La Gran Aventura Humana: pasado, presente y futuro del mono desnudo

Dicen que el ser humano es la cúspide de la evolución. Una afirmación muy valiente teniendo en cuenta que somos la única especie capaz de destruir el planeta en tiempo récord mientras discute en redes sociales sobre si la tortilla lleva cebolla, si los dinosaurios existieron o si la Tierra es redonda o plana. Viendo semejante currículo, Miguel Brieva debió pensar que alguien tenía que escribir nuestra biografía antes de que no quedara nadie para hacerlo. Así nace «La gran aventura humana», una obra que podría venderse como ensayo gráfico, sátira filosófica o directamente como el informe pericial del crimen perfecto: el asesinato del sentido común cometido por la propia humanidad.

Porque eso somos. Un mono que aprendió a caminar erguido y confundió ese pequeño detalle con un permiso para creerse el dueño del universo. Nos costó cientos de miles de años descubrir el fuego y apenas unos cuantos siglos convertir el planeta en un gigantesco centro comercial donde todo tiene precio, incluso aquello que debería ser sagrado. Bravo. Darwin estaría orgulloso o quizá pediría una devolución por producto defectuoso.

Miguel Brieva lleva años dedicándose a esa extraña profesión de dibujar nuestras miserias mientras consigue que nos riamos de ellas. No es poco mérito. Hay humoristas que hacen chistes sobre políticos. Brieva prefiere algo mucho más ambicioso: hacer chistes sobre la especie humana. Sobre todos nosotros. Sin excepciones. Porque aquí nadie sale limpio. Ni los capitalistas con corbata, ni los antisistema con móvil de mil euros, ni los gurús de la felicidad, ni los revolucionarios de Instagram que cambian el mundo compartiendo una historia antes de volver a pedir comida a domicilio.

La gran aventura humana no es un cómic convencional. Tampoco un ensayo clásico. Ni siquiera una novela gráfica. Es más bien un museo de la estupidez organizada, una enciclopedia ilustrada del absurdo contemporáneo donde cada página funciona como una pequeña bomba de relojería. Te ríes. Pasas la página. Te vuelves a reír. Y de repente descubres que el imbécil del que se está riendo el autor eres tú. Una experiencia entrañable. Brieva estructura el libro en pasado, presente y futuro. Tres etapas que recuerdan sospechosamente a cualquier reunión familiar. En el pasado todo parecía mejor, en el presente nadie soporta a nadie y el futuro da bastante miedo.

El recorrido comienza con nuestros orígenes. Ahí aparece el mono desnudo descubriendo el fuego, la imaginación, el lenguaje, la empatía o el amor. Todo muy bonito. Muy esperanzador. Casi parece que íbamos por buen camino. Pero claro, después inventamos la propiedad privada y aquello empezó a torcerse con una rapidez admirable. Las páginas dedicadas al pasado tienen una mezcla maravillosa de ingenuidad y mala leche. Brieva juega con conceptos enormes utilizando ideas ridículamente sencillas. ¿Qué es la conciencia? ¿Qué demonios hacemos aquí? ¿Por qué demonios decidimos trabajar cuarenta horas semanales para comprar cosas que no necesitamos y almacenarlas en casas que apenas disfrutamos porque seguimos trabajando cuarenta horas semanales? No responde. No hace falta. La pregunta ya resulta bastante ofensiva. Su humor nunca es gratuito. Hay autores que hacen un chiste y siguen adelante. Brieva planta una idea aparentemente absurda y deja que sea el lector quien termine de cocinar la incomodidad. Es una forma muy elegante de recordarte que las mejores sátiras son aquellas donde no puedes señalar al vecino porque tú también apareces en la foto.

Luego llega el presente. Ahí es donde el autor deja de acariciarte la espalda para empezar a repartir collejas con una pala. Capitalismo. Consumismo. Individualismo. Redes sociales. Política convertida en espectáculo. Autoayuda. Productividad. Nacionalismos de oferta. Espiritualidad de supermercado. Todo pasa por el quirófano de Brieva y sale con los órganos de la hipocresía perfectamente al descubierto. Especialmente brillante resulta la manera en que desmonta nuestra obsesión por consumir absolutamente cualquier cosa. Consumimos productos. Consumimos información. Consumimos indignación. Consumimos experiencias. Consumimos series mientras consultamos otra pantalla donde alguien consume una serie distinta. Hemos convertido la existencia en un bufé libre donde el plato principal consiste en no pensar demasiado. Y mientras tanto seguimos convencidos de que somos libres. Claro que sí. Tan libres que un algoritmo sabe qué vídeo vas a ver dentro de diez minutos antes incluso de que tú mismo lo sospeches. Y si encima pasa de 30 segundos nos podemos volver locos. Brieva entiende perfectamente que el capitalismo moderno ya no necesita obligarte a nada. Le basta con convencerte de que todos tus deseos son espontáneos. Que esa necesidad imperiosa de cambiar de móvil cada año surgió mágicamente en tu corazón y no tras contemplar doscientas cuarenta y siete veces el mismo anuncio. Magia.

Otro de los grandes aciertos del libro consiste en ridiculizar nuestro narcisismo colectivo. Vivimos en una época donde todo el mundo quiere ser diferente haciendo exactamente lo mismo que los demás. Nos definimos como rebeldes vistiendo la misma ropa, escuchando los mismos pódcast, utilizando las mismas expresiones y haciéndonos las mismas fotografías delante de los mismos monumentos. La originalidad ha muerto aplastada bajo una montaña de filtros de Instagram y vídeos motivacionales de 15 segundos. Lo mejor es que Brieva no necesita exagerar demasiado. La realidad lleva años escribiendo chistes mejores que cualquier guionista.

Gráficamente, el libro es un festival. Hay anuncios ficticios, falsas campañas publicitarias, poemas, historietas, aforismos, ilustraciones monumentales, diagramas delirantes, páginas que parecen arrancadas de una enciclopedia escrita por un filósofo después de tres noches sin dormir y otras que recuerdan a la publicidad más agresiva imaginable. Cada recurso gráfico encuentra su sitio porque Brieva domina el lenguaje visual con una facilidad insultante. Su dibujo conserva ese aire de ilustración clásica mezclada con propaganda vintage y caricatura feroz. Hay ecos del cómic underground, de la ilustración editorial y hasta de aquellos manuales escolares que prometían enseñarte el mundo mientras ocultaban convenientemente las partes incómodas. Aquí ocurre justo lo contrario: Brieva levanta la alfombra para que aparezca toda la suciedad.

Y hablando de suciedad, llega el futuro. Ese futuro tan luminoso donde probablemente seguiremos llamando «progreso» a cualquier invento que consiga vendernos una suscripción mensual. Las páginas finales resultan tan hilarantes como inquietantes porque uno empieza riéndose de los escenarios imaginados por el autor y termina pensando que, con un poco de mala suerte, varios ya están ocurriendo. Robots deprimidos porque también han sido sustituidos por máquinas más rentables. Asignaturas escolares dedicadas a estudiar por qué nuestros antepasados fueron tan increíblemente irresponsables. Publicidad invasiva hasta en los sueños. Todo parece exagerado durante aproximadamente cinco minutos.

Eso sí, conviene advertir al lector despistado. Este no es un libro para quien busque evasión. Si lo que quieres es desconectar del mundo, quizá prefieras una historia de superhéroes pegándose durante doscientas páginas. Aquí ocurre justo lo contrario. Brieva te obliga a mirar alrededor. A reconocer que muchas de las mayores barbaridades que aparecen dibujadas ya forman parte de nuestra rutina. Que la distopía no llegó de golpe. Entró poco a poco, con descuentos, envíos gratuitos y notificaciones en el móvil. En definitiva, «La gran aventura humana» editada por Astiberri es una obra brillante, incómoda, despiadadamente divertida y sorprendentemente necesaria. Un tebeo que confirma que la inteligencia y el sarcasmo pueden convivir perfectamente en la misma página. También demuestra otra cosa mucho más inquietante: que la humanidad es capaz de sobrevivir a glaciaciones, pandemias, guerras y meteoritos, pero probablemente acabará extinguiéndose porque alguien decidió que era buena idea convertir la estupidez en modelo de negocio. Y viendo cómo van las cosas, tampoco sería una conclusión especialmente sorprendente. Al fin y al cabo, somos la única especie que, teniendo un planeta perfectamente habitable, ha decidido convertirlo en un experimento sociológico patrocinado por un departamento de marketing. Si eso no merece una sátira como la de Miguel Brieva, que venga la evolución y lo desmienta

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