Dazzler Marvel Limited Edition 1: una estrella rutilante

Antes de empezar con este Marvel Limited Edition dedicado a «Dazzler», conviene recordar una verdad incómoda. Los años ochenta fueron una época en la que nadie en Marvel parecía tener la capacidad de decir «quizá esto sea demasiado«. Era una editorial una guerra espacial llegaba de una juguetera, un caballo con forma humana empuñaba un martillo y un canadiense bajito con muy mala leche se convertiría en uno de los personajes más queridos (aunque fuera creado antes). En ese contexto de absoluta ausencia de límites creativos, alguien debió de levantar la mano durante una reunión y decir: «¿Y si hacemos una superheroína mutante que sea cantante de éxito y cuyos poderes consistan en convertir el sonido en efectos luminosos?«. Y, lo más preocupante de todo, el resto respondió: «Magnífica idea. Dadle una serie regular«.

Así nació Dazzler. O Alison Blaire para quienes prefieran utilizar su nombre civil y fingir que están tratando con una persona real y no con el resultado de mezclar una bola de discoteca con una Patrulla X de oferta. Este primer volumen recopilado por Panini Comics contiene sus primeras apariciones en The X-Men 130 y 131, un paso por The Amazing Spider-Man 203 y los trece primeros números de su colección propia. Lo que traducido al castellano significa: más invitados especiales que en una gala benéfica televisiva y suficientes cambios de tono como para provocar mareos.

La presentación del personaje a cargo de Chris Claremont y John Byrne resulta bastante efectiva. Alison es una joven mutante que intenta abrirse camino en el mundo de la música mientras oculta unos poderes que la convierten en una especie de foco humano de alta potencia. La metáfora mutante habitual está presente: rechazo social, miedo a ser diferente y dificultades para encontrar tu lugar en el mundo. Sólo que, en esta ocasión, todo ello transcurre entre conciertos, productores musicales y peinados que hoy exigirían una orden judicial.

Después llega el turno de Tom DeFalco y John Romita Jr., y el verdadero espectáculo comienza. Porque si algo define esta etapa inicial de Dazzler es su absoluta incapacidad para escoger un género concreto. Durante unos números parece un drama sobre una joven que lucha por triunfar en una industria despiadada. Cinco páginas después aparecen la Encantadora con demonios extra dimensionales. Luego tenemos problemas sentimentales dignos de una telenovela vespertina. Después irrumpe Hulk atravesando una pared. Y cuando uno cree haber entendido la fórmula, Galactus decide que quizá esta cantante de clubes nocturnos sea justo lo que necesita para resolver un problema cósmico. A medio camino también aparece nuestro querido Víctor Von Muerte y se termina de liar la madeja de manera total. La sensación es muy parecida a observar a alguien cocinar sin receta: un poco de romance, una pizca de aventuras superheroicas, dos cucharadas de culebrón y un puñado de apariciones especiales. Agítese con entusiasmo y sírvase sin comprobar si tiene algún sentido. Lo más fascinante es que, a ratos, funciona.

A medida que avanzan los números, las limitaciones del planteamiento comienzan a hacerse evidentes. Los secundarios parecen construidos a partir de arquetipos reciclados. El interés romántico tiene menos carisma que un folleto informativo. Los conflictos laborales se resuelven con una rapidez sospechosa. Y los diálogos, en ocasiones, alcanzan niveles de dramatismo que harían sonrojar a una radionovela de los años cincuenta. La llegada de Danny Fingeroth tampoco ayuda demasiado a estabilizar el rumbo. Más bien da la impresión de que el barco sigue avanzando mientras toda la tripulación discute sobre cuál era exactamente el destino previsto. Sin embargo, incluso en sus momentos más cuestionables, Dazzler conserva un elemento diferencial muy poderoso: Alison Blaire. A diferencia de muchos héroes de la época, Alison no desea convertirse en salvadora del mundo. No sueña con liderar equipos de élite ni patrullar calles oscuras. Ella quiere cantar. Quiere actuar. Quiere triunfar gracias a su talento. Los superpoderes representan una complicación más dentro de una vida ya bastante difícil. Esa perspectiva convierte a Dazzler en un personaje sorprendentemente moderno. Sus aspiraciones no giran alrededor del heroísmo tradicional. Tiene ambiciones propias, preocupaciones cotidianas y defectos perfectamente reconocibles. Claro que también acepta acompañar a Galactus a través del espacio profundo porque el guion así lo requiere. Nadie es perfecto. Dazzler representa una época en la que Marvel todavía experimentaba con absoluta libertad. Algunas ideas funcionaban. Otras no tanto. Pero existía una voluntad genuina de probar cosas nuevas, incluso aunque implicaran mezclar el mundo del espectáculo con invasiones demoníacas y entidades devoradoras de planetas. No todas las apuestas podían convertirse en clásicos imperecederos. Pero todas resultaban interesantes.

Por otro lado, el apartado gráfico de este primer tomo es uno de los mayores incentivos para acercarse a la colección con la mejor de las disposiciones. Porque si los guiones oscilan continuamente entre la aventura superheroica, el melodrama romántico y el delirio editorial propio de los primeros ochenta, el dibujo consigue aportar una identidad reconocible y, en sus mejores momentos, francamente atractiva. Los primeros compases de la serie cuentan con nombres de enorme peso dentro de Marvel. Las apariciones iniciales de Alison Blaire en La Patrulla X corren a cargo de John Byrne, acompañado por las tintas de Terry Austin, una dupla que se encontraba en uno de los momentos más inspirados de su carrera. Byrne dota a Dazzler de una presencia magnética desde su debut. No sólo funciona como una nueva mutante dentro del universo de los mutantes, sino que transmite perfectamente esa dualidad entre artista y superheroína que definirá al personaje. Sus escenas musicales tienen dinamismo y espectacularidad, mientras que las secuencias de acción poseen la claridad que convirtió al dibujante canadiense en uno de los grandes referentes del género.

Posteriormente, la colección regular arranca con un John Romita Jr. todavía muy alejado del estilo anguloso y robusto que lo haría mundialmente famoso décadas después. Aquí encontramos a un artista joven, influido aún por el clasicismo de la escuela Marvel y, en cierta medida, por la herencia artística de su padre. El resultado es un dibujo elegante, expresivo y sorprendentemente apropiado para una serie cuyo componente humano resulta tan importante como el superheroico. También merece reconocimiento el trabajo realizado en el diseño de los espectáculos musicales. Las secuencias sobre el escenario poseen una energía contagiosa, y el uso de los efectos lumínicos derivados de los poderes de Alison contribuye a reforzar la espectacularidad visual del conjunto. Al fin y al cabo, Dazzler debía parecer una estrella del pop, y Romita Jr. logra que el lector entienda por qué la protagonista aspira a triunfar en ese mundo.

Lamentablemente, la estancia del artista en la colección resulta demasiado breve. Su marcha deja paso a Frank Springer, cuyo trabajo ofrece resultados bastante más irregulares. Springer era un profesional competente y experimentado, pero su estilo carece del atractivo y la personalidad que Romita Jr. había aportado a la cabecera. Las figuras se vuelven más rígidas, se pierde parte de la fluidez y algunos personajes secundarios adquieren un aspecto excesivamente genérico. Tenemos también a Alan Kupperberg en un solo número que ayuda, pero no demasiado. La situación tampoco mejora con la entrada de diversos entintadores a lo largo del volumen. Mientras nombres como Bob McLeod, Mike Esposito o Alfredo Alcalá consiguen aportar cierto acabado elegante a determinadas páginas, otros resultados son mucho más discutibles. Especialmente controvertido puede resultar el trabajo de Vince Colletta, cuyas tintas contribuyen ocasionalmente a simplificar en exceso los lápices y a empobrecer la riqueza visual de algunas escenas. Aun así, incluso en sus momentos más discretos, el apartado artístico mantiene ese inconfundible sabor a Marvel clásica. Las páginas rebosan color, movimiento y expresividad. Hay una voluntad constante de ofrecer espectáculo al lector, aunque el material argumental no siempre esté a la altura del esfuerzo gráfico.

La edición de Panini junto con SD Distribuciones permite recuperar precisamente esa faceta más imprevisible del Universo Marvel. Una época donde el éxito comercial de un personaje podía depender de factores tan misteriosos como el entusiasmo de sus autores o la capacidad del lector para aceptar que una estrella del pop debía enfrentarse semanalmente a amenazas imposibles. En conjunto, este primer tomo de «Dazzler» funciona muy bien en sus primeros números, pero comienza a tambalearse poco a poco. Puede que los guiones no siempre sepan qué tipo de cómic quieren contar, pero el dibujo recuerda constantemente por qué esta etapa sigue despertando curiosidad entre los aficionados. Porque, más allá de las extravagancias argumentales y de los inevitables excesos de la época, Alison Blaire nunca dejó de brillar sobre la página. Y tratándose de una superheroína cuyo poder consiste precisamente en convertir el sonido en luz, resulta difícil imaginar un elogio más apropiado. Veremos que nos deparan sus aventuras en los siguientes volúmenes.

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