Spiderman ’94: la sexta temporada

Os voy a dejar una cosa muy clara si algo lleva treinta años sin continuar, no es una obra pendiente, es una mina de oro esperando a que alguien le ponga una portada nueva. Y Marvel, que de explotar la nostalgia tiene un máster, un doctorado y seguramente una cátedra honorífica, ha decidido que era el momento de desempolvar la serie animada de «Spiderman ’94». No porque el mundo lo necesitara desesperadamente, sino porque hay toda una generación incapaz de escuchar la palabra «Spiderman» sin que su cerebro reproduzca automáticamente aquella sintonía noventera. Somos gente fácil. Nos ponen un logo antiguo y ya estamos buscando sitio en la estantería.

Lo mejor de todo es que el cómic ni siquiera intenta engañarte. En lugar de decir «tenemos una historia imprescindible«, prácticamente te guiña un ojo y te dice: «¿Te acuerdas de cuando eras feliz y tus mayores preocupaciones eran los deberes de matemáticas? Pues toma, 128 páginas de dopamina en formato grapa recopilada«. Y uno pica. Claro que pica. Porque el lector de cómics puede resistirse a una subida de precios, a un reinicio del universo o incluso a otro evento llamado Crisis de algo, pero poner «Spider-Man ’94» en la portada es jugar con ventaja. Eso es como sacar a Chimo Bayo en una fiesta de cuarentones: sabes perfectamente lo que va a pasar.

Luego llega la realidad, que siempre tiene la fea costumbre de presentarse sin avisar. Porque todos llevábamos treinta años imaginando la famosa sexta temporada. Algunos esperaban el cierre definitivo del misterio de Mary Jane. Otros querían un festival de villanos inéditos. Los más optimistas soñaban con el equivalente arácnido de X-Men ’97. Y Marvel responde con la misma energía que ese amigo que promete contarte una historia increíble y termina diciendo: «Bueno… eso pasó antes de empezar el cómic«. Magnífico. Treinta años esperando para descubrir que la parte más interesante ha ocurrido fuera de plano. Es una jugada con un nivel de troleo que casi merece un aplauso. Pero, curiosamente, cuando superas ese primer «¿perdona?», descubres que el cómic tampoco está tan mal. Es como pedir una hamburguesa gigantesca porque la foto del menú parecía un monumento nacional y descubrir que te han servido una bastante normalita. No es la hamburguesa de tu vida, pero oye, tiene buen sabor y te la acabas igual.

Ahí entra J.M. DeMatteis, que demuestra una vez más que entiende a Peter Parker mejor que los propios guionistas que llevan veinte años empeñados en convertirle la vida en un concurso de desgracias patrocinado por el universo. Aquí Peter vuelve a ser ese pobre hombre incapaz de disfrutar de una buena noticia sin mirar antes al cielo por si va a caerle encima un piano, un simbionte, un clon o un impuesto municipal. La “Suerte Parker” sigue funcionando con la precisión de un reloj suizo. Cuando parece que todo va bien, puedes estar seguro de que algo horrible está doblando la esquina.

El guion además juega con una idea bastante simpática: introducir elementos del Spiderman moderno dentro del universo noventero. Ahí aparecen Morlun, Kaine y conceptos que la serie jamás llegó a tocar porque, sencillamente, todavía no existían. Es una mezcla curiosa entre la época clásica y las etapas posteriores de Straczynski, todo filtrado por ese tono televisivo donde la violencia siempre parecía quedarse un par de escalones por debajo del drama. Y funciona bastante mejor de lo que cabría esperar. Morlun conserva su presencia intimidante, aunque quien espere la amenaza imparable que aterrorizó al Spiderman de los cómics quizá salga algo decepcionado. Aquí parece tener el freno de mano echado. Da la sensación de que el personaje ha sido domesticado para no romper demasiado la estética de la serie. Sigue imponiendo, sí, pero más como un jefe final de videojuego de los noventa que como el depredador definitivo del Universo Marvel.

El ritmo también imita con bastante fidelidad el de la serie animada. Todo sucede deprisa, hay acción constante, diálogos muy directos y apenas tiempo para detenerse a respirar. Esto tiene una ventaja evidente. El cómic se lee de un tirón y resulta enormemente entretenido. La desventaja es que, cuando llegas al final, tienes la sensación de haber visto cinco episodios seguidos, pero no necesariamente una historia especialmente trascendente. Es como volver a poner un capítulo de la serie un sábado por la mañana. Lo disfrutas muchísimo mientras dura, sonríes con los personajes y los guiños, pero cuando termina tampoco sientes que hayas asistido a la obra definitiva del trepamuros.

Donde sí empiezan los problemas es en el apartado gráfico. Y es una pena, porque James Towe entiende perfectamente qué estética está intentando replicar. Los trajes, los escenarios, la ambientación y muchas composiciones recuerdan inmediatamente a la serie de televisión. Hasta ahí, misión cumplida. El inconveniente aparece cuando los personajes deciden quitarse la máscara. Hay rostros que funcionan perfectamente y luego están esos otros que parecen generados después de que alguien mezclara un fotograma de la serie con un filtro de TikTok. Peter Parker cambia de cara entre viñetas con una facilidad digna de Mística. En ocasiones parece Peter. En otras parece un primo lejano. En algunas da la impresión de estar atravesando una reacción alérgica bastante seria. Es imposible no fijarse porque el contraste resulta enorme. Spiderman con la máscara puesta luce convincente, dinámico y reconocible. Peter sin máscara, en cambio, entra en esa categoría artística conocida como «bueno… la intención estaba ahí«. Afortunadamente la acción está bastante bien resuelta y Jim Campbell consigue que el color reproduzca muy bien la sensación de la serie televisiva. Los combates tienen energía, las escenas fluyen y el conjunto mantiene ese aire noventero que tanto buscaba. No es un desastre ni muchísimo menos; simplemente uno no deja de imaginar lo espectacular que habría quedado con un dibujante capaz de acercarse todavía más al diseño original. Y claro, aquí entra en juego el gran villano del cómic: la nostalgia. Porque este tomo vive prácticamente de ella.

Si creciste viendo la serie animada, escuchando las voces del doblaje español y esperando cada tarde un nuevo episodio, aquí vas a encontrar un montón de pequeños detalles que funcionan como una máquina del tiempo. Los personajes hablan como los recuerdas, se comportan como los recuerdas y hasta puedes imaginar la banda sonora sonando de fondo. Si, por el contrario, nunca viste aquella serie o no tienes ningún vínculo emocional con ella, probablemente te parecerá un cómic correcto sin demasiadas aspiraciones. Entretenido, sí. Bien escrito, también. Pero difícilmente memorable.

La edición de Panini Comics en un tomito individual es de lo más correcto. Además de los cinco números de la serie americana traducidos por Santiago García, tenemos multitud de portadas alternativas realizadas por Rickie Yagawa, Ron Lim, Erik Larsen o Alex Saviux para terminar de rematar la jugada. En definitiva, «Spiderman ’94» es exactamente como reencontrarte con un viejo amigo del colegio. Durante unas horas vuelves a sentirte como cuando tenías doce años, os reís recordando batallitas y parece que el tiempo no ha pasado. Luego os despedís, cada uno vuelve a su vida y piensas: «Ha estado genial… aunque esperaba una historia un poco mejor«. Y, siendo sinceros, pocas cosas representan mejor a Spiderman que eso: salir del combate con alguna magulladura, una sonrisa en la cara y la sensación de que la próxima aventura seguramente será la buena.

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