Hay días en los que ser Thor consiste en blandir un martillo encantado, invocar tormentas y darle un mamporro a un gigante de hielo antes del desayuno. Luego están los días en los que eres Sigurd Jarlson, tienes un martillo comprado en la ferretería, un pasado que no entiendes, media ciudad queriendo partirte la cara y un antiguo alter ego del Dios del Trueno decidido a convertir tu existencia en una pesadilla. La verdad, casi mejor lo de los gigantes. Por eso, Al Ewing sigue empeñado en demostrar que aún se pueden contar historias nuevas con un personaje que lleva más de sesenta años repartiendo rayos por el Universo Marvel. Lo más sorprendente es que lo consigue sin recurrir al típico «amenaza cósmica que destruirá toda la realidad en tres páginas«. Aquí la tensión nace de algo mucho más sencillo. Un hombre corriente intentando sobrevivir mientras todo a su alrededor insiste en recordarle que, quizá, no sea tan corriente.

Este segundo tomo de «El mortal Thor» reúne los números 4 al 6 y sirve para ampliar un tablero que ya de por sí era bastante complicado. Por un lado, tenemos a Donald Blake, ese personaje que durante décadas fue poco más que la identidad secreta de Thor y que ahora ha decidido abrazar definitivamente el papel de enemigo con una intensidad digna de alguien que lleva demasiados años acumulando rencor. Porque si algo caracteriza a Blake en esta etapa es que no está enfadado. Está directamente instalado en la rabia permanente. Si pudiera poner una reseña en internet sería algo así como «Una estrella. Mi antiguo yo se quedó con el martillo. No lo recomiendo«. Mientras tanto, los Hijos de la Serpiente y Roxxon hacen lo que mejor saben hacer. Demostrar que siempre existe alguien dispuesto a convertir cualquier situación complicada en una auténtica catástrofe. Porque si hay una empresa capaz de empeorar el mundo sólo para aumentar beneficios, esa siempre será Roxxon. Los departamentos de Recursos Humanos allí deben de impartir cursos titulados «Cómo arruinar la vida de un dios en cinco sencillos pasos«.
Sin embargo, el mayor acierto de Ewing sigue siendo negarse a escribir simplemente otro cómic de superhéroes. Este tebeo funciona casi como una novela de identidad. La pregunta nunca es únicamente quién puede derrotar al protagonista, sino quién demonios es realmente ese protagonista. Sigurd vive atrapado entre la persona que cree ser, aquello que otros dicen que representa y un destino que parece escrito por unos dioses con un sentido del humor bastante cuestionable.

El cuarto episodio es probablemente la mayor sorpresa del volumen. En lugar de continuar directamente la historia principal, Ewing hace un elegante desvío hacia Asgard. Podría parecer una pausa, pero termina siendo justo lo contrario. Es una oportunidad para recordar que, aunque Thor haya desaparecido de la ecuación principal, el resto del universo asgardiano continúa respirando. El foco recae sobre el hijo de Thor, un personaje que carga con una responsabilidad gigantesca mientras intenta convencer a todo el mundo (quizá también a sí mismo) de que no quiere convertirse en rey. Naturalmente, eso basta para que la Encantadora decida manipular absolutamente todo. Porque si existe alguien incapaz de dejar que los acontecimientos sucedan con normalidad, esa es ella. La mujer convertiría una reunión de vecinos en una guerra civil si pensara que puede sacar algún beneficio. Ewing se mueve aquí como pez en el agua. Recupera el lenguaje grandilocuente, las intrigas palaciegas, los viejos enemigos, los secundarios olvidados y ese aroma a aventura clásica que recuerda a las mejores épocas del personaje. Es un número que podría haberse publicado hace treinta años y seguir funcionando exactamente igual. No porque resulte viejo, sino porque entiende perfectamente qué hace especial a Asgard.
Luego llega el quinto episodio y Ewing cambia completamente de marcha. Apenas hay acción. Apenas hay golpes. Apenas hay explosiones. Y, sin embargo, resulta posiblemente el capítulo más absorbente del tomo. Todo gira alrededor de conversaciones. Normalmente, un cómic de superhéroes que dedica la mayor parte de sus páginas a personajes hablando corre el riesgo de parecer una reunión interminable de comunidad. Aquí sucede exactamente lo contrario. Cada frase parece esconder otra debajo. Loki habla con Odín. Sigurd intenta comprender qué ocurre. Todo el mundo sabe más de lo que dice y menos de lo que necesita. Es uno de esos números donde el lector termina leyendo dos veces algunos diálogos porque tiene la sospecha de que Ewing acaba de dejar escondida una pista importante entre dos frases aparentemente inocentes. Y probablemente sea así. Lo fascinante es comprobar cómo la tensión aumenta sin necesidad de lanzar un solo puñetazo. Cuando finalmente aparece la violencia, casi parece un descanso después de tanta presión acumulada.

El sexto número recupera la acción, aunque lo hace de una forma bastante peculiar. Donald Blake decide poner a prueba a Sigurd utilizando a Cobra como si estuviera organizando una especie de examen práctico para futuros dioses. La situación es tan absurda como brillante: un zoológico lleno de reptiles, trampas, serpientes, cocodrilos, un vigilante inocente y un hombre armado únicamente con un martillo sujeto por una cuerda elástica. Y funciona de maravilla. Ewing consigue que Cobra, un villano al que muchas veces cuesta tomarse completamente en serio vestido como una serpiente antropomórfica, resulte realmente peligroso. Frente al Thor clásico probablemente duraría un suspiro. Frente a Sigurd representa una amenaza completamente creíble. Ahí está una de las grandes virtudes de esta serie: cambiar el contexto cambia también la importancia de los personajes.
Gráficamente el tomo mantiene un nivel altísimo gracias a dos dibujantes que entienden perfectamente el tono de cada historia. Juann Cabal se ocupa del viaje a Asgard con una elegancia notable. Sus personajes transmiten emoción constantemente y dota al reino de los dioses de una mezcla perfecta entre majestuosidad y cercanía. No necesita llenar cada viñeta de edificios imposibles para que Asgard resulte inmenso. Le basta con la composición y una expresividad magnífica. Después toma el relevo Pasqual Ferry, que vuelve a demostrar por qué sigue siendo uno de los dibujantes más personales del cómic americano. Ferry nunca ha dibujado como nadie más. Sus figuras poseen un dinamismo muy particular, sus rostros están llenos de personalidad y cada página transmite esa sensación de estar contemplando una leyenda ilustrada más que un simple cómic de superhéroes. El color, tanto de Mattia Iacono junto a Matt Milla termina de unificar todo el conjunto. Asgard luce luminosa y mitológica; Nueva York aparece mucho más gris, más terrenal, casi incómoda. Dos mundos distintos que conviven dentro de una misma historia.

La edición de Panini Comics continua la misma línea que el tomito anterior. Tenemos los tres números americanos con traducción de Gonzalo Quesada y un texto en con las referencias que aparecen por el tebeo escrito por David Aliaga. Como detalle adicional tenemos tanto las portadas de Alex Ross como las alternativas realizadas por Mahmud Asrar, Netho Diaz, Philip Tan o Leonardo Romero entre otros.
Quizá el único pequeño inconveniente del volumen sea precisamente esa sensación de transición constante. Ninguno de los tres capítulos pretende ofrecer grandes respuestas. Todos están colocando piezas sobre el tablero para algo mucho mayor. Es una lectura tremendamente satisfactoria, pero también deja la impresión de que Ewing lleva varios números preparando una enorme jugada cuya magnitud todavía no alcanzamos a ver. Y, siendo sinceros, eso también forma parte de la gracia. Porque el guionista ha conseguido algo muy complicado: hacer que el lector disfrute tanto del viaje como del destino. Incluso cuando aparentemente «no pasa tanto«, siempre sucede algo importante a nivel emocional, mitológico o narrativo.

Este segundo tomo de «El mortal Thor» confirma que esta nueva etapa no era un simple experimento para alargar la vida editorial del personaje. Es una reinterpretación inteligente, respetuosa con décadas de continuidad y, al mismo tiempo, lo bastante valiente como para romper muchas de las reglas tradicionales del mito de Thor. Al Ewing sigue escribiendo uno de los mejores títulos de Marvel porque entiende que los dioses no sólo impresionan cuando levantan montañas. También lo hacen cuando dudan, cuando fracasan, cuando buscan quiénes son realmente y cuando deciden hacer lo correcto, aunque nadie vaya a escribir canciones sobre ello. Y mientras Sigurd continúa preguntándose si es Thor, el lector ya tiene bastante claro otra cosa. Esta serie merece muchísimo más ruido del que está haciendo. Porque, al fin y al cabo, cualquier cómic puede ofrecerte rayos, martillos y villanos disfrazados de reptil. Muy pocos consiguen que además te importe de verdad la persona que sostiene el martillo.
