Hay dos tipos de lectores que pueden acercarse a esta «Biblioteca Marvel de Los Vengadores 13». Los primeros son los que crecieron con estos cómics y los recuerdan con la misma ternura con la que alguien habla de aquel coche familiar que no tenía aire acondicionado, se calaba en las cuestas y consumía gasolina como si fuese un pozo sin fondo, pero que «tenía mucho carácter«. Los segundos son los lectores modernos, acostumbrados a tramas ágiles, diálogos contenidos y personajes que necesitan al menos tres traumas importantes para justificar una mala decisión. Estos últimos descubrirán rápidamente que viajar a la Marvel de finales de los sesenta es una experiencia fascinante y, en ocasiones, agotadora. Porque aquí nadie tiene prisa.

Si un personaje entra en una habitación, lo anuncia. Si otro personaje se sorprende, explica detalladamente por qué se sorprende. Si alguien lanza un puñetazo, existe una alta probabilidad de que dedique un globo de pensamiento a analizar las implicaciones estratégicas del citado puñetazo. Los cómics de esta época tenían una fe inquebrantable en la idea de que el lector podía olvidar lo sucedido dos páginas atrás, y actuaban en consecuencia. Sin embargo, en mitad de ese festival de explicaciones innecesarias, Roy Thomas estaba construyendo buena parte del futuro de Marvel con la naturalidad de quien reorganiza un trastero. Porque este tomo contiene historias que, en el momento de su publicación, probablemente parecían simples aventuras de superhéroes y poco más. Hoy, en cambio, se leen como una especie de catálogo de futuras ideas millonarias. Uno casi espera encontrar una pegatina en la portada con el mensaje: «Atención: el contenido de este volumen será explotado durante los próximos cincuenta años«.
Aquí reaparece Ultrón, concretamente Ultrón-6, porque el robot asesino más famoso de Marvel entendió mucho antes que nadie la importancia de la construcción de una gran obra. Otros villanos regresaban con un plan nuevo; Ultrón prefería hacerlo acompañado de un cambio de numeración para que el lector comprendiera que estaba ante una experiencia mejorada. Como un teléfono móvil. Pero homicida. Y, por si eso no fuese suficiente, decide cubrirse con un nuevo metal prácticamente indestructible llamado adamantium(o suena de cierta película de los Vengadores, pero con Vibranium).

Lo extraordinario es que hoy resulta imposible leer esa palabra sin pensar automáticamente en Lobezno. Pero aquí aparece mucho antes, introducida con la misma solemnidad con la que alguien presenta una tostadora revolucionaria en una feria tecnológica. Nadie parece plenamente consciente de que están asistiendo al nacimiento de uno de los materiales más importantes del Universo Marvel. Es una sensación recurrente a lo largo de todo el tomo.
La de estar observando a unos autores que lanzan ideas extraordinarias sin sospechar que medio siglo después seguirán siendo utilizadas en películas, videojuegos, series y discusiones eternas entre aficionados que han convertido Internet en un campo de batalla temático. Y entonces llega el Escuadrón Siniestro. Ah, el Escuadrón Siniestro. Esa maravillosa demostración de que los homenajes y las parodias dependen en gran medida de la confianza con la que se ejecuten. Porque aquí decidieron crear una versión Marvel de la Liga de la Justicia, pero sin complicarse demasiado la vida. ¿Necesitamos un equivalente de Superman? Perfecto. ¿Y uno de Batman? También. ¿Y Flash? Adelante. La filosofía parecía ser: «cambiadles el nombre y que sea lo que los abogados quieran». Lo sorprendente es que funciona.

No necesariamente como una gran historia épica, porque el enfrentamiento resulta más anecdótico de lo que podría esperarse, sino como una curiosidad histórica deliciosamente descarada. En una industria que hoy parece analizar cada movimiento con precisión quirúrgica, existe algo profundamente entrañable en descubrir que muchas de las decisiones editoriales del pasado nacieron, esencialmente, porque a dos guionistas les pareció una idea divertida. Y quizá ese sea el verdadero encanto de esta etapa de Los Vengadores. La sensación de improvisación permanente.
En el apartado gráfico encontramos un interesante contraste entre Sal Buscema y Barry Windsor-Smith. Buscema representa la eficacia absoluta. Su dibujo posee claridad, dinamismo y una capacidad admirable para contar la historia sin distracciones innecesarias. Es un profesional impecable, aunque rara vez busque llamar la atención sobre sí mismo. Windsor-Smith, por el contrario, parece disfrutar desafiando discretamente las convenciones visuales de la época. Algunas de sus páginas protagonizadas por la Visión poseen una personalidad sorprendente, casi experimental. Son pequeños recordatorios de que incluso en los periodos más clásicos existían autores interesados en ampliar los límites expresivos del medio. Y eso resulta refrescante.

La edición de Panini Comics permite recuperar estas historias con una presentación más que digna. Con traducción de Francisco Reina, Gonzalo Quesada, Víctor Rubio y Juanan Cruz tenemos los números The Avengers #66-71, así como los boletines de redacción que se publicaron en esa época.
Al final, lo que convierte a esta Biblioteca Marvel de Los Vengadores en una lectura tan peculiar como recomendable. No es porque los Vengadores sean los más refinados, ni ante las historias más ágiles que haya publicado Marvel, pero sí ante un periodo creativo en el que cada pocos números parecía surgir una idea destinada a perdurar durante décadas. Roy Thomas y los artistas que le acompañan construyen aventuras que hoy pueden resultar ingenuas, excesivamente explicativas o incluso algo aparatosas, pero lo hacen con una imaginación desbordante y una sincera voluntad de hacer crecer este universo.

Leer este tomo es aceptar que algunos diálogos tienen más palabras de las estrictamente necesarias, que los héroes cambian de formación con la misma frecuencia con la que otros cambian de camisa y que ciertos enfrentamientos prometen más de lo que finalmente ofrecen. Pero también es reencontrarse con una Marvel que todavía tenía mucho de laboratorio de pruebas, donde los conceptos más extravagantes podían acabar convertidos en piezas fundamentales de su mitología. Puede que el tiempo haya limado parte del impacto original de estas historias, pero no ha conseguido borrar su importancia ni su encanto. Y es difícil no sonreír al pensar que, mientras nosotros leemos estas páginas con la comodidad que da saber qué elementos acabaron triunfando, sus autores las escribían sin sospechar que estaban ayudando a definir el ADN de una de las franquicias más influyentes de la cultura popular. Quizá ese sea el auténtico superpoder de estos viejos tebeos. Recordarnos que antes de los universos cinematográficos, de los eventos multitudinarios y de las cronologías imposibles, todo comenzó con un puñado de creadores lanzando ideas al vacío y esperando que alguna funcionara. Por suerte para Marvel, en este tomo acertaron bastantes más veces de las que seguramente ellos mismos imaginaban.
