Antes de nada, conviene asumir una verdad universal del cómic de superhéroes. Si juntas a Daredevil y al Castigador en la misma portada, sabes exactamente lo que vas a encontrar. Matt Murdock defenderá que la justicia necesita leyes, juicios y segundas oportunidades. Frank Castle responderá que las segundas oportunidades están sobrevaloradas y que un cargador lleno resuelve los problemas mucho más rápido. Y, sorprendentemente, después de más de cuatro décadas discutiendo exactamente sobre lo mismo, seguimos comprando el tebeo con una sonrisa. Porque hay discusiones que nunca envejecen, igual que esas cenas familiares donde el cuñado vuelve a sacar el mismo tema político de todos los años. Sabes cómo acabará, pero aun así no puedes dejar de mirar.

«Daredevil y Castigador: El gatillo del diablo» juega precisamente con esa baza. Jimmy Palmiotti no pretende reinventar a ninguno de los dos personajes ni descubrir un conflicto filosófico que nadie hubiera visto antes. Sería absurdo intentarlo. Lo que hace es regresar a la esencia de aquella época dorada de Marvel Knights, cuando la editorial decidió que Nueva York podía ser mucho más sucia, peligrosa y deprimente de lo que parecía bajo los rascacielos brillantes del Universo Marvel. Y la verdad es que el reencuentro tiene bastante sabor a comida casera: quizá no sea un plato con estrella Michelin, pero entra estupendamente. Han pasado cerca de veinticinco años desde que Palmiotti trabajara con estos personajes y, al abrir este tomo, uno descubre dos cosas. La primera es que el tiempo pasa demasiado deprisa. La segunda es que Daredevil y el Castigador siguen siendo incapaces de mantener una conversación civilizada durante más de tres páginas sin que alguien termine estampado contra una pared. Algunas tradiciones merecen conservarse. Porque si algo ha demostrado los autores que han trabajado con los personajes desde Gerry Conway, Frank Miller, Roger McKenzie, Ann Nocenti, Garth Ennis o Bendis, es que la gracia nunca ha estado en quién gana la pelea. Eso importa relativamente poco. Lo realmente interesante siempre ha sido comprobar cuánto tardan en recordarnos que ambos luchan por la justicia. Pero cada uno entiende esa palabra de una forma completamente incompatible con la del otro.
Palmiotti lo entiende perfectamente. Su historia no intenta profundizar en grandes traumas psicológicos ni convertir cada diálogo en una tesis universitaria sobre la moralidad. Aquí se viene a contar una historia criminal con mafiosos, traiciones, persecuciones y una inevitable guerra entre bandas que obliga a Matt Murdock y Frank Castle a cruzarse una vez más. Es un thriller urbano que sabe cuál es su misión: entretener sin perder demasiado tiempo mirándose al espejo. Y funciona precisamente por eso. La trama avanza con rapidez, enlazando escenas de acción con investigaciones y algunos momentos donde Matt puede ejercer de abogado antes de ponerse los cuernos rojos y las mayas ajustadas. Siempre resulta agradable recordar que Daredevil no vive exclusivamente de repartir patadas voladoras. De hecho, cuando Palmiotti deja que Murdock haga de abogado, recuerda por qué el personaje siempre ha sido algo más que un acróbata vestido de rojo. Mientras tanto, Frank Castle sigue siendo Frank Castle. No evoluciona, no aprende, no cambia de opinión y, francamente, tampoco hace falta. Es como una apisonadora con chaleco antibalas. Entra, dispara, se marcha y deja que otros gestionen las consecuencias. Es precisamente esa absoluta incapacidad para negociar lo que convierte cada encuentro con Daredevil en una bomba de relojería.

El mayor mérito del guionista consiste en no intentar dar la razón a ninguno de los dos. Matt sigue defendiendo que la justicia necesita límites. Frank continúa convencido de que esos límites solo sirven para que los criminales regresen a la calle. Ninguno convence al otro, ninguno convence completamente al lector y esa ambigüedad sigue siendo el auténtico combustible de la serie. Eso sí, quien espere una revolución probablemente debería moderar las expectativas. Este tebeo juega sobre seguro casi en todo momento. Hay referencias para los lectores veteranos, algunos guiños muy agradecidos a etapas clásicas y cierto aroma nostálgico que funciona especialmente bien si tienes algunas lecturas previas. Los recién llegados pueden seguir la historia sin demasiados problemas, aunque algunos homenajes quizá les pasen por encima como una bala perdida. También se nota que Palmiotti prioriza el ritmo por encima de la profundidad. Todo sucede deprisa. A veces incluso demasiado. Algunos secundarios aparecen, cumplen su función y desaparecen antes de que el lector pueda interesarse realmente por ellos. No molesta demasiado porque el foco siempre está donde debe estar, pero sí deja la sensación de que determinadas situaciones habrían agradecido un poco más de desarrollo.
El apartado gráfico tampoco ayuda a que el conjunto alcance cotas memorables. Mario Santoro, Tommaso Bianchi y Gabriel Guzmán se reparten el trabajo con resultados irregulares. Ninguno realiza un mal trabajo, pero el cambio constante de manos termina rompiendo cierta continuidad visual. Hay páginas realmente potentes, especialmente durante los enfrentamientos físicos, donde los golpes transmiten contundencia y la ciudad respira esa suciedad tan propia del género negro. Sin embargo, también aparecen rostros algo rígidos y diferencias estilísticas que recuerdan continuamente que estamos leyendo una obra realizada a varias manos. Aun así, la atmósfera funciona. Bryan Valenza apuesta por una paleta oscura, con sombras muy marcadas y un Daredevil cuyo uniforme abandona el rojo chillón para integrarse mejor en una Nueva York donde parece que siempre está anocheciendo. Es una decisión estética sencilla, pero muy eficaz para reforzar ese tono callejero que tan bien sienta a ambos personajes.

Quizá ahí esté la principal virtud del tomo. No intenta competir con otras historias clásicas. Sabe perfectamente que juega otra liga. En lugar de aspirar a convertirse en «la historia definitiva» de Daredevil y el Castigador, se conforma con ofrecer una aventura sólida, entretenida y fiel al espíritu de ambos. Y, a veces, eso es exactamente lo que uno necesita. Porque no todos los cómics tienen que cambiar la vida del lector. Algunos simplemente sirven para recordar por qué determinados personajes llevan décadas funcionando tan bien juntos. Matt seguirá creyendo en la ley. Frank seguirá creyendo en el calibre adecuado. Ninguno convencerá jamás al otro. Nosotros seguiremos disfrutando viendo cómo lo intentan.
La edición de Panini Comics cumple a la perfección las expectativas. Además de incluir los cinco números de Daredevil & Punisher: The Devil’s Trigger con traducción de Gonzalo Quesada tenemos muchas portadas alternativas realizadas por David Marquez, Dan Panosian, Michael Cho o Germán Peralta entre muchos otros. En definitiva, «Daredevil y Castigador: El gatillo del diablo» es un regreso agradable al espíritu de Marvel Knights. No alcanza la excelencia de los grandes clásicos del dúo, ni probablemente aspire a ello, pero ofrece una lectura muy disfrutable, con buen ritmo, acción abundante y ese eterno duelo moral que nunca parece agotarse. Es de esos tebeos que no buscan hacer historia, sino recordar por qué la historia de estos dos personajes sigue funcionando después de tantos años.
