Antes de que el Universo Marvel se llenara de multiversos, variantes y hechiceros con contratos televisivos, existía una época más sencilla. Una época en la que el Doctor Extraño resolvía crisis cósmicas con elegancia, una capa roja y una absoluta falta de preocupación por conceptos tan terrenales como «esto quizá es demasiado raro para el lector medio«. Y claro, luego Marvel se preguntó por qué la colección no vendía demasiado. Esta séptima Biblioteca Marvel del Doctor Extraño, editada por Panini Comics, recopila Doctor Strange #178 y #180-183 USA, además de The Avengers #61 USA, y pone el broche (al menos de manera provisional) a la extraordinaria etapa de Roy Thomas y Gene Colan. Un cierre que es, simultáneamente, brillante, desconcertante, visualmente apabullante y un magnífico ejemplo de cómo Marvel podía tener una de sus mejores series entre manos y aun así decidir que era una buena idea cancelarla.

Porque sí, hubo un tiempo en el que una colección protagonizada por un neurocirujano reconvertido en Hechicero Supremo, que viajaba por dimensiones imposibles para enfrentarse a entidades con nombres que parecían generados al azar en una sesión de espiritismo, no consiguió encontrar suficiente público. Cosas de la vida. El tomo retoma la historia donde quedó el anterior volumen, con la amenaza de Satannish todavía coleando. Porque si algo han enseñado décadas de cómics es que ningún villano místico acepta una derrota con deportividad. Lo que parecía una conclusión satisfactoria resulta ser simplemente otro capítulo en una saga cada vez más ambiciosa, que lleva al Doctor Extraño hasta la dimensión gobernada por Tiboro. Y aquí conviene hacer una pausa para admirar la naturalidad con la que estos cómics manejaban conceptos completamente absurdos. «Stephen, debes viajar a una dimensión desconocida con la ayuda del Caballero Negro para detener las consecuencias de una batalla contra un demonio extradimensional.» «Claro, Wong. ¿Después de comer o antes?«
La historia desemboca en un cruce con Los Vengadores, porque en los años sesenta Marvel había descubierto que juntar personajes siempre era buena idea. En este caso, Roy Thomas aprovecha la ocasión para enfrentar a los héroes más poderosos de la Tierra contra Ymir y Surtur, dos viejos conocidos de la mitología asgardiana que regresan con la intención de convertir el apocalipsis en un evento social. El episodio tiene además el atractivo añadido de contar con John Buscema al dibujo. Así, pasamos de Gene Colan a John Buscema sin necesidad de elegir entre dos leyendas. Es un poco como asistir a un festival de música y descubrir que el grupo telonero es tan bueno como el cabeza de cartel. Sin embargo, por mucho que Buscema deslumbre, este sigue siendo el terreno de Gene Colan. Y qué terreno.

Hay dibujantes que ilustran historias. Colan las transforma. Sus composiciones transmiten movimiento incluso cuando nadie se mueve. Sus personajes parecen existir en un espacio tridimensional lleno de sombras y texturas. Y cuando la acción abandona el mundo real para adentrarse en dimensiones oníricas, directamente despliega un repertorio visual que sigue resultando fascinante décadas después. A todo ello hay que sumar el trabajo de Tom Palmer, cuyo entintado eleva todavía más unas páginas que ya rozaban la excelencia. Decir que el equipo Colan-Palmer funcionaba bien sería como afirmar que Miguel Ángel tenía cierta habilidad con la pintura.
El siguiente gran arco argumental enfrenta al Doctor Extraño con Pesadilla, soberano del mundo de los sueños y probablemente uno de los villanos más coherentes del Universo Marvel. Después de todo, si tu nombre es Pesadilla y gobiernas las pesadillas, el departamento de marketing apenas tiene trabajo. La aventura ofrece algunas de las mejores páginas del tomo. Colan convierte el reino onírico en un escenario inquietante y hermoso a partes iguales, mientras Thomas aprovecha para explorar el lado más fantástico del personaje. Todo funciona con una fluidez admirable. Y entonces aparece Juggernaut. Porque, evidentemente, cuando uno está inmerso en una odisea metafísica para liberar a Eternidad, lo normal es tropezarse con un gigante indestructible cuya estrategia habitual consiste en correr en línea recta hacia aquello que desea destruir. Lo sorprendente es que funciona.

La presencia de Juggernaut no se siente forzada porque sus poderes proceden de Cyttorak, una entidad estrechamente relacionada con las artes místicas. De pronto, el eterno enemigo de la Patrulla X encuentra un lugar lógico dentro del universo del Doctor Extraño. Es una de esas conexiones que recuerdan por qué el Universo Marvel clásico resultaba tan atractivo: todo parecía formar parte de un mismo ecosistema. La resolución del conflicto trae consigo una de las decisiones más curiosas del volumen.
La edición de Panini vuelve a destacar por el cuidado habitual de la línea Biblioteca Marvel. Los correos de los lectores originales traducidos por Enric Joga, Víctor Rubio y Juanan Cruz permiten asomarse a la recepción que tuvieron estas historias en su época, mientras que la cronología realizada por Lidia Castillo contextualiza los acontecimientos dentro del vasto entramado marvelita.

Al final esta Biblioteca Marvel del Doctor Extraño representa el final provisional de una etapa irrepetible. Puede que algunas soluciones argumentales resulten hoy extravagantes. Puede que ciertos giros provoquen una sonrisa involuntaria. Pero precisamente ahí reside gran parte de su encanto. Estos cómics pertenecen a una época en la que Marvel todavía estaba descubriendo hasta dónde podía llevar la imaginación de sus autores. Roy Thomas, Gene Colan y Tom Palmer decidieron responder a esa pregunta con mundos imposibles, demonios interdimensionales, pesadillas hechas realidad y héroes que resolvían problemas existenciales pronunciando conjuros imposibles de memorizar. Lástima que el mercado les dio la espalda. La historia, afortunadamente, ha sido mucho más amable con ellos. Porque basta abrir este tomo para comprobar que la magia del Doctor Extraño nunca estuvo en sus amuletos, ni en sus capas, ni siquiera en el Ojo de Agamotto. Estaba en la capacidad de convertir lo imposible en algo fascinante… y hacer que los lectores aceptáramos con absoluta normalidad que una pesadilla y un objeto imparable se juntaran sin romper las leyes de la física.
