Six: desmontando el mito de frontera        

“¡Después de un indio renegado y un esclavo huido, una monja!”

Quien dice esas palabras es un desertor del ejercito de los Estados Unidos. Él, junto a los que cita, y sumando a una prostituta y un huérfano forman los seis personajes que protagonizan “Six”, el western crepuscular en viñetas de Philippe Pelaez y Javier Casado cuyo primer integral acaba de estrenar Norma con traducción de Diego de los Santos.

Como todos los mitos fundacionales, la finalidad original del Western no fue otra que cohesionar a una sociedad que necesita algo en lo que creer. Da igual la realidad que se sacrifique por el camino, lo importante, como ya nos lo aseguraron en “El hombre que mató a Liberty Valance”, entre los hechos y la leyenda lo que cala es esta última.

Así ha sido a lo largo de la historia del ser humano, desde Gilgamesh a nuestros días, la necesidad de mito es una constante inherente a nuestras sociedades. Ahí están los potentes panteones griego (y su yuxtaposición romana), egipcio o nórdico, como formas de entender el mundo que rodeaba a sus ciudadanos. O los que deliberadamente mutaron en el medievo europeo, en una suerte de amalgama que bebía de tradiciones celtas para combinarlas con el cristianismo imperante. La finalidad última no era más que cohesionar las sociedades a través de lugares compartidos que sirvieran de nexo de unión, que forjaran comunidad. Dando sentido a términos comunitarios como “patria” o “nación”, alimentando un credo cultural y moral que sostuviera cada región o lugar donde se avivaron.

En Estados Unidos también fue así con el Western: el mito fundacional de frontera tan genuinamente norteamericano , tan lleno de épica donde se potenció las señas de identidad de la nación. Así el vaquero solitario, desfacedor de entuertos e injusticias, sirvió como una buena cortina de humo que disipaba las realidades (más mezquinas y miserables) de una expansión hacia el oeste que poco tuvo de heroica. Deshumanizando en muchas ocasiones a los indios nativos americanos, pues siempre es mejor presentarlos como villanos salvajes que como las víctimas que realmente fueron de la codicia expansiva norteamericana. Como dato, de todos los tratados que firmó Estados Unidos con el pueblo indio, todos fueron incumplidos por la joven nación.

Desde las baratas “dime novels” (una de las antesalas de los «pulps«) hasta la gran pantalla se fue alimentando una suerte de épica de frontera muy lineal y dicotómica, en la que asesinos y bandidos a veces se presentaron como héroes románticos. Siempre en el límite, entre lo civilizado y lo salvaje. Exaltando el individualismo y la aventura que implicaba en el subconsciente popular “la conquista del oeste”, aunque los hechos, como siempre, solían ser más crueles y codiciosos. Protagonizados por seres humanos más imperfectos que, en realidad, no tenían más objetivo que la propia supervivencia y la búsqueda o conservación de estatus y poder.

Con los años, el propio Western también miró a la realidad de esos hechos y se nutrió de ellos. Baste ver muchas de las películas de John Ford, Sam Peckinpah o, por citar solo unos pocos, Clint Eastwood, para corroborarlo. Fue en ese “descreimiento” donde el género alcanzó la madurez y una grandeza que lo hace imperecedero. La de sostenerse tanto en el mito de frontera mientras que, a su vez, se descree de él, mostrando las miserias de forma crepuscular y árida. Es ahí donde está la grandeza de lo mejor de este género hoy en día.

Ese es el terreno donde crece este cómic con solvente resolución. Philippe Pelaez, que también firma el excelente texto que cierra el volumen, donde analiza con lucidez el género. Un broche de oro para el tebeo que acompaña: la historia de seis renegados que cruzan sus destinos ante un entorno hostil. Seis personajes, a priori, condenados, que unirán sus fuerzas por necesidad. Sin heroicidades, pero con muchas virtudes surgidas de la necesidad de sobrevivir.

Son los “Six” a los que da vida el arte de Javier Casado en las viñetas que incluyen las 128 páginas de este primer integral (“La masacre de Tanque Verde –“Le masacre de Tanque Verde” – y «Una montaña de oro – “Une Montagne d’or” ). El dibujante barcelonés compone unas páginas que huelen a polvo del desierto, a tensión soterrada entre poderosos y oprimidos. A la desesperación y necesidad de la huida hacia adelante que llevan a cabo los personajes protagonistas. A la ferocidad de quienes les persiguen. A la cruda frialdad del asesinato por dinero, al crimen cometido solo por satisfacer el puro instinto animal. Al hipócrita recato de la falsa moral del poderoso en recursos, cuya codicia la enmascara en un designio divino lleno de buenas formas y fines viles

Todo está en “Six”, desmontando el mito, pero a la vez alimentándose de la esencia más crepuscular que crece en sus márgenes. Atrapando al lector mientras se ve inmerso en una aventura de una pieza. Una en la que el peligro se respira en cada página, como el polvo del desierto. Un relato que crece en la escala de grises que plantea, haciendo que lo que les depare el destino a sus personajes importe. Por eso, esta historia del joven huérfano, el desertor, la prostituta, el indio, el esclavo y la monja deja huella. También muchas ganas de continuarla.

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