Biblioteca Marvel. La Patrulla-X 11: La llegada de Sauron

Este tomo de la Biblioteca Marvel de la Patrulla X debería venir con una advertencia clara en la portada: “Contiene material histórico. Puede provocar fascinación, desconcierto y la sensación ocasional de que el tiempo no siempre mejora las cosas”. Porque eso es exactamente lo que ocurre cuando abres este volumen de los mutantes. Te encuentras con una época en la que el cómic todavía estaba aprendiendo a caminar y a veces se caía con estilo. Aquí no estamos ante una colección cualquiera. Estamos ante una especie de laboratorio editorial donde alguien mezcla ideas brillantes, villanos con nombres que parecen inventados por un niño con fiebre y decisiones narrativas que hoy provocarían reuniones de emergencia. Y aun así, contra todo pronóstico, el resultado tiene encanto. Mucho encanto. Del tipo “no sé muy bien qué está pasando, pero no puedo dejar de mirar”.

El tomo recoge los números 56 a 61 de The X-Men, una etapa en la que la serie estaba en esa fase vital tan delicada de “todavía existimos, pero no hagáis mucho ruido por si acaso”. Y entonces, como si Marvel hubiera pulsado un botón de reinicio creativo sin avisar al resto del equipo, entran en escena Roy Thomas y Neal Adams. El efecto es inmediato: el cómic pasa de “serie en transición” a “esto de repente se está poniendo serio, ¿no?”. Bueno, serio dentro de lo que permite una historia donde un día luchas contra robots gigantes y al siguiente contra científicos que deciden que la evolución necesita un pequeño empujón… hacia formas de vida con alas y problemas emocionales.

La etapa arranca cerrando la saga del Gran Faraón, que suena a villano que debería estar en un museo, no en un cómic de superhéroes. El desenlace da paso al Monolito Viviente, porque si algo aprendió Marvel en los 70 es que la solución a cualquier historia es hacerla más grande, más brillante y ligeramente más difícil de explicar en voz alta. Pero lo verdaderamente importante no es lo que ocurre, sino cómo empieza a contarse. Porque de repente aparece Neal Adams y el cómic decide ponerse traje de gala sin consultar a nadie. Los personajes ganan peso, las sombras tienen intención y las escenas de acción dejan de parecer ejercicios escolares para convertirse en algo que intenta, con bastante descaro, parecer cine. Y lo consigue.

Mientras tanto, Roy Thomas intenta mantener el equilibrio entre la épica, la continuidad y el caos creativo propio de una serie que todavía no sabe muy bien qué quiere ser cuando sea mayor. El resultado es una especie de tensión constante entre la ambición y la realidad editorial, como si el cómic estuviera diciendo: “quiero ser importante” y Marvel respondiera: “bueno, pero entrega la página antes del viernes”.

En medio de todo esto entran los habituales problemas mutantes: poderes incontrolables, crisis identitarias y adolescentes que descubren que pertenecer a los X-Men no mejora exactamente la autoestima. Kaos (Alex Summers) aparece como el clásico caso de “mi poder es peligroso, mi vida es complicada y nadie me ha explicado por qué esto es mejor que un trabajo normal”. Y Polaris continúa ampliando el catálogo de personas magnéticas con problemas vitales. Pero si hay un punto donde el tomo sube el volumen es con el regreso de los Centinelas. Porque claro, si tienes una historia de mutantes, tarde o temprano alguien tiene que construir robots gigantes para “solucionar” el problema de la diversidad. Lógica impecable.

El arco de Larry Trask es especialmente sabroso en su ironía. Un hombre convencido de estar protegiendo a la humanidad descubre que el sistema que ha creado no distingue entre salvador y objetivo. Es el tipo de giro que hoy sería tendencia en redes durante semanas, pero aquí se resuelve con la solemnidad de la Silver Age, donde incluso las revelaciones más absurdas se dicen con cara de tragedia griega. Y funciona. Porque todo en esta etapa se toma tan en serio a sí mismo que, de alguna forma, acaba resultando convincente.

Luego aparece Saurón, porque evidentemente ningún tomo de esta época estaría completo sin alguien que diga: “¿y si hacemos un científico que se convierte en pterodáctilo vampírico con problemas de identidad?”. Y alguien responda: “sí, adelante, pero ponle un nombre que suene a villano de Tolkien por si acaso”. El doctor Karl Lykos, en su búsqueda de soluciones a la vida, el universo y todo lo demás, acaba demostrando que la ciencia en Marvel de los 70 tenía un enfoque bastante flexible sobre las consecuencias. Y así llegamos a la Tierra Salvaje, ese lugar donde la evolución decidió tomarse un descanso indefinido y nadie ha tenido la educación de avisar a la geología moderna. Entre dinosaurios, dilemas morales y gente que se transforma en criaturas aladas con conflictos existenciales, la historia sigue funcionando gracias a ese equilibrio muy particular entre lo épico y lo involuntariamente absurdo.

El tomo incluye además los habituales relatos realizados por Roy Thomas, Linda Fite, Werner Roth y Sam Graniger, de origen de los personajes, pequeñas piezas que parecen diseñadas para recordarte que en los años 70 la palabra “brevedad” era solo una sugerencia. Algunos aportan contexto, otros simplemente existen, y alguno parece haberse colado porque nadie quiso decir que no. Y aun así, todo encaja. No porque sea perfecto (no lo es ni lo pretende), sino porque tiene algo más interesante: identidad en formación. Es una etapa donde la serie todavía está buscando qué demonios quiere ser, pero ya empieza a intuir que podría convertirse en algo grande. Y en medio de esa incertidumbre aparece Neal Adams, que dibuja como si el futuro del cómic dependiera de cada viñeta. Y quizá, en cierto modo, así fue.

La edición de Panini Comics mantiene el nivel como ocasiones anteriores en su línea de Biblioteca Marvel. Tenemos la traducción de Santiago García y de Víctor Rubio junto a Juanan Cruz de los apartados editoriales que aparecen entre los números americanos. Además de una introducción de Lidia Castillo y varios extras para rematar la faena. Por todo eso, esta Biblioteca Marvel de la Patrulla X es un tomo que no se disfruta como un cómic moderno, sino como una mezcla entre documento histórico, experimento creativo y recordatorio de que la grandeza muchas veces empieza siendo un poco caótica. Pero claro, también tiene Centinelas, dinosaurios y mutantes con problemas emocionales. Y eso siempre ayuda.

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