El Necronomicón: relatos de las Leyes de los Muertos

Abrir el «Necronomicón» en esta edición de Duomo Ediciones es un poco como decidir voluntariamente que tu noche va a acabar mal, pero con tapa dura, buen papel y la agradable ilusión de que el horror cósmico también puede ser “decorativo” en la estantería del salón. Porque sí, estamos ante el libro ficticio más famoso del mundo real, esa paradoja literaria que H. P. Lovecraft dejó como quien deja una bomba conceptual en una biblioteca y se marcha silbando, esperando que alguien la lea en voz alta por error.

La edición promete lo que todos sabemos que no puede cumplir: abrir “las puertas del universo lovecraftiano” como si fueran las de un Ikea interdimensional. Y uno entra, claro, entra con la curiosidad intacta y la salud mental sin firmar el consentimiento informado. Lo que encuentra no es tanto un libro como una especie de museo de obsesiones: fragmentos, referencias, textos atribuidos, comentarios eruditos, capas de supuesta autenticidad y esa deliciosa sensación de que en cualquier página alguien va a perder la cordura. Aunque probablemente el lector ya la haya perdido un poco antes, al decidir comprarlo.

El Necronomicón, recordémoslo con la calma que no merece, no existe. O mejor dicho: existe demasiado. Es el libro que nunca fue escrito pero que ha sido reescrito mil veces por todos los que fingieron que sí. Y esta edición de Duomo juega a ese juego con una seriedad casi solemne, como si encuadernar la ficción en tapa dura la hiciera más peligrosa. El resultado es curioso. Un objeto que intenta parecer un grimorio prohibido y acaba pareciendo el catálogo premium de un infierno editorial con buen departamento de marketing.

La introducción editorial, con su aire de “esto es importante, tómalo en serio”, es casi lo más cómico del conjunto. Porque el lector veterano de Lovecraft ya sabe que aquí la única verdad estable es la incertidumbre. Todo lo demás son capas de mitología apiladas como si alguien hubiese intentado construir una catedral con sueños febriles y notas al pie. Y funciona, claro que funciona, pero no como manual de magia prohibida, sino como recordatorio de que la literatura también puede ser una mentira tan bien contada que acaba pareciendo historia oficial.

Lo más inquietante no es el contenido, sino el efecto secundario. Uno empieza leyendo sobre rituales, entidades imposibles y saberes ancestrales, y de repente se descubre mirando la sombra del salón con desconfianza, como si el sofá pudiera estar esperando un eclipse para revelar su verdadera naturaleza interdimensional. Ese es el verdadero truco de Lovecraft. No asustarte con lo que dice, sino con lo que te deja imaginar cuando deja de decirlo. Y aquí la edición de Duomo juega sus cartas con elegancia: papel cuidado, diseño sobrio, ilustraciones que parecen susurrarte “no deberías estar leyendo esto en casa solo”. Greta Grendel aporta un imaginario visual que oscila entre lo onírico y lo inquietante, como si hubiera intentado dibujar pesadillas con buena iluminación. Y eso, paradójicamente, las hace aún más incómodas. Porque nada dice “horror ancestral” como una criatura tentacular con composición estética de portada de un disco heavy metal.

El supuesto contenido “prohibido” (fragmentos, fórmulas, referencias a los Grandes Antiguos) no tiene sentido como manual, pero sí como experiencia. No enseña nada útil, salvo quizás una cosa: la incomodidad de enfrentarse a ideas que no quieren ser entendidas. Y ahí está el verdadero terror, ese que no depende de monstruos sino de la sensación de que el universo no está diseñado para ti, ni siquiera mínimamente. La ironía suprema es que este libro, presentado como un compendio de saber arcano capaz de romper la mente humana, se ha convertido en un producto perfectamente domesticado. Está en librerías, en ediciones bonitas, en estanterías de gente que lo compra por fascinación estética más que por inclinaciones suicidas hacia el conocimiento prohibido. El horror cósmico, reducido a objeto de diseño interior. El fin de la humanidad, ahora en formato regalo. Aun así, algo queda. Siempre queda algo. Una frase, una idea, una imagen que se engancha como polvo en la mente gracias a las traducciones de Marcelo E. Mazzanti, Noelia Pousada, Víctor Manuel de Isusi, Consuelo Gallego, Mario Cornejo, Lucía Urbano o Eva Martínez. La noción de que hay cosas que existen fuera del lenguaje, fuera del tiempo, fuera de cualquier lógica humana. Esa idea, aunque repetida hasta la saciedad, sigue funcionando porque Lovecraft (ese amable arquitecto del sinsentido) sabía exactamente cómo sugerir sin mostrar, cómo insinuar sin resolver, cómo dejar al lector mirando al vacío con la educación de quien aún cree que el vacío debería devolver la mirada.

Mención aparte merece el trabajo de Giuseppe Lippi, porque ejerce de guía en un volumen dedicado al Necronomicón exige una combinación muy concreta de erudición, paciencia y una saludable falta de apego a la cordura. Lippi, uno de los mayores especialistas en la obra de Lovecraft, no se limita a colocar textos entre dos tapas y desaparecer discretamente entre los estantes de la biblioteca de Miskatonic. Su labor consiste en ordenar el caos, contextualizar referencias y ofrecer al lector un mapa para recorrer un territorio donde cada sendero conduce a un culto olvidado, una ciudad imposible o a un señor de Providence que decidió que la mejor manera de entretenerse era imaginar horrores capaces de provocar crisis existenciales colectivas.

Su aportación resulta especialmente valiosa porque ayuda a distinguir al Lovecraft escritor del Lovecraft convertido en fenómeno cultural. Lippi desmonta y reconstruye el mito con la precisión de un arqueólogo literario, mostrando cómo un libro inexistente acabó adquiriendo una presencia casi tangible en el imaginario popular. Gracias a ese trabajo editorial, esta edición se convierte en algo más que una recopilación atractiva para coleccionistas: es también una puerta de entrada rigurosa al entramado de influencias, colaboraciones y bromas privadas que terminaron transformando un recurso narrativo en el grimorio ficticio más célebre de todos los tiempos. Y hay cierta ironía deliciosa en todo ello. Mientras los protagonistas de los relatos pierden la razón por investigar demasiado, Lippi lleva décadas estudiando este universo con una serenidad admirable. Quizá ese sea el verdadero milagro de la edición: demostrar que es posible pasar media vida analizando textos sobre dioses indiferentes, manuscritos malditos y rituales innombrables sin acabar balbuceando advertencias sobre los horrores que aguardan tras las estrellas. O, al menos, sin hacerlo en público.

Por eso, leer este «Necronomicón» es, por tanto, una experiencia doble. Por un lado, el disfrute casi académico de un mito literario perfectamente construido. Por otro, la ligera sensación de estar participando en una ceremonia que nadie ha explicado del todo, pero que todos fingen entender para no romper la atmósfera. Al final cierras el libro. Lo dejas en la mesa. Te dices que era solo literatura. Y apagas la luz con una seguridad que dura exactamente hasta que la habitación se queda completamente a oscuras. Porque ahí, en ese instante ridículo, el Necronomicón hace lo único que siempre ha hecho bien: recordarte que la imaginación no necesita permiso para volverse peligrosa. Y si algo ha conseguido esta edición de Duomo es eso mismo, con tapa dura y tipografía elegante: convencerte de que el horror no está en las páginas, sino en el hecho de que las has leído como si no pasara nada.

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