La Era de Revelación. Masacre no muerto: palabras de hambre

La Era de Revelación es un mundo donde todo ha salido mal. Mutantes perseguidos, sociedades derrumbadas, héroes convertidos en sombras de sí mismos y un ambiente general de “esto no lo arregla ni un reinicio editorial”. En semejante panorama apocalíptico, uno podría pensar que Masacre sería el personaje mejor preparado para sobrevivir. Al fin y al cabo, lleva décadas viviendo en una mezcla de tragedia, locura y chistes malos. Pues resulta que no. Resulta que el universo todavía tenía reservado un nivel extra de crueldad para Wade Wilson. Porque en «Masacre no muerto» descubrimos que siempre hay una forma nueva y emocionante de arruinarle la existencia.

El punto de partida ya es una broma macabra de las que le gustan a la “Casa de las Ideas”. Tras años de propagación del Virus-X, Wade finalmente consigue convertirse en aquello que nunca fue: un mutante. El problema es que la oferta venía con letra pequeña. Muy pequeña. Tan pequeña que estaba escrita con sangre y vísceras. Su factor curativo entra en conflicto constante con la infección, impidiendo que muera pero también que viva de verdad. El resultado es una especie de zombi regenerativo atrapado en un eterno estado de hambre. Una criatura que devora mutantes mientras su conciencia observa horrorizada desde el asiento del copiloto. Es decir, que Wade Wilson pasa de ser el pesado que no se calla nunca al pesado que no se calla nunca mientras se come a sus amigos.

Tim Seeley entiende perfectamente que la gracia de esta miniserie no está en convertir a Masacre en un monstruo sin más, sino en mantener intacta la tragedia que siempre ha acompañado al personaje. Porque debajo de las espadas, los tacos y las referencias absurdas a la cultura popular, Wade siempre ha sido un desastre humano con patas. Aquí simplemente le quitan las últimas ruedas de entrenamiento y lo lanzan cuesta abajo. Lo más curioso es que la serie funciona precisamente porque reduce los elementos más caricaturescos del personaje. Sigue habiendo humor. Sigue habiendo momentos absurdos. Pero esta vez la comedia tiene algo de sonrisa nerviosa. Como cuando alguien hace un chiste en un funeral y nadie sabe si reírse o matarlo lentamente.

La situación de Wade es miserable. Y no una miserable divertida. Miserable de verdad. No controla cuándo aparece el hambre. No puede impedir las matanzas. No puede confiar en sí mismo. Y lo peor de todo: es plenamente consciente de cada atrocidad que comete. Vamos, el equivalente de despertarte después de una noche de fiesta y descubrir que has enviado mensajes vergonzosos a toda tu agenda y fotos intimas de tus partes al grupo del trabajo. Solo que aquí los mensajes son cadáveres.

El primer número golpea especialmente fuerte porque establece muy bien esa dinámica de horror corporal. Wade no es exactamente un zombi. Tampoco está vivo. Es una aberración biológica atrapada entre dos estados. Un monstruo que intenta desesperadamente seguir siendo humano mientras su cuerpo tiene otros planes mucho más sangrientos. Y entonces aparece Impávida. Porque toda historia de terror necesita una pobre alma inocente que acompañe al monstruo durante el viaje. Es la última superviviente de un grupo de jóvenes mutantes que tuvo la mala suerte de cruzarse con el hambre de Wade. Y ahí surge el gran motor de la serie. Nuestro mercenario bocazas quiere protegerla. Quiere ayudarla. Quiere demostrar que todavía queda algo bueno dentro de él. El problema es que también quiere comérsela. No por maldad. No por elección. Simplemente porque su organismo considera que ella parece un tentempié estupendo. La tensión funciona sorprendentemente bien. Cada conversación, cada pausa y cada momento de aparente tranquilidad lleva incorporado el riesgo de que Wade se convierta en una trituradora de carne mutante. Y eso mantiene el suspense durante toda la lectura.

Por supuesto, siendo una historia de Masacre, tampoco faltan los reencuentros imposibles. Cable aparece para recordar que ninguna realidad alternativa está completa sin que ambos personajes vuelvan a encontrarse y discutan como un matrimonio agotado por décadas de convivencia. La relación entre Cable y Wade siempre ha sido uno de los grandes aciertos de Marvel. El soldado huraño del futuro enfrentado al mercenario más insoportable del presente. Aquí la dinámica adquiere un tono mucho más oscuro, porque ambos personajes han cambiado. El mundo los ha roto. Y aunque todavía quedan restos de aquella química clásica, ahora está cubierta de cicatrices, culpa y toneladas de trauma acumulado. Seeley aprovecha además para explorar algunos de los nuevos mutantes surgidos tras el desastre global. Son ideas interesantes que ayudan a dar sensación de amplitud al escenario de La Era de Revelación. Porque no estamos simplemente ante una historia de zombis con licencia Marvel. Estamos ante un mundo mutante completamente deformado por años de catástrofes.

De ahí que Carlos Magno se lo pasa en grande a los mandos de la mesa dibujo. Y cuando digo «en grande» quiero decir que parece haber aceptado el reto personal de hacer que Wade resulte tan desagradable como sea humanamente posible. El aspecto de Wade es magnífico. Repulsivo, inquietante y magnífico. Cada herida abierta, cada trozo de carne regenerándose a medias y cada expresión de sufrimiento contribuyen a crear una imagen que se queda grabada en la retina. Es una versión de Masacre que provoca más incomodidad que simpatía. Y eso era exactamente lo que necesitaba la historia. Las escenas de acción también funcionan de maravilla. Magno sabe cuándo apostar por el caos absoluto y cuándo detenerse en los momentos más íntimos. El resultado es un equilibrio muy efectivo entre espectáculo y horror corporal. A ello contribuye enormemente el trabajo de Guru-eFX en el color. Las tonalidades oscuras, los contrastes agresivos y la iluminación enfermiza convierten muchas páginas en pequeñas pesadillas. Hay momentos que parecen sacados directamente de una película de terror postapocalíptica.

La miniserie editada por Panini Comics, tiene además la inteligencia de no alargarse más de la cuenta. Tres números. Principio, desarrollo y final. Sin relleno. Sin rodeos. Sin la necesidad de estirar una idea hasta que pierda fuerza. Todo avanza con ritmo constante hacia una conclusión que consigue ser emocionante, triste y sorprendentemente humana. Porque al final esa es la verdadera clave de este tebeo. No va sobre zombis. No va sobre mutantes. Ni siquiera va realmente sobre el apocalipsis. Va sobre un hombre que intenta seguir siendo él mismo cuando literalmente ha perdido el control de su propio cuerpo. Y sí, dicho así parece el argumento de una sesión especialmente intensa de terapia psicológica, pero funciona. Mucho.

Al terminar el tomo queda la sensación de haber leído una de las versiones más trágicas de Wade Wilson en mucho tiempo. Una historia que entiende que el humor de Masacre solo funciona de verdad cuando debajo hay algo roto. Y aquí está tan roto que apenas quedan piezas reconocibles. «Masacre no muerto» es una mezcla deliciosa de terror, acción, tragedia y humor negro. Un relato que demuestra que incluso en un universo devastado por virus mutantes, profetas locos y futuros imposibles, todavía existe una constante inmutable: si alguien va a sufrir de la forma más absurda imaginable, ese alguien será Wade Wilson. Y la verdad es que ya casi ni nos sorprende.

Deja un comentario