Biblioteca Marvel Los 4 Fantásticos 17: entre dictaduras disfrazadas de paraíso

Hay momentos en la vida en los que uno descubre que el tiempo pasa para todos. Para los lectores, para los autores, para las editoriales y hasta para los superhéroes. Esta decimoséptima Biblioteca Marvel de Los 4 Fantásticos es precisamente uno de esos momentos. No porque Stan Lee y Jack Kirby hayan perdido facultades (algo que sería tan absurdo como afirmar que Galactus ha decidido hacerse monitor de pilates), sino porque se percibe claramente que estamos asistiendo al final de una era. El motor sigue rugiendo, las ruedas siguen quemando asfalto y el espectáculo continúa siendo formidable, pero en el horizonte ya se adivina el cartel que anuncia la próxima salida.

Este volumen recopila los Fantastic Four #83 al #88 originales, con traducción de Eduardo López, Víctor Rubio con Juanan Cruz y tiene algo de despedida anticipada. Quedan apenas unos pocos tomos para llegar al histórico número 102, el punto en el que la legendaria asociación entre Stan Lee y Jack Kirby saltará por los aires. Y resulta curioso leer estas historias sabiendo lo que está por venir, porque uno tiene la sensación de estar viendo a una banda de rock en sus últimos conciertos antes de separarse. Siguen sonando mejor que la mayoría de grupos actuales, pero entre canción y canción ya se notan ciertas tensiones.

La primera parada del tomo nos devuelve a los asuntos de Maximus y los inhumanos, porque en Marvel siempre han sabido que ninguna crisis está completa hasta que se prolonga un poco más de lo necesario. Sin embargo, la verdadera estrella de la función es el Doctor Muerte, que protagoniza una extensa saga ambientada en Latveria y que ocupa el corazón del volumen. Y vaya corazón. Porque si algo demuestra esta historia es que Victor Von Muerte llevaba décadas adelantado a muchos villanos modernos. Mientras otros antagonistas se conformaban con querer conquistar el mundo porque sí, porque eran malos o porque alguien les había quitado el bocadillo en el colegio, Muerte ya estaba convencido de que él era la solución a todos los problemas de la humanidad. Un detalle importante. No se considera un monstruo. Se considera un benefactor. Un visionario. Un incomprendido. Básicamente el tipo de persona que, después de esclavizar un país entero, te explicaría durante tres horas que lo hizo por tu bien (os suena Donald Trump, pues igual, pero con mascara de metal y menos naranja)

La premisa es tan delirante como maravillosa. S.H.I.E.L.D. detecta que Muerte está desarrollando una nueva superarma y decide enviar a los Cuatro Fantásticos a investigar. Porque si algo caracteriza a Nick Furia es su tendencia a resolver cualquier problema internacional enviando a Reed Richards y compañía a meterse donde nadie les ha llamado. El plan, como cabría esperar, sale regular. Los héroes acaban atrapados en Latveria y descubren una sociedad aparentemente perfecta, feliz y satisfecha bajo el gobierno de Muerte. Todo el mundo sonríe. Todo el mundo está contento. Todo el mundo adora a su líder. Lo cual, incluso para los estándares de Marvel, ya resulta sospechoso. Cuando una nación entera parece haber salido de un anuncio de dentífrico, es evidente que alguien está manipulando cerebros a escala industrial.

Parte del mérito está en que el Doctor Muerte ya no es simplemente un villano operístico que entra en escena proclamando su grandeza. Bueno, sigue haciéndolo, porque dejar de presumir sería contrario a su naturaleza, pero ahora existe una capa adicional. Cree sinceramente que tiene razón. Considera que su gobierno es justo. Está convencido de que la humanidad sería más feliz bajo su dirección. Esa complejidad convierte la historia en algo más interesante que una simple batalla entre buenos y malos.

Mientras tanto, los Cuatro Fantásticos continúan funcionando como la familia más disfuncional del Universo Marvel. Reed sigue siendo incapaz de resolver conflictos personales aunque pueda resolver ecuaciones imposibles. Ben continúa expresando cada emoción mediante amenazas físicas. Johnny mantiene intacta su capacidad para comportarse como un adolescente hiperactivo. Y Sue, poco a poco, comienza a adquirir una relevancia que anticipa la evolución del personaje durante los años siguientes.

Luego llega el dibujo como una patada en la puerta y aparece Jack Kirby. Hablar de Kirby en esta etapa es una experiencia extraña. Sobre el papel, se supone que estaba cansado. Se supone que comenzaba a sentirse limitado. Se supone que había dejado atrás sus años más inspirados. Sin embargo, alguien olvidó avisar a sus lápices. Cada página parece empeñada en desmentir cualquier teoría sobre un Kirby agotado. Las máquinas son gigantescas. Los escenarios rebosan energía. Las composiciones transmiten movimiento constante. Los personajes parecen a punto de saltar fuera de las viñetas para ocupar el salón del lector. Hay autores que necesitan estar motivados para dibujar bien. Kirby dibujaba así incluso cuando aparentemente estaba desmotivado. Era como si su nivel mínimo de rendimiento equivaliera al máximo nivel de esfuerzo de la mayoría de artistas de la industria. La tinta de Joe Sinnott contribuye decisivamente al resultado final. Su acabado elegante y limpio consigue domesticar el caos creativo de Kirby sin restarle fuerza. La combinación entre ambos sigue siendo una de las más espectaculares que ha producido el cómic de superhéroes.

Eso es, en realidad, lo que convierte estos tebeos en una lectura tan interesante. Más allá de la aventura concreta, más allá de las máquinas de control mental y de las conspiraciones latverianas, estamos contemplando un momento de transición histórica. Marvel está dejando atrás la fase de expansión salvaje en la que cada mes aparecían conceptos revolucionarios para empezar a construir algo diferente. Una continuidad más sólida, personajes más desarrollados y conflictos con consecuencias más duraderas. Ya no se trata únicamente de sorprender al lector con una idea imposible en cada página. Ahora importa también que los personajes evolucionen. Que las relaciones cambien. Que las historias tengan repercusiones. Que el universo parezca avanzar.

Leer este tomo es como viajar a una época en la que los cómics todavía estaban inventando muchas de las reglas que hoy damos por sentadas. Algunas ideas han envejecido mejor que otras. Algunos planteamientos resultan ingenuos. Algunos diálogos son involuntariamente cómicos. Pero la energía sigue siendo contagiosa. Esta Biblioteca Marvel de Los 4 Fantásticos, editada por Panini Comics, quizá no pertenezca al pico absoluto de la colección, pero sí representa un capítulo fundamental de su evolución. Es un cómic que mira simultáneamente al pasado y al futuro. Recupera viejos enemigos, revisita conceptos conocidos y al mismo tiempo prepara el terreno para la década siguiente. Y mientras todo eso ocurre, Jack Kirby sigue dibujando como si cada página fuera la última oportunidad de impresionar al mundo. Lo más divertido es que lo consigue una y otra vez. Incluso cuando la cuenta atrás hacia el final ya ha comenzado.

Deja un comentario