Este tebeo siempre ha tenido algo de milagro editorial. En una compañía donde la solución a casi cualquier problema suele implicar un puñetazo cósmico, una invasión interdimensional o un evento con ocho portadas variantes, apareció en 2003 una serie protagonizada por seis adolescentes que, en lugar de soñar con convertirse en superhéroes, descubren que sus padres son unos villanos de campeonato y deciden largarse de casa. Así de sencillo. Así de brillante. Aunque en su momento en el mercado americano no funcionó hasta estar recopilado (cosa que sorprende), ahora se recopila de nuevo con este primer volumen de «Runaways». Panini Comics recupera los primeros dieciocho números de la serie de Brian K. Vaughan y Adrian Alphona en un tomo que funciona como una cápsula del tiempo de cuando Marvel decidió arriesgarse y, para sorpresa de todos, acertó de lleno.

La premisa sigue siendo una de las mejores que ha dado el cómic superheroico moderno. Alex, Nico, Karolina, Gert, Chase y Molly son hijos de familias ricas y aparentemente modélicas de Los Ángeles. Se reúnen una vez al año porque sus padres participan en actividades benéficas. O eso creen. Una noche descubren que esas reuniones consisten, en realidad, en sacrificios humanos y conspiraciones criminales organizadas por una organización conocida como El Orgullo. En ese instante se derrumba todo aquello en lo que confiaban y comienza una huida desesperada que da nombre a la colección.
Lo maravilloso del planteamiento es que Vaughan entiende algo que muchos autores olvidan: los adolescentes ya tienen suficientes problemas sin necesidad de añadirles una invasión skrull. Por eso Runaways no trata realmente sobre poderes, disfraces o identidad secreta. Trata sobre crecer. Sobre descubrir que los adultos no son tan inteligentes como parecían. Sobre asumir que las personas a las que admiras pueden decepcionarte profundamente. Y también sobre la incómoda realidad de que, por mucho que huyas, acabas cargando con parte de la herencia que intentabas dejar atrás. Lo que convierte a la serie en algo especial es la forma en que Vaughan escribe a sus protagonistas. Incluso más de veinte años después, los diálogos siguen sonando naturales. Cada personaje tiene una voz propia, una personalidad reconocible y conflictos que evolucionan de manera orgánica. No son adolescentes escritos por alguien que recuerda vagamente haber visto un instituto en una película. Son jóvenes confundidos, enfadados, inseguros y tremendamente humanos.

Alex intenta ser el cerebro del grupo mientras descubre que liderar personas reales es mucho más complicado que jugar al estratega. Nico se enfrenta a responsabilidades para las que nadie está preparado. Karolina vive una crisis de identidad monumental. Chase lucha contra la imagen de inútil que proyecta. Gert convierte el sarcasmo en un arte marcial. Y Molly, la más pequeña, aporta una mezcla irresistible de inocencia y caos que convierte muchas escenas en auténticos robos de función. La química entre ellos es espectacular. Discuten, se enfadan, se equivocan y toman decisiones terribles con la confianza absoluta que solo tienen los adolescentes. A veces parecen un equipo. Otras veces parecen una bomba de relojería. Precisamente por eso funcionan tan bien. Y si le añades un velocirraptor pues ya rematamos la jugada en gol.
También resulta refrescante comprobar cómo Vaughan esquiva muchos de los clichés habituales del género. Los Runaways no sueñan con unirse a los Vengadores. No pasan las tardes admirando a Capitán América. De hecho, bastante tienen con sobrevivir. La serie existe en el Universo Marvel, pero durante gran parte de la lectura parece caminar por su cuenta, construyendo su propia identidad sin depender constantemente de cameos o conexiones forzadas. Eso no significa que falte acción. La hay, y mucha. El Orgullo está formado por viajeros temporales, científicos locos, alienígenas, mafiosos sobrenaturales y magos oscuros. Es decir, la típica reunión de vecinos que cualquier comunidad de propietarios teme organizar. Las persecuciones, las traiciones y los enfrentamientos aparecen constantemente, pero siempre están al servicio de los personajes. La emoción surge porque nos importan los protagonistas, no porque una explosión ocupe media página.

Luego está Adrián Alphona a los mandos de la mesa de dibujo. Hablar de Runaways sin mencionar ese apartado gráfico sería poco menos que un delito. Alphona aporta una personalidad que sigue resultando única. El dibujante apuesta por expresividad, lenguaje corporal y naturalidad. Los personajes parecen personas reales. Sus gestos cuentan historias. Sus miradas transmiten emociones. Sus reacciones son creíbles. Incluso algo tan aparentemente insignificante como la ropa ayuda a construir personalidad. Los protagonistas no llevan el mismo atuendo durante meses como si vivieran atrapados en un bucle temporal. Cambian de vestuario, evolucionan visualmente y reflejan quiénes son. La influencia del manga y de ciertas sensibilidades alejadas del superhéroe tradicional se percibe constantemente, pero sin perder identidad propia. Alphona no intenta dibujar un cómic japonés ni europeo. Lo que hace es absorber influencias y transformarlas en algo personal. Cuando Takeshi Miyazawa entra en escena, el nivel se mantiene con notable solvencia. Además, el trabajo de David Newbold junto a Craig Yeung en el entintado y Brian Reber con Christina Strain al color hacen que la obra sigua sintiéndose fresca incluso décadas después de su publicación original.
Por otro lado, uno de los grandes triunfos de la colección es su ritmo. Vaughan domina el arte de la expectación como un prestidigitador experto. Cada número termina con una revelación, un giro o una sorpresa diseñada para obligarte a leer el siguiente capítulo. Y lo peor es que funciona. Empiezas leyendo un episodio y, antes de darte cuenta, llevas cien páginas devoradas mientras intentas justificar ante ti mismo que «solo uno más». Además, el autor demuestra una admirable disciplina narrativa. Los misterios se plantean con inteligencia y, lo que es aún más importante, reciben respuestas satisfactorias. No estamos ante una de esas series modernas que convierten cada pregunta en otra pregunta más grande hasta que el lector acaba necesitando un diagrama de flujo y asistencia psicológica. Aquí las piezas encajan. Los secretos tienen sentido. Las revelaciones recompensan el tiempo gastado en la lectura.

Vista desde 2026, estos tebeos conserva algunos detalles que delatan claramente su época. Hay ciertos diálogos, referencias y situaciones que respiran principios de los dos mil por todos los poros. La ausencia de redes sociales omnipresentes o teléfonos inteligentes avanzados resulta casi entrañable. Sin embargo, lejos de perjudicar la lectura, esos elementos le otorgan un encanto especial. Son marcas temporales de una obra que refleja perfectamente el momento en que fue creada. Y quizá esa sea una de las razones por las que sigue funcionando tan bien. Porque debajo de la estética de su tiempo hay temas universales. La decepción, la amistad, la búsqueda de identidad, la rebeldía contra las expectativas familiares y el miedo a convertirse en aquello que más detestas son cuestiones que nunca pasan de moda.
No es casualidad que tantos lectores sigan considerando estos dieciocho números como la cima absoluta de la franquicia. De hecho, incluso entre los aficionados más veteranos existe un consenso bastante amplio. Vaughan capturó algo irrepetible en esta etapa inicial. Las encarnaciones posteriores han tenido momentos brillantes y autores muy talentosos, pero el núcleo que define a los Runaways quedó establecido aquí con una claridad asombrosa.

La edición de Panini Comics junto a SD Distribuciones hace justicia al material. Reunir toda esta etapa en un único volumen permite apreciar mejor la construcción de Vaughan y disfrutar la evolución de los personajes sin interrupciones. Además, se trata de una de esas lecturas que justifican por sí solas un espacio privilegiado en cualquier estantería. Además de los números traducidos por Héctor Lorda tenemos portadas de Jo Chen, Joshua Middleton y Adrián Alphona con Christina Strain de Udon. Como guinda del pastel tenemos un epilogo de Raúl López y multitud de bocetos del dibujante principal.
Por todo esto, «Runaways» no es simplemente una buena serie juvenil. Tampoco es únicamente un cómic de Marvel diferente. Es una demostración de que los superhéroes pueden servir para contar historias profundamente humanas sin necesidad de recurrir constantemente a la grandilocuencia. Es una obra que entiende que descubrir que tus padres son supervillanos es terrible, pero descubrir que son personas imperfectas puede ser incluso peor. Y, sobre todo, es el recordatorio de una época maravillosa en la que Marvel decidió apostar por algo distinto y terminó creando un clásico. Un clásico que sigue tan vivo, emocionante y divertido como el primer día. Un tomo imprescindible para quienes ya conocen la serie y una puerta de entrada perfecta para quienes todavía no han acompañado a estos seis fugitivos en una de las mejores aventuras que ha publicado la Casa de las Ideas en lo que llevamos de siglo.
