Vatican City: tras los muros de la Santa Sede

Hay autores que se preguntan qué pasaría si los zombis conquistaran el mundo. Otros imaginan invasiones alienígenas, inteligencias artificiales rebeldes o meteoritos gigantes. Y luego está Mark Millar, que un día debió de mirar una postal de Roma y pensar: “¿Y si mil millones de vampiros rodearan el Vaticano como quien espera turno en la administración pública?”. De ese pensamiento profundamente razonable nace «Vatican City», una miniserie que demuestra que cuando se mezclan colmillos, reliquias sagradas y el fin de la civilización, el resultado puede ser tan delirante como entretenido.

La premisa no pierde el tiempo con sutilezas. Los vampiros han ganado. No parcialmente, no en algunos países, no tras una larga guerra de desgaste. Han ganado de verdad. La humanidad ha sido barrida del mapa con una eficacia que haría llorar de emoción a cualquier villano de opereta. Estados Unidos ha caído, Europa es un bufé libre con monumentos históricos y los pocos supervivientes se han refugiado en el único lugar donde los chupasangres no se atreven a entrar: la Ciudad del Vaticano. Y ahí está la primera genialidad del cómic. Mientras otras historias postapocalípticas convierten búnkeres militares, fortalezas futuristas o bases secretas en los últimos reductos de la humanidad, aquí la esperanza mundial depende de unas murallas antiguas, unas cuantas reliquias sagradas y la fe en que los vampiros respeten determinadas normas sobrenaturales. Es como descubrir que el destino de la especie humana está en manos de un museo, una biblioteca y un grupo de turistas despistados que tuvieron la suerte de estar en el lugar adecuado cuando empezó el apocalipsis.

Millar siempre ha sido un especialista en vender conceptos imposibles con absoluta convicción. No importa lo absurda que parezca la idea inicial; si la cuenta con suficiente velocidad, terminas aceptándola encantado. Y eso es exactamente lo que ocurre aquí. Antes de que puedas preguntarte cómo demonios han conquistado el planeta unos vampiros aparentemente vulnerables a los mismos problemas de siempre, ya estás viendo ciudades caer, familias destrozadas y masas de monstruos comportándose como una combinación entre invasores bárbaros y asistentes especialmente agresivos a un festival de música.

La historia avanza a una velocidad considerable. Tan considerable, de hecho, que algunos personajes aparecen, hablan un poco y desaparecen del mundo de los vivos antes de que recuerdes sus nombres. Pero eso forma parte del encanto de la propuesta. Este tebeo no pretende ser una profunda exploración psicológica de los supervivientes. Quiere ser una película de serie B con presupuesto de superproducción convertida en cómic. En ese aspecto funciona estupendamente. Las paginas se pueden pasar a tal velocidad que ya no sabes si estas bien o tienes el síndrome de Cortocircuito.

El protagonista, Guido, es uno de esos héroes accidentales que parecen haber nacido para encontrarse en medio de catástrofes imposibles. No es un guerrero legendario ni un líder mesiánico. Es simplemente alguien que intenta mantener un mínimo de cordura mientras millones de vampiros esperan al otro lado de los muros. Lo admirable es que no pierde completamente la cabeza, algo que ya lo convierte en una figura excepcional dentro de este universo. Mientras tanto, los vampiros reciben un tratamiento bastante divertido. Son monstruosos, crueles y aterradores, pero también poseen una paciencia casi administrativa. No tienen prisa. Pueden esperar años si hace falta. La humanidad está atrapada y ellos lo saben. Resulta casi cómico imaginar a semejante ejército infernal organizando el mayor asedio de la historia mientras contempla tranquilamente cómo se consumen los recursos de los supervivientes. Vamos que van con prisas a medias. Sin embargo, Millar introduce una vuelta de tuerca interesante cuando revela que los vampiros no están allí únicamente por la sangre. Buscan algo enterrado bajo el Vaticano. Algo tan antiguo y peligroso que convierte el asedio en una excavación arqueológica especialmente sangrienta. De repente, la historia deja de ser una simple lucha por sobrevivir y se transforma en una carrera por descubrir secretos enterrados durante dos mil años. Es en ese punto donde el cómic abraza sin complejos la estética de las novelas conspirativas. Reliquias antiguas, pasadizos secretos, bibliotecas ocultas y revelaciones históricas se mezclan con hordas de vampiros hambrientos. Dan Brown probablemente estaría tomando notas mientras intenta averiguar cómo no se le ocurrió antes.

El dibujo de Per Berg encaja perfectamente con el tono de la obra. Su estilo tiene personalidad propia y evita la rigidez excesivamente realista. Los vampiros son auténticas pesadillas ambulantes, criaturas que parecen haberse escapado de un mal sueño después de pasar varias semanas sin dormir. La violencia resulta impactante cuando debe serlo, pero nunca pierde ese aire de cómic desatado que impide que la historia se vuelva deprimente. Además, Berg consigue que el Vaticano se convierta en un personaje más. Sus pasillos, catacumbas, bibliotecas y cámaras secretas transmiten una sensación constante de misterio. Cuando los protagonistas exploran sus rincones ocultos, uno tiene la impresión de que cualquier puerta puede esconder una reliquia milagrosa o una catástrofe sobrenatural. En cualquiera página nos hubieran colado a San Pedro saludando y nos lo tragamos.

Editada por Panini Comics, la miniserie en sí misma tiene un problema evidente: es demasiado corta. Tres números apenas permiten desarrollar todas las ideas que aparecen sobre la mesa. Millar plantea un escenario gigantesco, introduce una mitología interesante y presenta personajes con potencial, pero el relato avanza tan rápido que algunas emociones pierden fuerza. Hay muertes que deberían resultar devastadoras y terminan funcionando más como daños colaterales inevitables.

La sensación final es parecida a la de ver una temporada completa resumida en un tráiler de 15 minutos. Te lo pasas muy bien, pero también percibes que había material suficiente para permanecer más tiempo en este mundo. Y quizá ahí reside la mayor virtud de Vatican City. Te deja con ganas de más. En una época donde muchas series se alargan artificialmente hasta la extenuación, resulta curioso encontrarse con una historia que corre tanto que parece llegar antes de tiempo a la meta.

Al terminar el tomo, uno se queda pensando que la premisa era ridícula, la ejecución es exagerada, la lógica interna a veces funciona gracias a la buena voluntad del lector y, sin embargo, el conjunto resulta tremendamente entretenido. Es el equivalente comiquero de una película que sabes que es imposible pero que disfrutas con una sonrisa permanente. «Vatican City» no pretende reinventar el género vampírico ni ofrecer profundas reflexiones filosóficas sobre la condición humana. Lo que ofrece es exactamente lo que promete. Vampiros por millones, supervivientes desesperados, secretos enterrados bajo Roma y un asedio apocalíptico que convierte al Vaticano en la fortaleza más improbable de la historia de la ficción. Al final, este un tebeo muy sencillo, que lo más probable es que acabe apareciendo en Netflix en cualquier momento. Para lo que llevamos un tiempo leyendo a Millar es una de sus jugadas habituales, que como siempre funcionan a las mil maravillas.  

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