Hay personas que, al llegar a los setenta y siete años, deciden apuntarse a aquagym. Otras descubren el placer de regañar a desconocidos desde el balcón. Algunas se apuntan a cursos informáticos para renovar su conocimiento de la nueva tecnología. Son aficiones respetables, perfectamente compatibles con una jubilación tranquila y una presión arterial razonablemente estable. Marie, sin embargo, ha decidido construir una máquina del tiempo. Porque cuando llevas casi ocho décadas sobreviviendo a la vida, aparentemente la única forma de entretenerse es desafiar las leyes de la física y poner en peligro el tejido mismo del universo. Así comienza «Las chicas de ayer», una novela que parece preguntarse qué ocurriría si Regreso al Futuro hubiera sido escrita por alguien que entiende que las personas más peligrosas del planeta no son los científicos locos ni los supervillanos, sino un grupo de amigas de toda la vida con tiempo libre, con la música de Nacha Pop a todo trapo, con una confianza excesiva y una enorme colección de asuntos pendientes.

Marie reúne a Cati, Isa y Patri en su laboratorio secreto de la huerta murciana para enseñarles el gran proyecto de su vida. Ya de entrada hay que admirar la ambición del asunto. Mientras el resto de nosotros intentamos averiguar cómo funciona la nueva actualización del móvil, ella ha construido una máquina capaz de atravesar décadas. Lo que sigue es exactamente lo que cualquiera esperaría cuando alguien decide jugar con el espacio-tiempo sin haber leído detenidamente el manual de instrucciones: todo sale regular. Las cuatro amigas terminan en 1985, en plena Movida Madrileña, atrapadas en una época que recuerdan con cariño, nostalgia y probablemente algo más de entusiasmo del que merece cualquier década que consideró aceptables ciertas hombreras. Pero una cosa es recordar el pasado y otra muy distinta volver a vivirlo. Porque la memoria tiene la amabilidad de eliminar algunos detalles incómodos, mientras que una máquina del tiempo no muestra la misma cortesía.
Lo mejor de la novela es que Inés Galiano comprende perfectamente cuál es el verdadero atractivo de la historia. No son las paradojas temporales. Ni los mecanismos de la máquina. Ni siquiera es el inevitable desfile de referencias ochenteras. Lo importante son ellas. Las cuatro protagonistas. Cuatro mujeres que llegan a la vejez cargadas de experiencias, heridas, alegrías, errores y suficiente equipaje emocional como para llenar varias líneas temporales alternativas.
La literatura lleva demasiado tiempo comportándose como si cumplir años fuera una especie de castigo. Los jóvenes viven aventuras, descubren secretos ancestrales y salvan el mundo (bueno menos Henry Jones Junior y su padre que esos de jovencitos tenían muy poco). Los mayores suelen limitarse a dar consejos crípticos antes de desaparecer discretamente. Este libro decide mandar esa costumbre a paseo y coloca en el centro de la historia a cuatro mujeres que ya no tienen nada que demostrar a nadie. Y precisamente por eso resultan tan divertidas. Porque volver al pasado con diecisiete años es una aventura. Volver al pasado con setenta y siete es una auditoría. De repente puedes contemplar todas aquellas decisiones que parecían brillantes en su momento y descubrir que quizá no lo eran tanto. Puedes reencontrarte con viejos amores, con antiguas amistades y con esa persona que eras antes de que la vida te enseñara unas cuantas lecciones a golpe de realidad.
La novela juega constantemente con esa idea. Todos hemos fantaseado alguna vez con regresar atrás y corregir errores. Decir algo que no dijimos. No decir algo que sí dijimos. Evitar ciertas relaciones. Apostar por otras. Comprar acciones de una empresa tecnológica cuando todavía valían dos duros. Lo normal. Pero Galiano introduce una verdad bastante incómoda: probablemente seguiríamos metiendo la pata. Porque el problema nunca fue la falta de información. El problema siempre fuimos nosotros. Ahí surge gran parte del humor del libro. Las protagonistas conocen el futuro. Saben lo que va a ocurrir. Han vivido décadas más que cualquiera de las personas que las rodean. Y aun así siguen siendo perfectamente capaces de complicarse la existencia de maneras creativas.
La relación entre ellas es, probablemente, el mayor acierto de toda la novela. Hay química, cariño y una enorme sensación de autenticidad. Se nota que comparten una vida entera de recuerdos. Se conocen demasiado bien para fingir educación constantemente y eso genera algunos de los momentos más divertidos de la historia. Son amigas que se apoyan, se reprochan cosas, se desesperan unas con otras y se quieren profundamente, a veces incluso al mismo tiempo.
Mientras tanto, la ambientación ochentera funciona como una enorme carta de amor a una época concreta. La autora se mueve por ella con evidente cariño y bastante documentación. La música, los locales, las calles, las referencias culturales y los pequeños detalles cotidianos consiguen que el lector tenga la sensación de estar paseando por aquella España que hoy vive atrapada entre la nostalgia colectiva y los documentales televisivos. Como detalle que me gustaría destacar son los títulos de los capítulos, por ejemplo, “Pavor en el hipermercado”(claro homenaje a la canción de Alaska y los Pegamoides). O “Mujer-Loba en Madrid” con ese detalle a la canción de La Unión. Ese juego hace que además de la lectura recuerdes ciertos fragmentos de los años 80. Y sí, la música tiene una presencia enorme. En algunos momentos parece que el libro esté intentando convencerte de que montes una playlist antes de seguir leyendo. Lo peor es que lo consigue. Hay canciones que aparecen constantemente y que ayudan a construir esa atmósfera de viaje emocional al pasado. Porque la verdadera máquina del tiempo nunca ha sido la tecnología. Siempre ha sido una canción escuchada en el momento adecuado.
Lo interesante es que la novela tampoco cae en la idealización absoluta de los ochenta. Existe nostalgia, por supuesto, pero también cierta ironía. Porque el pasado siempre parece maravilloso hasta que recuerdas cómo era realmente. Todos añoramos épocas anteriores hasta que reaparece alguna moda imposible, algún peinado absurdo o alguna costumbre que hoy nos parece salida de un museo arqueológico. Más allá de las bromas, la novela termina hablando de cuestiones mucho más universales. De la amistad que sobrevive al paso del tiempo. De las personas que permanecen cuando todo lo demás cambia. De cómo construimos nuestra identidad a partir de nuestros recuerdos. Y de esa extraña mezcla de orgullo y arrepentimiento con la que solemos mirar hacia atrás.
Al final, este libro editado por Runas de Alianza Editorial es una historia que utiliza la ciencia ficción para hablar de cosas muy humanas. «Las Chicas de Ayer» es una novela divertida, entrañable y con bastante más corazón del que aparenta al principio. Porque detrás de las paradojas temporales, de las referencias a los ochenta y de las situaciones disparatadas, lo que realmente encontramos es una celebración de la amistad y de todas esas vidas que seguimos llevando dentro, aunque hayan pasado décadas. Y, sinceramente, si algún día alguien inventa una máquina del tiempo, espero que la primera prueba no la hagan científicos ni militares. Espero que se la entreguen a cuatro amigas como estas. Al menos las risas están garantizadas.
