Antes de entrar en materia conviene recordar que, en el universo Marvel, hay héroes capaces de levantar edificios, atravesar galaxias o desafiar a entidades cósmicas con nombres impronunciables. Sin embargo, pocos dramas resultan tan universales como el que afronta Steve Rogers al comienzo de este volumen. Intentar encontrar su lugar en el mundo cuando, técnicamente, ni siquiera puede demostrar que existe. Porque sí, este séptimo volumen de la Biblioteca Marvel del Capitán América arranca con el Centinela de la Libertad enfrentándose a uno de los grandes villanos de la vida adulta: la burocracia. Después de la tormenta creativa que supuso la breve pero inolvidable etapa de Jim Steranko, la colección debía encontrar un nuevo equilibrio. Y lo hace con una naturalidad sorprendente.

Este séptimo volumen de la edición de Panini Comics recopila los Captain America #114 a 119 USA, una etapa de transición que, lejos de limitarse a reorganizar piezas, se convierte en uno de los periodos más entretenidos y significativos del personaje. Stan Lee continúa al frente de los guiones y demuestra que el Capitán América ya no es simplemente aquel símbolo patriótico rescatado de los años cuarenta. Steve Rogers evoluciona, duda y trata de construir una nueva vida sin la seguridad que le proporcionaba su identidad secreta. El problema es que resulta complicado alquilar una habitación cuando el casero te pide documentación y tu respuesta es algo parecido a: «Bueno, verá, fui congelado durante décadas y ahora llevo un uniforme con escamas«.
La premisa tiene un punto deliciosamente ingenuo, muy propio del cómic superheroico de finales de los sesenta. Hay cierta inocencia en ver a uno de los mayores héroes del planeta recorriendo las calles sin saber muy bien qué hacer consigo mismo. Y, sin embargo, funciona. Stan Lee consigue que el lector empatice con Steve, alejándolo durante un tiempo de las grandes batallas para recordarnos que debajo del casco alado sigue existiendo un hombre que busca su sitio. Por supuesto, tampoco nos engañemos, esto sigue siendo un cómic del Capitán América. La tranquilidad dura exactamente lo que tarda en aparecer Cráneo Rojo dispuesto a arruinarle la semana. Y qué regreso.

El viejo enemigo del Capitán reaparece acompañado del Cubo Cósmico (ese cacharro que dio tan juego en el cine), uno de esos artefactos que Marvel utiliza cuando considera que las cosas no son todavía lo bastante complicadas. Si un villano con una fijación enfermiza hacia Steve Rogers ya supone un problema considerable, darle además el poder de alterar la realidad parece una idea cuestionable. Pero, por suerte para nosotros, las decisiones cuestionables suelen dar lugar a historias muy divertidas. La extensa saga que ocupa la mayor parte del tomo se convierte en una aventura de las de antes: intercambios de identidad, huidas imposibles, escenarios cambiantes y una sensación constante de que cualquier cosa puede suceder en la siguiente página. Y lo hace con ese estilo tan característico de Stan Lee, donde cada capítulo parece contener suficiente dramatismo para alimentar tres colecciones distintas.
Hay momentos en los que el relato se vuelve caótico. Algunos giros argumentales aparecen con la sutileza de una locomotora atravesando un escaparate. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto. Son cómics que abrazan sin complejos su naturaleza desbordante. No piden permiso para ser exagerados. Simplemente lo son. Y el lector acaba aceptando felizmente que un cubo todopoderoso pueda cambiar el destino del universo mientras un grupo de delincuentes estrafalarios entra en escena con planes absurdamente ambiciosos.

Sin embargo, el gran acontecimiento de este volumen no es el regreso de Cráneo Rojo ni las peripecias del Cubo Cósmico. Es la llegada de El Halcón. La presentación de Sam Wilson supone un auténtico punto de inflexión para la colección. Su aparición coincide, además, con la despedida de Rick Jones como compañero habitual del Capitán América. Durante años, Marvel había recurrido al arquetipo del joven ayudante, heredado de los tiempos de Bucky Barnes. Pero aquí Stan Lee parece entender que ha llegado el momento de evolucionar. Y vaya si evoluciona.
Sam Wilson entra en escena con personalidad propia. No es un simple sustituto. Tiene iniciativa, coraje y una presencia que se impone desde sus primeras páginas. No posee un suero que aumente sus capacidades ni un escudo legendario heredado de una generación anterior. Lo que tiene es determinación. Y eso basta para convertirlo en uno de los aliados más importantes de Steve Rogers. También tiene a Ala Roja, un halcón entrenado que demuestra que cualquier héroe gana automáticamente puntos de carisma cuando cuenta con el apoyo táctico de un ave rapaz. La dinámica entre Steve y Sam aporta frescura a la serie y abre nuevas posibilidades. Con el tiempo, esa relación se convertiría en una de las asociaciones más emblemáticas del universo Marvel, pero aquí asistimos a sus primeros pasos. Y resulta fascinante contemplar el nacimiento de algo tan importante desde la perspectiva actual.

En cuanto al dibujo, este tomo reúne a tres auténticos titanes del cómic estadounidense. El primer capítulo corre a cargo de John Romita Sr junto a Sal Buscema., que demuestra una vez más por qué es una figura fundamental en la historia de la “Casa de las Ideas”. Su trazo es claro y expresivo que dota al episodio de una enorme vitalidad. Después toma el relevo John Buscema junto a su hermano, cuyo trabajo en el arranque de la saga principal resulta sencillamente espectacular. Sus composiciones transmiten fuerza, dinamismo y una épica casi cinematográfica. Y finalmente aparece Gene Colan, quien se establece como nuevo dibujante regular de la colección. Su estilo aporta una atmósfera diferente, más elegante y ligeramente más oscura. Las figuras parecen deslizarse por la página con una fluidez extraordinaria, mientras que las escenas de acción adquieren una intensidad muy particular. Además, cuenta con la colaboración de Joe Sinnott en las tintas, un artista cuya capacidad para embellecer cualquier dibujo parece directamente sobrenatural. El resultado es un auténtico festín visual.
Aquí asistimos a la consolidación definitiva de una nueva dirección para la serie. Stan Lee madura como escritor, Steve Rogers crece como personaje, El Halcón entra en escena para quedarse y Gene Colan se incorpora como pieza fundamental del apartado artístico. Todo ello envuelto en una aventura vibrante, exagerada, entrañable y absolutamente irresistible. Porque esa es, probablemente, la gran virtud de estos cómics. Su capacidad para recordar al lector por qué se enamoró de los superhéroes en primer lugar. En definitiva, este séptimo volumen de la Biblioteca Marvel del Capitán América es un tomo magnífico, repleto de momentos históricos y de un encanto difícil de replicar. Una lectura tremendamente entretenida que demuestra que el Capitán América seguía avanzando con paso firme incluso después de la revolución de Steranko. Y, de paso, deja una valiosa lección para futuras generaciones. Derrotar a Cráneo Rojo con un Cubo Cósmico puede ser complicado, pero intentar rehacer tu vida sin documentación, sin domicilio fijo y vestido con una bandera estadounidense probablemente sea la misión más difícil a la que Steve Rogers se haya enfrentado jamás.
