Antes de empezar conviene asumir una de las grandes verdades del comic americano. Daredevil nunca puede ser feliz. Si Matt Murdock encuentra un minuto de paz, un editor pulsa una alarma en Nueva York y automáticamente aparece un demonio, un asesino, un antiguo amor, una crisis de fe o, en el peor de los casos, las cinco cosas a la vez. Así que cuando Panini Comics publica el primer Marvel Premiere de «Daredevil de Saladin Ahmed», recopilando los cinco primeros números de la nueva etapa, la editorial vuelve a vendernos el mismo milagro de siempre: «ha renacido«. Y claro, el lector veterano ya levanta una ceja. Porque Matt ha renacido tantas veces que, si las resurrecciones dieran puntos en una tarjeta de fidelización, ya tendría café gratis hasta el fin de los tiempos.

La tarea de Saladin Ahmed tampoco era precisamente sencilla. Después de la larguísima y celebrada etapa de Chip Zdarsky, llegar como nuevo guionista es un poco como aceptar entrenar al equipo justo después de ganar la Champions. Todo el mundo promete que no va a comparar y miente descaradamente. Cada diálogo, cada pelea y cada decisión pasan inevitablemente por el filtro del «¿está a la altura de lo anterior?». Y Ahmed, lejos de lanzarse a revolucionarlo todo, decide jugar sobre seguro. Una estrategia perfectamente lógica, aunque quizá demasiado prudente para un personaje cuya vida consiste precisamente en lanzarse de edificios sin saber muy bien cómo va a aterrizar.
El punto de partida resulta atractivo. Matt ha muerto, ha regresado, arrastra importantes lagunas en su memoria y ahora ejerce como sacerdote mientras intenta reconstruir quién era y quién quiere volver a ser. Sobre el papel es una idea estupenda. El abogado católico más atormentado de Marvel convertido en párroco parece un escenario perfecto para profundizar todavía más en la culpa, la redención, el perdón y esa costumbre tan suya de castigarse psicológicamente incluso cuando nadie le está pegando físicamente. Y aquí llega la primera sorpresa o más bien la primera oportunidad desaprovechada.

Uno de los aspectos que más curiosidad despertaban era precisamente ver qué podía aportar Saladin Ahmed a un personaje tan profundamente marcado por el catolicismo. No todos los días un guionista musulmán toma las riendas del héroe más religioso de Marvel, y muchos esperábamos encontrar una visión distinta, un debate interesante o una lectura nueva sobre la espiritualidad de Matt Murdock. Las herramientas estaban todas encima de la mesa. Un sacerdote que además es un justiciero enmascarado. Un hombre que ha muerto y ha vuelto a la vida. Demonios sobrenaturales. Pecado. Perdón. Dudas. Culpabilidad. Vamos, material suficiente para escribir varias tesis universitarias y unas cuantas discusiones filosóficas.
Sin embargo, Ahmed parece conformarse con rozar la superficie. Introduce elementos religiosos constantemente, pero rara vez los convierte en el verdadero corazón del relato. Los demonios aparecen porque tienen que aparecer. La fe está presente porque Daredevil sin religión sería casi otro personaje. Pero cuesta encontrar una reflexión realmente potente detrás de todo ello. Hay una magnífica escena inicial de convivencia entre religiones que apunta maneras y hace pensar que el guionista va a explorar caminos muy interesantes, para después volver rápidamente al terreno conocido de las peleas, los misterios y las conspiraciones de siempre. Eso termina afectando también al propio Matt. Sigue siendo reconocible. Sigue hablando como Daredevil. Sigue dudando, sufriendo y tomando decisiones difíciles. Pero en ningún momento transmite la sensación de estar atravesando una transformación verdaderamente profunda. Ha cambiado su situación, no tanto su manera de afrontar los conflictos. El resultado es un protagonista que funciona, aunque todavía parece instalado en una especie de largo prólogo emocional del que nunca termina de salir.

Tampoco ayuda que el argumento avance con una prudencia casi quirúrgica. Ahmed introduce misterios, enemigos sobrenaturales y varias incógnitas que seguramente cobrarán importancia más adelante, pero este primer arco parece más preocupado por colocar piezas que por ofrecer una historia realmente explosiva. Todo está correctamente construido. Todo tiene sentido. Todo prepara el terreno para el futuro. El problema es que el presente necesita un poco más de personalidad. Hay momentos en los que el cómic transmite exactamente la misma sensación que una serie de televisión de ocho capítulos donde los seis primeros existen únicamente para preparar el séptimo. Cuando termina el tomo, el lector tiene la impresión de que ahora sí va a empezar lo interesante. Lo malo es que acaba de leer cinco números esperando precisamente eso.
Donde Ahmed demuestra estar mucho más cómodo es escribiendo las relaciones entre personajes. Cuando baja el ritmo y deja que los protagonistas hablen entre ellos aparece el mejor guionista del tomo. La visita de Hulka en el quinto episodio es probablemente el momento más refrescante de toda la recopilación. Jennifer Walters aporta humor, naturalidad y una química fantástica con Matt. Sus conversaciones fluyen con enorme facilidad y recuerdan que el Universo Marvel siempre ha funcionado mejor cuando los héroes tienen tiempo para comportarse como seres humanos antes de empezar a repartirse puñetazos. De hecho, uno acaba deseando que Ahmed escriba más escenas cotidianas y menos demonios. Porque ahí sí parece encontrar una voz propia. Sus diálogos resultan ágiles, cercanos y, cuando quiere, incluso bastante divertidos. El problema es que esas escenas aparecen con cuentagotas dentro de una historia demasiado empeñada en parecer trascendental.

Luego está el dibujo. Con ese maravilloso deporte editorial consistente en cambiar de artista cada pocas páginas como si el lector padeciera una extraña alergia a la continuidad visual. Aaron Kuder abre la colección con mucha energía. Sus composiciones son dinámicas, las escenas de acción funcionan muy bien y poco a poco consigue captar esa mezcla de agilidad, brutalidad y dramatismo que siempre ha definido al personaje. Es cierto que durante el primer número algunos rostros resultan algo irregulares, pero conforme avanza la historia se le ve cada vez más cómodo. Naturalmente, justo cuando empieza a despegar… desaparece. Así entra Farid Karami. Después Germán Peralta. Luego vuelve Karami. El cambio constante termina perjudicando la identidad de la serie. No porque ninguno de ellos dibuje mal. Todo lo contrario. Los tres son artistas perfectamente competentes. Karami destaca especialmente en las escenas de combate cuerpo a cuerpo, mientras que Peralta aporta un trazo muy sólido y composiciones bastante espectaculares. El problema es que sus estilos son diferentes y la colección nunca consigue mantener una personalidad gráfica coherente durante demasiado tiempo. Por suerte, Jesús Aburtov realiza un excelente trabajo al color. Su paleta consigue unificar bastante el conjunto y suavizar las diferencias entre dibujantes. Muchas veces actúa como el auténtico pegamento visual del tomo, evitando que la sensación de collage artístico resulte todavía más evidente.
Al terminar el volumen resulta imposible hablar de fracaso. Sería profundamente injusto. Tampoco puede hablarse de un comienzo arrollador. Quizá la palabra que mejor define este primer tomo sea «correcto». Y eso, tratándose de Daredevil, casi sabe a poco. Es un personaje acostumbrado a protagonizar algunas de las mejores historias de Marvel. Desde Frank Miller hasta Brian Michael Bendis, pasando por Ed Brubaker, Mark Waid, o el propio Zdarsky, el listón está colocado a una altura absurda. Ahmed no tropieza con él, pero todavía tampoco consigue superarlo. Eso no significa que la etapa esté condenada. De hecho, sucede justo lo contrario. Entre tanta prudencia se adivinan buenas ideas, personajes bien escritos y suficientes semillas argumentales como para confiar en que la serie encuentre pronto una personalidad más definida. Da la impresión de que Ahmed aún está acomodándose en la Cocina del Infierno, entendiendo el espacio y buscando la mejor manera de hacer suyo a Matt Murdock sin romper el legado recibido.

Mientras tanto, este primer Marvel Premiere deja una lectura entretenida, sólida y agradable, aunque demasiado contenida para un personaje cuya vida siempre ha consistido en caminar sobre el alambre. Tiene buenos diálogos, escenas de acción eficaces, personajes reconocibles y algún destello brillante, especialmente cuando Hulka entra en escena y recuerda que los cómics de superhéroes también pueden sonreír de vez en cuando. Pero le falta ese golpe sobre la mesa que haga cerrar el tomo pensando que estamos ante el nacimiento de otra etapa inolvidable. De momento, Matt ha vuelto a levantarse. Y conociendo al personaje, probablemente en el siguiente volumen vuelvan a tirarlo por una escalera, le rompan tres costillas, le cuestionen la fe y le destruyan el apartamento antes del segundo capítulo. Al fin y al cabo, si algo nunca cambia es que el verdadero superpoder de «Daredevil» no es su radar es sobrevivir a la siguiente reinvención editorial.
