
“It was the time of the preacher
When the story began”
1995. Ya habían pasado 20 años desde que “Time of the Preacher” inaugurara “Red Headed Stranger”, uno de los discos más célebres de Willie Nelson. Era el momento de los estertores del grunge en lo musical y Quentin Tarantino era una realidad inapelable en la gran pantalla. En el mundo del cómic norteamericano, lo más excitante de DC comics se cocía en su sello adulto “Vertigo”, proponiendo propuestas frescas de una fuerza descomunal. Tal era y es la potencia de lo que el sello adulto de la Distinguida Competencia publicó mientras duró su existencia que muchos de sus títulos no solo son recordados, sino que son reeditados de forma continua, pues son relatos que merecen ser descubiertos por nuevas generaciones, por lo innovadores que fueron y lo compactos que siguen siendo. Ejemplo de ello es “Predicador” (“Preacher”), quizá el trabajo más célebre de los que llevaron a cabo Garth Ennis y Steve Dillon, que Panini ha recuperado en una nueva edición tras haberse hecho con la licencia de DC comics para el mercado español.

De las 75 entregas, más one-shots y la miniserie dedicada al gran “Santo de los Asesinos” ya le dedicamos en su momento un artículo, así que hoy nos centraremos en el primer año de vida de la colección, que es el que recoge el primer volumen de la nueva edición de Panini con traducción de Raúl Sastre. Doce grapas que no solo dan la justa y compleja dimensión en las que se va mover la odisea de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy, sino que es un viaje desquiciado a la Norteamérica profunda donde lo desquiciado se encuentra con lo teológico y los mitos de frontera del western sustentan un relato tan original como violento, con momentos que van de lo teológico a lo surreal, donde hay espacio para ángeles, serial killers, rednecks perturbados, vampiros, criminales de baja estofa, sectas religiosas secretas y un mítico asesino reencarnado.

Junto a todo ello, “la palabra de Dios”, que es lo que el predicador Jesse Custer adquiere mientras da el sermón a la parroquia Annville, un pequeño pueblo de Texas. Ese el punto de arranque de la serie, cuando acaba “el sermón” y comienza la lección, en una analogía al texto de la canción Willie Nelson. Una canción que nos lleva a un viaje iniciático lleno de una peculiar, pero sólida, amistad y a un amor “hasta el fin del mundo”. Con una crisis celestial por medio y una colección de villanos y secundarios tan bizarra como esencial para que cada una de estas páginas mantenga su vitalidad. Con mucha violencia, seca y descarnada. Explícita. Poseedora de la misma fuerza afilada que el humor negro y mala leche soterrada que hay en muchos de los diálogos que pueblan el relato.

Decir que Predicador es gamberro e irreverente es cierto. A la vista está ya en sus primeras páginas. Pero Ennis no solo hizo un tebeo donde buscar golpes de efecto: planteó una auténtica odisea para sus protagonistas en una misión imposible, donde la fe es puesta a prueba (quizá no de la forma más esperable) y el amor y la amistad es la verdadera fuerza del trio protagonista: un predicador con el poder de “La Palabra de Dios” que quiere ajustar cuentas con él, su antigua novia convertida en sicario y un vampiro irlandés que roba la escena cada vez que tiene su momento.

Junto a ellos, “El Santo de los Asesinos”, “Caraculo” (o el reverso grotesco del nihilismo grunge) y otros peculiares personajes componen el reparto de los tres arcos argumentales de este primer integral. Uno en el que seremos testigos del milagro de Jesse Custer, pero también de la maldición familiar que arrastra. Donde veremos volver de la muerte al fantasma más siniestro de todo el Oeste: “El Santo de los Asesinos” y visitaremos el lado salvaje de Nueva York entre depravados y una pareja de policías tan peculiar como recordada: uno por torpe y el otro por una homofobia tan ridícula y extrema que esconde una represión absoluta.

Todo esto está aquí, en un guion donde Ennis no dejó puntada sin hilo (“Supongo que a los texanos os encantan las balas mágicas”), donde el color de Matt Hollingworth y Pamela Rambo bañó las viñetas de un Steve Dillon en permanente estado de gracia. potenciando cada rostro sarcástico en los momentos de humor corrosivo y también crudamente implacable para retratar la violencia explícita con que está sazonada la serie. Un viaje iniciático en la que cabe la fe y la falta de ella, la redención y la condena, el amor y el egoísmo, el fanatismo y el vampirismo, los ángeles y demonios, lo grotesco y lo celestial… y también un vampiro que, tras comer sangre, prefiere una Guinness.

Hay quien dice que para buscar a Dios hay que hacerlo o en la iglesia o en el fondo de una botella. En estas 352 páginas, podremos encontrarlo, bien haciendo algún milagro interesado, bien huyendo de sus obligaciones. También encontraremos, por derecho propio, las doce excelentes covers de Glen Fabry con las que la serie se editó en grapa. Como guinda, una galería en la que artistas de la talla de Tim Bradstreet, el propio Glen Fabry, John McCrea, Dough Mahnke, Joe Quesada con Jimmy Palmiotti, Kieron Dwyer, Jim Lee con Scott Williams, Dave Gibbons, Amanda Conner con Jimmy Palmiotti, el gran Carlos Ezquerra, John Higgins, Dave Johnson, J.G. Jones, Brian Bolland y Bruce Timm cierran el volumen. Uno donde la teología y el western se encuentran tomando whisky en un tugurio de Texas, mientras fuera espera un duelo al sol entre lo sagrado y lo profano. Para disfrutarlo, pónganse “rumbo a Texas” con “Predicador 1”.
“Now the preachin’ is over
And the lesson’s begun”
