Había una época en la que el mayor problema de Bruce Banner era transformarse en una montaña verde de ira descontrolada cada vez que alguien le tocaba demasiado las narices. Eran tiempos sencillos. Luego llegaron décadas de continuidad, personalidades fragmentadas, dimensiones infernales, inmortalidad gamma y traumas familiares dignos de una tesis universitaria. Así que, llegados a este punto, convertir a Hulk en una especie de nave espacial pilotada desde el interior por Banner era, objetivamente, el siguiente paso lógico. O al menos eso debió pensar Donny Cates una tarde cualquiera mientras miraba al vacío y susurraba: «¿Y si le ponemos un puente de mando a esta más ingente de músculos?».

Eso lo vemos en este Marvel Deluxe que recopila los catorce números de la serie regular, el especial Banner of War Alpha, los cruces con Thor y el material promocional del Free Comic Book Day. Es, por tanto, el retrato completo de una etapa que ha generado reacciones extremas. Pasando del entusiasmo absoluto a la mirada perdida de quien acaba de escuchar por primera vez la explicación del funcionamiento interno de la Nave espacial Hulk. Y es que la premisa merece una pausa respetuosa. Bruce Banner ha reorganizado la psique del gigante esmeralda como si estuviera diseñando La Estrella de la Muerte después de una sobredosis de radiación gamma. Banner ocupa el puente de mando y dirige las operaciones; Hulk actúa como el casco de la nave, el cuerpo físico que recibe todos los golpes; y en la sala de máquinas habita otra versión del monstruo, condenada a luchar eternamente contra hordas infinitas para generar la rabia necesaria que impulse el sistema. ¿Tiene sentido? No especialmente. ¿Importa? Sorprendentemente, tampoco.
Donny Cates siempre ha sido un guionista más interesado en las ideas gigantescas que en la contención emocional. Cuando funciona, el resultado es espectacular; cuando no, parece que alguien ha mezclado conceptos al azar dentro de una coctelera. Aquí ocurre ambas cosas a la vez. El Hulk espacial es una ocurrencia delirante, pero también es tan descaradamente ambiciosa que resulta difícil no admirarla. Cates no pierde tiempo justificando cada detalle. Te lanza al vacío, señala un Hulk que atraviesa dimensiones como un misil verde y espera que aceptes las condiciones del viaje. Si has llegado buscando una disección psicológica al nivel de Inmortal Hulk, quizá deberías sentarte un momento y reconsiderar tus expectativas.

Esta etapa no pretende ser profunda. Pretende ser divertida. Quiere recuperar esa sensación infantil de abrir un cómic y pensar: «Esto es lo más absurdo que he visto en mi vida y necesito saber qué pasa después«. Hulk lucha contra versiones alternativas, atraviesa el espacio profundo, desencadena catástrofes colosales y acaba enfrentándose a Thor en una pelea diseñada específicamente para que los lectores puedan señalar una viñeta y decir: «Mira qué barbaridad«. O dicho de otra manera, eso quería perfecto para un videojuego de PlayStation.
Hablando de barbaridades, Ryan Ottley nació para dibujar a Hulk. Si Cates es el ingeniero del caos, Ottley es el artista que convierte ese caos en un espectáculo imposible de ignorar. Sus páginas transmiten velocidad, brutalidad y un entusiasmo casi contagioso por la destrucción masiva. Cada puñetazo parece partir montañas; cada expresión de Hulk transmite una mezcla perfecta entre furia y diversión homicida. Después de años demostrando su talento en Invencible o Spiderman, aquí encuentra el escenario ideal para desplegar todo su arsenal visual. Además, el apartado gráfico cuenta con el trabajo de Martin Coccolo en algunos episodios y el apoyo de Cliff Rathburn en las tintas. En el color destacan nombres como Frank Martin, Federico Blee, Matthew Wilson, Marte Gracia, Matt Hollingsworth y Sonia Oback. Puede parecer una alineación excesiva, pero el resultado mantiene una identidad visual poderosa, llena de energía y explosiones cromáticas que convierten cada enfrentamiento en un auténtico festival gamma.

La saga Banner of War merece una mención especial. Además de la aparición de Daniel Warren Johnson como coguionista de los números, nos llevan a esa ley no escrita de Marvel es que, cada cierto tiempo, Hulk y Thor deben golpearse mutuamente hasta redefinir el concepto de daños estructurales. El enfrentamiento es tan desmedido como cabría esperar. No hay grandes reflexiones filosóficas ni diálogos destinados a ganar premios literarios. Está Odín, además de martillos, rayos, puñetazos, y una firme determinación de averiguar cuál de los dos personajes puede destruir más propiedades ajenas antes de que alguien intervenga. Y funciona.
Sin embargo, la etapa también arrastra problemas evidentes. El principal se llama Titan. Presentado como una amenaza definitiva nacida de los rincones más oscuros de Bruce Banner, el personaje prometía convertirse en una exploración fascinante del dolor y la rabia acumulados durante décadas. Pero la abrupta salida de Donny Cates (por un accidente de coche) de la colección deja la sensación de estar leyendo un rompecabezas al que le faltan varias piezas importantes. Ryan Ottley hace un esfuerzo notable por conducir la historia hacia una conclusión satisfactoria, pero algunas ideas quedan inevitablemente a medio desarrollar.

Eso no significa que el tramo final carezca de interés. La parte llamada Planeta de Hulk introduce conceptos atractivos, recupera ecos de historias anteriores y ofrece momentos inesperadamente emotivos relacionados con la infancia de Bruce Banner. Los recuerdos de los abusos sufridos, el amor de su madre y la construcción de su identidad aportan una profundidad que la serie, en ocasiones, parecía haber olvidado por completo entre tanta demolición interplanetaria. Quizá ahí reside la gran contradicción de esta etapa. Es una obra que parece debatirse constantemente entre dos impulsos: ser una montaña rusa de ciencia ficción desatada o convertirse en una reflexión seria sobre el trauma y la identidad. Cuando intenta ambas cosas simultáneamente, tropieza. Cuando acepta su naturaleza excesiva y abraza la locura sin complejos, resulta tremendamente entretenida.
¿Es mejor que Inmortal Hulk? No. ¿Pretende serlo? Tampoco. Este Hulk entiende perfectamente que compite en una categoría diferente. No quiere inquietarte ni hacerte replantear la relación entre Bruce Banner y su monstruo interior. Quiere enseñarte a la creación de Stan Lee y Jack Kirby usando planetas como proyectiles y preguntarte si no es exactamente eso lo que esperabas de un personaje cuya frase más célebre consiste, básicamente, en anunciar futuras agresiones físicas.

La edición de Panini Comics, dentro de la línea Marvel Deluxe, hace justicia al espectáculo visual. El formato permite disfrutar plenamente del trabajo de Ottley y compañía, convirtiendo cada doble página en una invitación al exceso superheroico más desprejuiciado. Además, podemos disfrutar de las portadas alternativas realizadas por Ed McGuiness, Arthur Adams, Dan Jurgens, JonBoy Meyers, Tradd Moore, Alex Ross o Dan Panosian entre muchos otros. Por último cabe mencionar el cambio de estética habitual de los tomos de la línea Deluxe, pasamos del rojo y negro a los tonos verdes en la sobre cubierta.
En definitiva, este tomo del Hulk de Donny Cates es una experiencia curiosa y profundamente sincera. Desordenada, irregular y ocasionalmente víctima de sus propias ambiciones. Pero también imaginativa, espectacular y genuinamente divertida. Es el equivalente comiquero a una superproducción veraniega que sabe perfectamente lo que es: dos horas de explosiones imposibles, héroes desquiciados y una absoluta falta de interés por la moderación. Porque a veces uno necesita historias complejas sobre el miedo, la culpa y la condición humana. Y otras veces necesita ver a Hulk convertido en una nave espacial impulsada por traumas reprimidos mientras se pelea con Thor en mitad del apocalipsis. Y, sorprendentemente, ambas opciones son perfectamente válidas. Al fin y al cabo, si algo ha demostrado Hulk durante más de sesenta años es que siempre hay una manera nueva y creativa de destrozarlo todo. Aunque implique instalarle un puente de mando en la azotea.
