Reset: entre Jaegers y misterios

«Reset» llega con esa energía tan reconocible del “futuro roto pero con presupuesto para efectos especiales”, donde el planeta ha pasado de hogar a escombro decorativo y la humanidad, fiel a su tradición, ha decidido que la mejor forma de resolver cualquier problema sigue siendo: pegarse muy fuerte con cosas más grandes que un edificio. Porque sí, aquí el mundo está muerto. No metafóricamente muerto como cuando dices “estoy muerto por dentro un lunes”, sino muerto de verdad: ceniza, polvo, silencio y probablemente alguna factura sin pagar flotando entre los restos. La solución humana, como siempre, es brillante en su simplicidad: mudarse a ciudades en el cielo. Nada de terapia global, nada de replantearse decisiones históricas, nada de “igual deberíamos reciclar mejor”. No. Plataformas flotantes y a seguir.

En esas ciudades colgantes, tan luminosas como sospechosamente sostenibles, la paz no se negocia: se alquila por combate. Porque si algo nos ha enseñado la ciencia ficción es que las conferencias diplomáticas son aburridas, pero ver dos robots del tamaño de un bloque de pisos de Benidorm resolviendo un desacuerdo a puñetazos metálicos es cultura universal. Aquí entran los combates de mechas, que funcionan como una mezcla entre deporte de élite, guerra ritualizada y espectáculo televisivo para gente que probablemente ya ha visto todo lo demás y necesita algo más grande que su ansiedad existencial. Motores rugiendo, acero desgarrándose, explosiones que iluminan ciudades flotantes como si fueran discotecas postapocalípticas. El público probablemente come palomitas mientras piensa “esto está mal… pero qué bien se ve”.

La estética con esa mezcla entre Neon Genesis Evangelion y Pacific Rim no se corta: luces, metal, abismo bajo los pies y esa constante sensación de que nadie en esta sociedad ha considerado la opción de vivir en un sitio con menos dramatismo arquitectónico. Porque, claro, si el planeta está muerto, lo lógico es vivir suspendido encima de él como una metáfora visual permanente del trauma colectivo. Muy práctico todo. El gran truco de Reset está en su mezcla de thriller psicológico y ciencia ficción especulativa. Es decir, no solo quieres ver robots gigantes dándose amor violento, también quieres preguntarte si alguien se ha tomado la píldora equivocada en el momento equivocado y si la realidad es estable o solo un documento mal guardado en un servidor oxidado. Todo muy ligero para leer antes de dormir, especialmente si quieres soñar con engranajes.

La pregunta central “¿y si se pudiese reiniciar el planeta?” no es precisamente sutil. Es de esas ideas que suenan a conversación de madrugada entre dos genios o dos personas que han visto demasiado anime sin dormir. Y funciona porque introduce la duda en medio del espectáculo: ¿esto es supervivencia, experimento, castigo o simplemente el último episodio de una civilización que ya no sabe apagar el piloto automático?

David Enebral, Dani Retamero y Bit (Javier Bergantiño Menor) construyen un escenario donde la épica no se disfraza de sutileza. Aquí todo es grande, pesado y con consecuencias visibles desde la órbita. Incluso las emociones, cuando aparecen, parecen llevar armadura. Nadie siente “un poco”; aquí se siente a lo grande o no se siente. Sin embargo, entre tanta estructura metálica y tanto cielo artificial, hay algo reconocible: la obsesión humana por convertir cualquier cosa en un espectáculo competitivo. Da igual que el mundo se haya ido al garete; si hay una forma de puntuarlo, habrá alguien narrándolo con entusiasmo.

El cómic también juega con esa idea incómoda de que tal vez la humanidad no ha evolucionado tanto como cree. Hemos cambiado lanzas por mechas, caballos por plataformas aéreas y guerras por eventos retransmitidos, pero el fondo sigue siendo el mismo: resolverlo todo a base de choque, ruido y una coreografía de destrucción bastante fotogénica. Eso sí, no todo es filosofía envuelta en chatarra brillante. Hay ritmo, hay tensión y hay esa sensación constante de que algo más grande está ocurriendo bajo la superficie o encima, o alrededor, o en algún lugar donde los diagramas de trama necesitan zoom infinito.

Uno de los aspectos más interesantes de Reset es que, bajo toda esa capa de metal retorcido y combates espectaculares, se esconde un misterio que va creciendo poco a poco hasta convertirse en el verdadero motor de la historia. El lector empieza creyendo que está ante un relato de supervivencia en un futuro devastado, pero pronto descubre que las respuestas más importantes no están en la arena de combate, sino en las sombras que rodean el origen de ese mundo y en las decisiones tomadas por quienes ostentan el poder. Porque en las mejores historias de ciencia ficción, las preguntas siempre son más inquietantes que las explosiones.

En esta historia también se juega hábilmente con la desconfianza. ¿Quién controla realmente el destino de las ciudades flotantes? ¿Quién decide qué sacrificios son aceptables en nombre del bien común? ¿Y cuánto de la verdad se ha ocultado para mantener un orden que beneficia a unos pocos? La intriga se construye sobre la sospecha de que la humanidad no ha llegado hasta ese punto únicamente por necesidad, sino también por ambición. Y ahí Reset deja de ser solo una historia de robots para convertirse en una reflexión bastante incómoda sobre nuestra tendencia a justificar cualquier atrocidad cuando viene acompañada de palabras como «progreso», «seguridad» o «futuro». Quizá ahí reside la parte más perturbadora de Reset. La idea de que la humanidad no siempre llega a lugares oscuros dando grandes saltos hacia el abismo. A veces lo hace mediante pequeños pasos, respaldados por discursos grandilocuentes y promesas de un mañana mejor. Primero se aceptan concesiones temporales, después medidas excepcionales y, cuando uno quiere darse cuenta, vive en un mundo donde los combates entre colosos mecánicos deciden el acceso a recursos esenciales mientras nadie recuerda cuándo aquello dejó de parecer una locura.

Por otro lado, hay que reconocerle a Tengu Ediciones el mérito de apostar por una obra como Reset, porque no es precisamente el típico cómic que se vende con una frase del estilo «hay robots gigantes y ya está«. La edición transmite la sensación de que detrás existe un cuidado genuino por presentar la obra como una experiencia completa. Este primer tomito de 56 páginas resulta cómodo en mano permitiéndonos ver una obra tan interesante fuera del mercado americano o japonés.  

Cuando se cierra la última página de este tebeo, queda esa agradable frustración que solo provocan las historias que han sabido atraparte de verdad. El misterio sigue desplegando sus sombras, las preguntas importantes continúan flotando sobre ese cielo y los personajes apenas parecen haber empezado a comprender el alcance de aquello a lo que se enfrentan. Entre combates espectaculares, conspiraciones y reflexiones sobre hasta dónde puede llegar la humanidad cuando el poder y la supervivencia se convierten en excusas perfectas, Bit, David Enebral y Dani Retamero construyen un universo con suficientes capas como para querer explorarlo mucho más a fondo. Y esa es, probablemente, la mayor virtud de este primer acercamiento: no solo entretiene, sino que despierta la curiosidad. Porque cuando una obra consigue que el lector necesite respuestas, quiera pasar más tiempo con sus personajes y desee regresar cuanto antes a ese mundo devastado suspendido sobre el abismo, es que ha hecho algo bien. «Reset» termina dejando la sensación de que esto no ha sido más que el comienzo de algo mucho más grande. Eso sí, es un poco injusto que nos abandonen justo cuando más cómodos nos habíamos instalado entre robots gigantes y secretos capaces de cambiar el destino del planeta. Pero también es la mejor noticia posible: nos deja con unas ganas enormes de mucho más.

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