Existe una teoría no demostrada según la cual la política española dejó de ser una actividad institucional hace años para convertirse en un espectáculo de humor experimental que nadie se ha atrevido a cancelar. Este primer tomo de Titanes del bochorno: Política nacional no confirma esa teoría, pero tampoco hace demasiado por desmentirla. Pedro Vera reúne aquí a una colección irrepetible de próceres, visionarios, supervivientes mediáticos y profesionales de la contradicción que llevan décadas ocupando nuestras pantallas con la misma insistencia con la que una canción pegadiza se instala en la cabeza.

Son personajes capaces de prometer una cosa, hacer la contraria y presentarse después como víctimas de una conspiración cósmica organizada por la hemeroteca. Lo más inquietante del tebeo es descubrir que apenas hay exageración. De hecho, por momentos parece que Vera ha tenido que contenerse para no resultar poco creíble. Cuando la realidad ofrece material tan delirante, el trabajo del humorista consiste básicamente en sentarse, observar y esperar a que alguien abra la boca delante de un micrófono. Y así nace este desfile de seres (“hijos de fruta como diría cierta presidenta”) legendarios alimentados por focos, tertulias, una extraordinaria resistencia a la vergüenza humana y sobre todo por un dineral del erario público.
Porque si algo queda claro tras las primeras páginas es que Pedro Vera no está dibujando políticos. Está catalogando fenómenos atmosféricos. Huracanes de ego. Tormentas de excusas. Frentes anticiclónicos de solemnidad vacía. Borrascas de indignación selectiva. Un ecosistema entero de criaturas que parecen haber evolucionado en un entorno donde admitir un error resulta más peligroso que enfrentarse a una comisión de investigación con un megáfono y una botella de anís. La sensación que produce el tebeo es similar a visitar un museo nacional del disparate. Cada página funciona como una vitrina donde se exponen algunas de las especies más características de nuestra vida pública.

Ahí están los expertos en cambiar de opinión sin sufrir lesiones cervicales. Los campeones mundiales de decir exactamente lo contrario de lo que dijeron hace seis meses. Los que descubren principios morales irrenunciables justo cuando convienen electoralmente. Los que denuncian una práctica intolerable hasta que les toca beneficiarse de ella. Los que estaban chingando en un restaurante mientras la gente moría en Valencia. Aquella que dejó morir a miles de ancianos en las residencias que llevaba la cuenta de Twitter de un perrito. Incluso esa ministra que no negocia con Israel, pero sí que lo hace. Y todos ellos aparecen retratados con una precisión quirúrgica.
Lo extraordinario es que Vera consigue algo muy complicado: hacernos recordar. Porque la actualidad política tiene una capacidad asombrosa para enterrar sus propios absurdos bajo capas y capas de nuevos absurdos. Cuando crees haber llegado al límite de la capacidad nacional para generar vergüenza ajena, aparece una rueda de prensa, una entrevista o una declaración improvisada que demuestra que todavía quedaban niveles sin desbloquear. Titanes del bochorno rescata muchas de esas joyas del desconcierto colectivo y las coloca unas junto a otras. El efecto es devastador.

Leídas de manera aislada, algunas situaciones podrían parecer simples anécdotas. Reunidas en un mismo volumen adquieren la forma de una gigantesca instalación artística dedicada al noble arte de hacer el ridículo con absoluta convicción. Pedro Vera entiende además que la política moderna se parece cada vez menos a la gestión pública y cada vez más a una industria del entretenimiento. Ya no basta con gobernar. Hay que interpretar un personaje. Hay que construir una marca. Hay que lanzar frases diseñadas para sobrevivir en redes sociales. Hay que parecer cercano, contundente, moderado, rebelde, institucional y rompedor al mismo tiempo. Una tarea imposible para cualquier ser humano razonable. Por suerte, la razón hace tiempo que abandonó el edificio.
El dibujo del autor resulta especialmente eficaz porque captura precisamente esa teatralidad. Sus caricaturas no deforman a los personajes: los traducen. Transforman años de declaraciones, gestos estudiados y apariciones televisivas en imágenes que condensan toda una carrera política en una sola expresión facial. Y qué expresiones. Hay rostros que transmiten la seguridad de quien jamás ha dudado de sí mismo ni siquiera cuando la realidad le golpeaba repetidamente con una silla plegable. Hay sonrisas que parecen patrocinadas por departamentos enteros de comunicación de una gran empresa de combustibles. Hay miradas que reflejan la serenidad de quien sabe que dentro de tres días podrá defender exactamente lo contrario sin perder un solo minuto de sueño. Son retratos de una fauna perfectamente adaptada a las condiciones extremas de la vida pública española.

De hecho, uno termina el tebeo preguntándose si la vergüenza sigue existiendo como concepto operativo dentro de ciertos círculos políticos o si ha sido sustituida por alguna variante más moderna y eficiente. Quizá haya desaparecido. Quizá se encuentre protegida por ley (bueno, protegida sí que está con los “aforados”). Quizá cotice en bolsa. La cuestión es que cuesta encontrar rastros de ella. Otro de los grandes méritos de la obra es su capacidad para repartir estopa en todas direcciones. Aquí no hay refugios ideológicos ni zonas seguras. El bochorno es transversal, democrático y extraordinariamente inclusivo. Nadie queda excluido de la fiesta porque, al parecer, el ridículo tampoco entiende de siglas. Como diría cualquiera, “en cuanto pillan poder no hay quien los pare”.
Eso convierte la lectura en algo peligrosamente adictivo. Cada nueva página plantea una pregunta fascinante: ¿qué disparate vendrá ahora? La respuesta suele ser: uno que habías olvidado. Y eso resulta todavía peor. Porque entonces recuerdas que sucedió realmente. Que lo viste en televisión. Que ocupó portadas. Que generó debates. Y que, pese a todo, el planeta siguió girando. Quizá ese sea el verdadero superpoder de los malditos chupópteros tanto políticos como monárquicos es su capacidad para sobrevivir a cualquier cosa. Escándalos, contradicciones, promesas incumplidas, declaraciones desafortunadas, campañas desastrosas, cambios de criterio imposibles, discursos de Navidad bochornosos. Nada parece afectarles durante demasiado tiempo. Son los tardígrados de la España actual y pasada.

Mientras el resto de los mortales nos derrumbaríamos tras una sola de esas situaciones, ellos continúan avanzando con la tranquilidad de quien ha olvidado por completo el significado de la palabra consecuencia. Y por eso este comic editado por Astiberri resulta tan divertido como inquietante. Nos reímos porque las situaciones son absurdas. Nos reímos porque los personajes parecen salidos de una sátira salvaje. Nos reímos porque Pedro Vera tiene un talento extraordinario para señalar el disparate. Pero también nos reímos porque la alternativa sería abrir una ventana y gritar durante varias horas. En ese sentido, «Titanes del bochorno» funciona casi como un servicio público. Una vacuna contra la desesperación. Un mecanismo de defensa frente a la avalancha constante de declaraciones, polémicas y espectáculos que componen la actualidad nacional. Porque al final Pedro Vera no está dibujando un país imaginario. Está dibujando el nuestro. Y eso es exactamente lo que da más miedo.
