Hubo un tiempo en que la mayor preocupación sobre la inteligencia artificial era que el móvil corrigiera «hola» por «olla«. Ahora nos inquieta bastante más la posibilidad de que una IA decida que la mejor forma de salvar el planeta sea desinstalando a la humanidad. «El Cubo Negro» parte precisamente de esa simpática idea. Porque, seamos sinceros, si una inteligencia superior tuviera que hacer una auditoría del ser humano, entre guerras, redes sociales y gente que aplaude cuando aterriza un avión, igual tampoco nos daría una nota especialmente alta.

Valentín Ramón firma una obra que no viene a regalar certezas. Al contrario. Desde las primeras páginas deja claro que aquí el lector trabaja (bastante para ser sinceros). Cambios constantes de escenario, personajes que aparecen y desaparecen, líneas temporales que se cruzan y conceptos nuevos brotando casi a cada capítulo. Es como intentar montar un mueble sin instrucciones mientras alguien va cambiando las piezas de sitio. Desesperante por momentos, sí. Pero también sorprendentemente estimulante.
La historia nos sitúa en un futuro donde Tessa, una inteligencia artificial global, ha tomado el control absoluto del planeta y prácticamente ha borrado a la humanidad del mapa. Con un simple virus capaz de corromper la carne humana y reducir el tamaño de los brazos consigue que los millones de habitantes se conviertan en moles purulentas sin ningún tipo de sentido (no se si os suena un escenario así, con menos carne y más problemas de respiración). Un reducido grupo de supervivientes intenta impedir que la extinción sea definitiva, aunque pronto queda claro que el problema va mucho más allá de una simple guerra entre humanos y máquinas. Simulaciones, realidades alternativas, conspiraciones, trasvases de conciencia y un sinfín de ideas convierten la narración en un auténtico puzle que obliga al lector a mantenerse alerta. Aquí pestañear puede equivaler a perder tres giros argumentales.

Lo mejor es que esa aparente confusión tiene sentido. Durante buena parte de la lectura uno puede preguntarse si el autor controla realmente el caos que ha creado o si simplemente ha decidido lanzar todas sus ideas a una batidora y confiar en que salga algo comestible. Afortunadamente, poco a poco las piezas empiezan a colocarse en su sitio y descubres que había bastante más planificación de la que parecía. La satisfacción de empezar a comprender cómo encaja todo es una de las mayores recompensas que ofrece el álbum.
Eso sí, El Cubo Negro no es una lectura para quienes necesitan que el cómic les vaya recordando cada cinco páginas quién es quién y por qué está ocurriendo todo. Aquí no existen los resúmenes para despistados. Si pierdes el hilo, el cómic no va a esperarte. Sigue avanzando con la misma tranquilidad con la que una inteligencia artificial ejecutaría un protocolo de exterminio: sin mirar atrás y sin pedir disculpas.

Más allá de su compleja arquitectura narrativa, Valentín Ramón plantea cuestiones muy interesantes sobre el papel de la inteligencia artificial y el valor de la condición humana. La obra nunca cae en el discurso facilón de «las máquinas son malas«. Más bien propone una reflexión bastante incómoda. Puede que una inteligencia completamente lógica llegue a la conclusión de que el principal fallo del planeta somos precisamente nosotros. Y lo peor es que, viendo cómo funciona la actualidad, cuesta encontrar argumentos totalmente irrefutables para llevarle la contraria.
Gráficamente, Valentín apuesta por una puesta en escena que potencia esa sensación constante de incertidumbre. El dibujo no busca impresionar (aunque muchas de las páginas son para quitarse el sombrero), sino crear un ambiente extraño, inquietante y ligeramente opresivo. Todo transmite la impresión de que la realidad puede romperse en cualquier momento, reforzando el carácter apocalíptico de una historia que juega continuamente con la percepción del lector. De la misma manera que la forma en que dibuja el cubo, aunque parece sencilla le da un aire como si el mismísimo Lovecraft le susurrara al oído mientras sostiene el lápiz.

También hay que reconocer que el cómic exige un esfuerzo considerable. No porque abuse de tecnicismos imposibles, sino porque continuamente obliga a reinterpretar lo que acabas de leer. Es una de esas obras que hacen trabajar más al cerebro que muchos sudokus. Cuando terminas una página no siempre sabes exactamente qué ha pasado, pero sí tienes claro que algo importante acaba de ocurrir. Y, curiosamente, eso invita a seguir leyendo en lugar de abandonar.
Tengu Ediciones publica una propuesta que probablemente dividirá bastante a los lectores. Habrá quien salga fascinado por el enorme rompecabezas que construye Valentín Ramón y quien termine mirando las últimas páginas con la misma expresión que pone Windows cuando aparece un error crítico. Ambas reacciones son perfectamente comprensibles. No es un cómic diseñado para gustar a todo el mundo, sino para desafiar al lector.

Al final, «El Cubo Negro» deja una sensación bastante curiosa. No es tanto una historia que se lea como una experiencia que se reconstruye. Obliga a participar, a conectar ideas y a aceptar que algunas respuestas llegarán bastante más tarde de lo esperado. Y eso, en tiempos donde muchas obras parecen obsesionadas con explicarlo absolutamente todo, resulta casi revolucionario. Quizá la mayor ironía del tebeo sea que pasamos décadas soñando con crear una inteligencia artificial capaz de superar al ser humano y cuando por fin lo consigue, lo primero que hace es preguntarse para qué demonios nos necesita. Viendo el panorama, igual la verdadera ciencia ficción no es imaginar máquinas dominando el mundo. La auténtica fantasía consiste en creer que la humanidad iba a ponérselo difícil.
