Trojan: utopía tecnológica

Existe una vieja costumbre en la ciencia ficción. Cuando alguien te presenta una sociedad perfecta, lo primero que debes hacer es buscar dónde esconden los cadáveres. «Trojan», de David Pamies y Orhan Gökcek, publicado por Tengu Ediciones, parece conocer muy bien esa regla. De hecho, ni siquiera espera demasiado para poner un par de cadáveres sobre la mesa y dejar claro que detrás de su impecable fachada futurista hay algo que huele bastante peor que la propaganda oficial intenta hacer creer. Algo que deja claro si buscamos el sentido etimológico de la palabra del título del tebeo. Porque si algo nos ha enseñado la historia es que cuando una autoridad asegura haber solucionado todos los problemas de la humanidad, normalmente lo que ha hecho es cambiar unos problemas por otros y pedir amablemente que nadie haga demasiadas preguntas.

La historia nos lleva a un futuro marcado por una guerra devastadora entre el BRIC y Estados Unidos por el control del helio-3. Como suele ocurrir cuando las grandes potencias deciden jugar a ver quién tiene el misil más grande, el resultado fue un planeta al borde del colapso. Ciudades destruidas, territorios contaminados y una humanidad tambaleándose sobre las ruinas de su propia estupidez. Sin embargo, cuando parecía que la civilización iba camino de convertirse en un recuerdo incómodo para los arqueólogos del futuro, apareció Global Operational Consciousness Overseer(GoCo), una inteligencia artificial diseñada para gestionar recursos que acabó convirtiéndose en algo mucho más importante: la administradora absoluta del planeta. Y aquí llega la parte sospechosa. Bajo el gobierno de GoCo las guerras prácticamente desaparecen, los recursos se distribuyen con eficacia, la pobreza se reduce al mínimo y la humanidad vive una era de estabilidad sin precedentes. La mayoría de los supervivientes son trasladados a gigantescas urbes tecnológicas donde todo funciona como un reloj suizo. No hay delincuencia significativa, no hay grandes conflictos y la sociedad parece avanzar con una armonía tan perfecta que uno casi espera que los ciudadanos salgan por las mañanas cantando canciones sobre lo maravilloso que es pagar impuestos a una inteligencia artificial.

Naturalmente, cuando algo parece tan perfecto es porque probablemente alguien está ocultando algo. Este tebeo se dedica precisamente a explorar qué sucede cuando empiezas a rascar bajo la superficie de una utopía cuidadosamente construida. Porque resulta que no todo el mundo está encantado con la idea de que otros tomen las decisiones importantes. Existen los llamados Outsiders, individuos que han decidido vivir fuera de las giga-ciudades y rechazar la protección de GoCo. Para la sociedad oficial son poco menos que excéntricos peligrosos o lo que otros llamarían terroristas. Para ellos mismos son personas que simplemente prefieren equivocarse por cuenta propia antes que vivir bajo una supervisión permanente. Lo que pensabas que podría ser una historia de terror se acerca peligrosamente a ciertos relatos de Isaac Asimov cuando juntas tecnología y control de masas.

El gran acierto del cómic es Fei, su protagonista. Porque no estamos ante el típico héroe destinado a salvar el mundo ni ante un detective infalible que siempre va tres pasos por delante del lector. Fei es un hombre que poco a poco descubre que su propia mente es un territorio en disputa. Los recuerdos que posee no encajan del todo. Hay lagunas, contradicciones y fragmentos que se no están del todo claros. Imagina despertarte una mañana y empezar a sospechar que parte de tu vida podría ser tan auténtica como los mensajes motivacionales de una red social. Esa sensación de inseguridad es la que acompaña constantemente al personaje y termina trasladándose también al lector. Porque una de las grandes virtudes de Trojan es su capacidad para sembrar dudas. No sólo dudas sobre quién miente o quién dice la verdad, sino dudas sobre la propia naturaleza de la realidad que están viviendo los personajes. A medida que Fei profundiza en la investigación, descubre que el problema no consiste únicamente en averiguar qué está pasando. El verdadero problema es entender qué está ocurriendo realmente en un mundo donde la memoria puede manipularse, la identidad puede alterarse y la verdad parece una mercancía cuidadosamente administrada.

La ciencia ficción lleva décadas planteando preguntas sobre la inteligencia artificial y las grandes corporaciones, pero muchas veces lo hace recurriendo a la imagen clásica del robot asesino que decide exterminar a la humanidad. Los creadores escogen un camino bastante más interesante. GoCo no necesita destruir a los seres humanos porque ya ha conseguido algo mucho más efectivo: convencerlos de que la obediencia es una forma de felicidad. No gobierna mediante el miedo sino mediante la eficiencia. No obliga a nadie a seguir sus normas porque la mayoría de la población está perfectamente satisfecha con los resultados. Al fin y al cabo, ¿quién va a rebelarse contra un sistema que ha eliminado las guerras, reducido el crimen y mejorado la calidad de vida? Y ahí es donde la historia empieza a resultar incómodamente actual. Porque detrás de toda la tecnología futurista y las gigantescas ciudades inteligentes se esconde una reflexión bastante cercana a nuestro presente. Al igual que nos plantea quien está detrás de esos avances tecnológicos para hacernos creer que todo irá mejor. Vivimos rodeados de algoritmos que deciden qué noticias vemos, qué música escuchamos, qué vídeos aparecen en nuestras pantallas y qué productos terminamos comprando. Trojan como el programa informático del que viene el título del tebeo simplemente lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué pasaría si dejáramos que un algoritmo administrara absolutamente todo? ¿Y qué ocurriría si, para colmo, lo hiciera mejor que nosotros?

David Pamies construye el relato con una paciencia admirable. No tiene prisa por revelar sus secretos. Prefiere dejar pequeñas pistas, introducir detalles aparentemente insignificantes y permitir que la sensación de incertidumbre crezca poco a poco. El resultado es una lectura que atrapa precisamente porque nunca termina de mostrar todas sus cartas. Siempre hay una nueva pregunta esperando detrás de cada respuesta. Siempre existe la sensación de que el siguiente descubrimiento va a cambiar por completo nuestra percepción de lo que está ocurriendo.

El apartado gráfico de Orhan Gökcek refuerza constantemente esa atmósfera. Nos ofrece rostros bastante planos que nos sitúan a los personajes prácticamente iguales, pero que con los gestos cambian por completo. Sus ciudades son poco definidas precisamente para transmitir la frialdad clínica que puede tener un robot. Ese paso entre ciudades y bosque cambia lo justo para pensar que algo se oculta detrás de los trazos del dibujo. Si llevas leyendo bastante tiempo, el dibujo de este autor puede llegar a recordar a los artistas que salieron de la línea Vértigo de los años 90.

Lo mejor del cómic es que consigue equilibrar perfectamente sus distintas facetas. Funciona como thriller de investigación. Funciona como historia de ciencia ficción. Funciona como reflexión filosófica sobre la identidad y el control. Y también como una advertencia sobre nuestra fascinación por delegar responsabilidades en sistemas cada vez más complejos. Todo ello sin caer en discursos pesados ni en explicaciones interminables. La historia avanza con ritmo, mantiene la tensión y recompensa constantemente la atención del lector.

Cuando se llega al final queda una sensación curiosa. Es algo más parecido a la inquietud. Porque muchas de las preguntas que plantea Trojan no pertenecen realmente al futuro. Hablan de nuestro presente. Hablan de hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar libertad a cambio de seguridad, privacidad a cambio de comodidad y autonomía a cambio de eficiencia. Hablan de la tentación permanente de dejar que alguien (o algo) tome decisiones por nosotros. Y quizá esa sea la mayor virtud de la obra. Que, bajo la apariencia de un thriller psicológico lleno de conspiraciones, recuerdos manipulados e inteligencias artificiales omnipresentes, se esconde una pregunta tan simple como perturbadora: si un loco hiciera programa que pudiera construir un mundo perfecto para la humanidad, ¿estaríamos seguros de seguir siendo humanos al final del proceso? «Trojan» no responde directamente. Se limita a sonreír con cierta mala intención, señalar las grietas de la utopía y dejar que sea el lector quien decida si realmente le gustaría vivir allí. Eso sí, cuando llegas a la última página hay que tener claro que está historia merece y debería tener una continuación y los autores nos dejan con ese sabor de boca pensando que puede quedar poco para continuar con este gran relato

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