Durante décadas, la novela de William Golding ha traumatizado discretamente a generaciones enteras de estudiantes. Mientras otros clásicos invitaban a soñar con aventuras exóticas y descubrimientos personales, Golding decidió preguntarse qué ocurriría si unos niños acabaran solos en una isla desierta. La respuesta, aparentemente, era: asesinatos, luchas de poder, rituales salvajes y una cabeza de cerdo decorando el paisaje como si fuera el invitado estrella de la peor fiesta temática jamás organizada. Y ahora, setenta años después de la publicación de la obra original, Aimée de Jongh se atreve con la primera adaptación completa al cómic de este monumento a la pérdida de la inocencia. Esta autora decide dedicar más de trescientas páginas a mostrarnos cómo se desmorona la civilización infantil con una belleza visual tan insultante que uno termina admirando incluso los momentos más perturbadores. El resultado es espectacular.

La historia sigue siendo la misma, por supuesto. Un avión se estrella. Un grupo de niños sobrevive. No hay adultos. Ralph intenta organizar las cosas con cierto sentido común. Piggy aporta inteligencia y racionalidad, lo que automáticamente lo convierte en el candidato ideal para ser ignorado por absolutamente todo el mundo. Jack, incapaz de aceptar que otro niño haya sido elegido líder, inicia el clásico proceso democrático conocido como «si no gano yo, monto mi propia tribu y ya veremos quién ríe el último«. Es fascinante comprobar cómo Golding desmonta cualquier visión idealizada de la infancia. Porque existe esa tendencia a imaginar a los niños como seres puros, incapaces de maldad real, pequeños ángeles que solo necesitan orientación y cariño. Golding, en cambio, parece haber pasado una tarde supervisando el recreo de un colegio. Su conclusión fue bastante diferente.
Lo extraordinario es que esta adaptación consigue que esa caída hacia la barbarie resulte incluso más dolorosa que en la novela original. Porque los rostros dibujados por Aimée de Jongh transmiten miedo, entusiasmo, rabia y confusión con una naturalidad devastadora. Ves cómo aquellos niños pasan de jugar en la playa a perseguirse con lanzas improvisadas, y no puedes evitar pensar que quizá la línea que separa la civilización del caos es muchísimo más fina de lo que nos gusta admitir. Y ahí reside gran parte de la incomodidad que provoca «El Señor de las Moscas». Porque sería muy sencillo concluir que Jack es el malo, Ralph el héroe y asunto resuelto. Pero Golding nunca tuvo interés en construir una historia tan simple.

Jack representa el autoritarismo más evidente, sí. Es carismático, agresivo y comprende perfectamente que pocas herramientas son tan eficaces para controlar a un grupo como el miedo. Si además les prometes carne asada y la posibilidad de gritar mucho mientras llevan pintura facial, tienes media batalla ganada. Sin embargo, Ralph tampoco es un líder perfecto. Duda. Se equivoca. Pierde el control. Piggy posee inteligencia, pero carece de capacidad para hacerse escuchar. Y Roger… bueno, Roger es esa persona que te recuerda por qué existen las evaluaciones psicológicas. Todos ellos representan aspectos reconocibles del comportamiento humano. Y quizá esa sea la razón por la que esta historia sigue funcionando tan bien décadas después. Porque la isla no es solo una isla. Es un experimento social. Es una metáfora política. Es una reflexión filosófica. Y también es una advertencia muy poco sutil sobre lo rápido que puede venirse abajo cualquier estructura colectiva cuando dejamos que el miedo y el ego ocupen el lugar del diálogo y la empatía.
Todo esto podría sonar insoportablemente solemne si no fuera porque Aimée de Jongh introduce un dibujo extraordinario. Su trabajo aquí es, sencillamente, deslumbrante. Los paisajes son exuberantes. La vegetación parece respirar. El mar transmite tanto belleza como amenaza. La luz atraviesa las copas de los árboles creando escenas casi idílicas. Durante algunos instantes, uno comprende perfectamente por qué los niños sienten la tentación de olvidarse del rescate y abrazar esa libertad absoluta. Hasta que recuerdas que esa libertad absoluta incluye persecuciones multitudinarias, sacrificios rituales y un progresivo deterioro de cualquier concepto relacionado con la convivencia pacífica. Los momentos más brutales están ejecutados con una contención admirable. De Jongh no necesita recrearse en el horror para que este resulte devastador. A veces basta una expresión facial. Una postura corporal. Un silencio incómodo entre viñetas. Y cuando decide mostrar la oscuridad de frente, el impacto es demoledor. Especialmente memorable resulta la representación del propio Señor de las Moscas. Esa cabeza de jabalí empalada que funciona como símbolo físico del mal que habita dentro de cada individuo. Una imagen grotesca y fascinante que aquí adquiere una fuerza visual extraordinaria.

Lo curioso es que esta adaptación llega en un momento histórico especialmente apropiado. Porque pocas obras resultan tan pertinentes en una época marcada por la polarización constante, la manipulación emocional y la facilidad con la que determinados discursos apelan a nuestros instintos más básicos. Vamos el caldo de cultivo perfecto que se ve todos los días en redes sociales como X o Twitter (o el chiringuito de Elon Musk) como queráis llamarlo. La historia de Golding nos recuerda que la civilización no es un estado permanente. Es un esfuerzo continuo. Una construcción frágil sostenida por acuerdos colectivos. Y basta muy poco para empezar a desmontarla.
Aunque también conviene señalar algo importante: el pesimismo de Golding no constituye una verdad absoluta. De hecho, algunos estudiosos han cuestionado durante años la visión profundamente sombría que plantea la novela. Incluso existen casos reales de grupos de jóvenes náufragos que cooperaron eficazmente para sobrevivir sin caer en la violencia extrema. Lo cual resulta bastante esperanzador. Y también tremendamente frustrante para quienes crecimos convencidos de que cualquier excursión escolar terminaría inevitablemente con alguien declarándose rey supremo de una roca. Pero quizá ahí radique precisamente la riqueza del relato. No ofrece respuestas definitivas. Formula preguntas incómodas.

¿Qué nos mantiene unidos como sociedad? ¿Hasta qué punto dependemos de normas externas para comportarnos éticamente? ¿Somos realmente civilizados o simplemente personas intentando no perder los nervios mientras esperamos nuestro turno en una oficina de correos? No son interrogantes especialmente relajantes, desde luego. Y aun así, o precisamente por eso, El Señor de las Moscas continúa siendo una lectura imprescindible.
Esta novela gráfica, editada por Alianza Editorial con traducción de Carmen Criado, no sustituye al clásico original. Tampoco pretende hacerlo. Lo complementa. Lo reinterpreta. Le aporta nuevas capas emocionales. Y consigue que lectores veteranos redescubran la historia mientras otros se acercan por primera vez a ella sin la intimidación que a veces acompaña a ciertos clásicos literarios. Además, seamos sinceros: convencer a alguien de leer una novela sobre filosofía moral encubierta bajo la apariencia de una aventura infantil puede resultar complicado. Convencerlo de leer un tebeo con un dibujo espectacular sobre niños convirtiéndose gradualmente en una distopía tribal es considerablemente más sencillo. Y si el resultado sirve para que más lectores más jóvenes descubran la obra de Golding, mejor todavía.

Pocas historias han retratado con tanta claridad las contradicciones de nuestra especie. Capaces de organizar asambleas democráticas alrededor de una caracola y de abandonarlas inmediatamente en cuanto alguien aparece ofreciendo carne asada y permiso para gritar. En definitiva, esta adaptación de Aimée de Jongh es brillante. Hermosa. Inquietante. Profundamente fiel al espíritu de la obra original y lo bastante inteligente como para aportar una identidad propia. Una lectura que deslumbra mientras te recuerda, página tras página, que la barbarie nunca está tan lejos como nos gusta pensar. Y quizá esa sea la broma más cruel de todas. Que después de más de setenta años leyendo «El Señor de las Moscas», seguimos cerrando el libro convencidos de que nosotros lo habríamos hecho mejor. Cuando la realidad probablemente sea que muchos habríamos acabado discutiendo por quién tiene derecho a sujetar la caracola. Y alguno, inevitablemente, habría propuesto convertir la hoguera de rescate en una barbacoa. Porque si algo demuestra esta historia es que la naturaleza humana es compleja, contradictoria y a menudo decepcionante. Pero, desde luego, jamás aburrida.
