Existe una norma no escrita que los adultos ignoramos sistemáticamente. Si un bosque tiene árboles que salen a pasear cuando se aburren, gnomos centenarios atravesando crisis adolescentes, patos hercúleos y caracoles vampiro, quizá no sea el mejor lugar para enviar a una niña urbanita a «pasar el verano con el abuelo«. Pero los cuentos funcionan precisamente porque los adultos toman decisiones cuestionables y los niños tienen que arreglar el desaguisado. Y ahí entra Hannah, protagonista de «El bosque de Oreka»(«La fôret d´Oreka«), la nueva propuesta infantil de Paco Sordo, que demuestra que no se le han quitado las ganas de hacer el gamberro.

Hannah es una niña de ciudad que descubre, con el entusiasmo habitual de cualquiera a quien le anuncian que va a pasar las vacaciones lejos de sus padres, que deberá convivir con su abuelo guardabosques en una región fronteriza perdida en algún rincón de una Europa del Este que parece sacada de un cuento recopilado por unos hermanos Grimm especialmente inspirados. No está precisamente emocionada con la idea. Y, sinceramente, es difícil culparla. El problema es que el bosque tampoco está encantado con su visita. Porque el Espíritu del Bosque tiene una política migratoria bastante estricta y decide que la presencia de Hannah merece un castigo ejemplar. Algo que su madre Katya nunca sufrió. Una noche eterna que amenaza el equilibrio de Oreka. Así que la niña tendrá que hacer lo que mejor saben hacer los protagonistas infantiles: improvisar, cometer errores, hacer amigos improbables y, con un poco de suerte, salvar el mundo antes de la hora de cenar.
Paco Sordo construye aquí un universo delicioso, uno de esos escenarios que consiguen despertar esa peligrosa sensación de «ojalá existiera«. Y digo peligrosa porque, tras leer el cómic, es muy posible que uno se decepcione al descubrir que los bosques reales contienen menos patos dedicados a la halterofilia y más mosquitos. Uno de los grandes aciertos del tebeo es precisamente esa mezcla de ternura y absoluto disparate. Los personajes parecen haber escapado de una convención secreta entre los cuentos clásicos y los dibujos animados más excéntricos. Está Cerdinfinito, posiblemente el animal más generoso jamás concebido por mente humana. Están los gnomos con problemas existenciales impropios de su edad biológica. Y están, por supuesto, los caracoles vampiro, una idea que demuestra que la frontera entre la genialidad y el delirio es mucho más fina de lo que solemos admitir. Quien no esperaría entre 20 minutos y tres horas a que le chuparan la sangre, en el sentido más “draculiano” posible. Sería un muerte lenta y dulce a la par.

Sordo domina como pocos ese humor absurdo que nunca se siente forzado. No hay chistes lanzados a la desesperada cada dos páginas; lo cómico nace de aceptar con absoluta normalidad situaciones completamente ridículas. Nadie parece especialmente sorprendido de que un cerdo tenga capacidades regenerativas infinitas o de que ciertos seres del bosque gestionen sus problemas emocionales peor que muchos adultos. Y precisamente ahí reside buena parte de la gracia. Pero sería injusto reducir El bosque de Oreka a una sucesión de ocurrencias extravagantes. Bajo toda esa capa de humor hay una historia sobre crecer, adaptarse y encontrar tu lugar cuando todo resulta extraño. Hannah empieza siendo una niña desconfiada, asustada y poco dispuesta a abandonar sus costumbres urbanas. Sin embargo, a medida que avanza la aventura, va descubriendo que el bosque no exige perfección ni heroicidades imposibles; simplemente reclama respeto. Vamos lo que suele ser habitual en la naturaleza y el ser humano se lo pasa por el forro del arco del triunfo.
De ahí que aparezca otro de los temas importantes del cómic: la relación con la naturaleza. Por suerte, Sordo evita convertir la lectura en una conferencia ecológica con ilustraciones. No hay personajes señalando árboles mientras enumeran porcentajes sobre el cambio climático. El mensaje se integra de forma natural en la historia. El bosque es un espacio vivo, complejo y poderoso que merece ser comprendido antes que dominado. La naturaleza no está ahí para obedecer nuestros caprichos. Y si decides ignorarlo, quizá acabes perseguido por espíritus ancestrales o una bruja que cambie el día por la noche eterna. Cada ecosistema tiene sus normas.

Gráficamente, el cómic es una auténtica delicia. El estilo de Paco Sordo posee una calidez contagiosa. Todo parece redondeado, acogedor y expresivo. Incluso las criaturas potencialmente inquietantes conservan un encanto irresistible. Y los patos, fijaros en los patos que no tienen desperdicio. Por otro lado, los colores vibrantes aportan personalidad a cada rincón del bosque, especialmente cuando la trama se adentra en la región nocturna, donde los tonos intensos generan una atmósfera misteriosa sin llegar a resultar aterradora para los lectores más jóvenes. Además, las páginas ornamentadas que cierran algunos capítulos aportan una dimensión especial al conjunto. Funcionan como pequeños homenajes a los cuentos ilustrados tradicionales y contribuyen a reforzar esa sensación de estar leyendo una historia atemporal, suspendida entre el pasado y la imaginación.
También merece reconocimiento el ritmo de la historia. El tebeo entiende perfectamente cómo mantener enganchados a sus lectores. Cada capítulo introduce nuevos misterios, personajes inesperados o pequeños giros argumentales que invitan a continuar. Es un comic consciente de que compite contra videoconsolas, Netflix y TikToks de gente intentando llegar a la casita de Bad Bunny como puñeteros borregos. Y sale bastante bien parado. Quizá lo más admirable sea que Paco Sordo nunca subestima a su público. El humor funciona a varios niveles, los personajes evolucionan y la aventura se permite introducir momentos de auténtica tensión. Ese equilibrio entre diversión y emoción convierte la lectura en una experiencia disfrutable tanto para niños como para adultos que utilizan a sus hijos, sobrinos o ahijados como excusa para seguir comprando tebeos infantiles que son una joyita. Porque sí, es un cómic dirigido a lectores menores de edad. Pero también es una reivindicación de ese tipo de historias capaces de despertar la imaginación sin caer en el cinismo. Aventuras donde todavía existen bosques encantados, amistades improbables y protagonistas que aprenden a desenvolverse en un mundo que no siempre las recibe con los brazos abiertos.

Al terminar el volumen editado en España por Astiberri, uno tiene la sensación de haber visitado un lugar extraño y maravilloso del que todavía quedan muchos rincones por explorar. También es posible que aparezca un repentino deseo de inspeccionar los arbustos del parque más cercano por si esconden gnomos adolescentes o algún cerdo milagroso dispuesto a resolver problemas alimenticios globales o ver unos patos con unas mancuernas. En definitiva, «El bosque de Oreka» confirma que Paco Sordo posee un talento especial para combinar humor, aventura y sensibilidad. Es un tebeo divertido, imaginativo y sorprendentemente emotivo que entiende a la perfección cómo funcionan los grandes cuentos infantiles. Ofrece diversión inmediata mientras dejan pequeñas semillas que germinan mucho después de cerrar el comic. Y, además, incluye caracoles vampiro. Francamente, no sé qué más escribir para que os lancéis de cabeza hacia este maravilloso tebeo.
