervención pública, cada personaje humorístico y cada gestión humanitaria aumentaban el riesgo. Aun así, decidió continuar. No por heroísmo romántico, sino porque entendía que guardar silencio también tenía un precio demasiado alto.

Uno de los aspectos más emocionantes de la obra es comprobar hasta qué punto la obra devuelve literalmente la voz a Jaime. A través de entrevistas, declaraciones, conversaciones y distintos testimonios reconstruidos, el lector siente que el protagonista vuelve a hablar directamente desde las páginas. Es un recurso narrativo tremendamente eficaz porque convierte el relato en algo vivo, casi en una conversación interrumpida durante demasiado tiempo.
Gráficamente, el resultado está a la misma altura del guion. El dibujo no busca el realismo fotográfico. Prefiere construir un universo simbólico donde la belleza y el horror conviven constantemente. Hay composiciones que recuerdan inevitablemente a otros artistas. Son referencias que nunca resultan gratuitas. Sirven para transmitir la sensación de que la violencia termina deformándolo todo, convirtiendo la realidad en una especie de pesadilla colectiva donde las víctimas y los verdugos parecen atrapados dentro del mismo cuadro. Especialmente impresionantes resultan algunas páginas desplegables, auténticos murales que invitan a detener la lectura para descubrir pequeños detalles escondidos entre multitud de personajes y escenas. Son de esas páginas que justifican por sí solas el formato físico del libro y demuestran hasta qué punto el lenguaje del cómic puede contar cosas que ningún otro medio consigue expresar con la misma fuerza.

Sin embargo, quizá el mayor acierto sea que nunca reduce Colombia a un catálogo de desgracias. Sería fácil caer en esa simplificación. Pero el tebeo se niega a hacerlo. Frente al miedo aparecen periodistas que siguieron investigando, activistas que continuaron trabajando por los derechos humanos, ciudadanos anónimos que se resistieron a aceptar la violencia como única forma de convivencia y personas convencidas de que el diálogo todavía tenía sentido. Esa mirada convierte la obra en algo mucho más complejo que una simple denuncia. También es un reconocimiento a quienes decidieron no rendirse. A quienes siguieron creyendo que el humor podía abrir puertas donde las armas solo levantaban muros.
La participación de Alfredo Garzón aporta además una dimensión especialmente íntima al relato. No estamos únicamente ante un trabajo de documentación histórica. También existe una necesidad profundamente personal de reconstruir la figura de un hermano cuya ausencia continúa presente más de dos décadas después. Esa cercanía nunca cae en el sentimentalismo fácil; al contrario, aporta una honestidad que atraviesa toda la obra.

Otro aspecto especialmente interesante es la capacidad del cómic para dialogar con el presente. Aunque los hechos narrados pertenecen al pasado, muchas de las preguntas que plantea siguen completamente vigentes. ¿Qué ocurre cuando el poder utiliza el miedo para silenciar voces críticas? ¿Qué papel desempeñan el periodismo y el humor frente a la violencia? ¿Puede una sociedad construir un futuro sin enfrentarse antes a su propia memoria? Son cuestiones incómodas que trascienden el caso colombiano y adquieren una dimensión universal. Y quizá ahí resida una de las mayores virtudes. No hace falta haber seguido la actualidad política de Colombia para emocionarse con esta historia. Basta con creer que la libertad de expresión, la memoria y los derechos humanos merecen ser defendidos. El lector termina comprendiendo que Jaime Garzón pertenece a Colombia, sí, pero también a todos aquellos lugares donde alguien decide enfrentarse al poder utilizando únicamente las palabras y la inteligencia.
Al cerrar las páginas de «Yo quiero no morir» resulta inevitable pensar que quienes ordenaron asesinar a Jaime Garzón buscaban exactamente lo contrario de lo que consigue este tebeo. Querían imponer el silencio. Querían que el miedo hablara más alto que las palabras. Querían borrar una voz incómoda. Más de veinticinco años después, Alfredo Garzón, Verónica Ochoa y Astiberri responden con el mejor argumento posible. Un cómic extraordinario que demuestra que las ideas, el humor y la dignidad tienen una incómoda costumbre para los poderosos. Se niegan a morir.
