Hay profesiones complicadas en el Universo Marvel. Ser periodista en Nueva York implica una probabilidad altísima de que un lagarto gigante atraviese la pared de tu oficina antes de la hora del café. Ser policía significa asumir que tarde o temprano tendrás que rellenar un informe explicando por qué un hombre vestido de buitre ha dejado inconsciente a media docena de mafiosos en un almacén abandonado. Pero ninguna ocupación resulta tan peligrosa como ser progenitor de un superhéroe. Es una condena silenciosa, un contrato no escrito que establece que, en algún momento, el drama llamará a tu puerta con la delicadeza de una bola de demolición. Y si además eres pobre, vives en la Cocina del Infierno y tienes la desafortunada costumbre de trabajar ocasionalmente para mafiosos locales, directamente puedes ir encargando tu lugar en el salón de los mártires marvelitas. Ahí entra Jack «Batallador» Murdock.

Boxeador fracasado, cobrador de deudas con una conciencia sorprendentemente intermitente y padre soltero antes de que Hollywood decidiera que esa era una característica adorable para sus protagonistas. Jack pertenece a esa categoría de personajes secundarios que el lector cree conocer perfectamente hasta que alguien decide dedicarles una miniserie propia. Porque sí, todos sabemos quién es Jack Murdock. Es «el padre de Daredevil«. El hombre cuya mayor contribución a la historia de Marvel fue enseñar a Matt a levantarse después de cada caída y protagonizar uno de los traumas fundacionales más famosos de la editorial. Un currículo escaso, si somos sinceros, pero muy eficaz. Por eso, con el tomo de Marvel Must-Have «Daredevil: Jack «Batallador» Murdock», Panini rescata esta miniserie publicada originalmente en 2007 bajo el paraguas de Marvel Knights. Donde tenemos a Zeb Wells y Carmine Di Giandomenico que deciden volver a una historia que los aficionados conocen prácticamente de memoria para plantear una pregunta sencilla: ¿qué ocurría dentro de la cabeza de Jack durante todo aquello? ¿Qué pensaba el hombre detrás del mito? ¿Qué le llevó a tomar determinadas decisiones? Y, sobre todo, ¿era posible convertir a un personaje condenado por el canon en el auténtico protagonista de su propia tragedia? La respuesta es sí. Aunque con algunos matices.
Porque conviene dejar algo claro desde el principio: este cómic no pretende reinventar la rueda. No estamos ante una reinterpretación radical del origen de Daredevil ni ante una revisión que vaya a cambiar para siempre nuestra percepción del personaje. Nadie va a cerrar este tomo gritando: «¡Ahora todo tiene sentido!». La mayoría de los lectores saben perfectamente hacia dónde se dirige la historia desde la primera página. Y eso convierte el trabajo de Wells en algo bastante complicado. Es difícil generar tensión cuando el lector conoce el desenlace con absoluta precisión. Pero Wells juega una carta inteligente: desplazar el foco emocional.

En lugar de centrarse en Matt, dirige toda la atención hacia Jack. Y lo hace retratándolo como un hombre agotado. Un individuo que ha desperdiciado demasiadas oportunidades, que trabaja para personas despreciables porque necesita pagar las facturas y que intenta ejercer como padre mientras carga con un sentimiento permanente de fracaso. Jack ama profundamente a su hijo, pero eso no significa que siempre sepa cómo demostrarlo. Su relación con Matt está construida sobre buenas intenciones, silencios incómodos y una enorme incapacidad para expresar emociones sin recurrir a frases cortantes o consejos relacionados con el boxeo. Es decir, como muchos padres.
Lo interesante es que Wells evita convertir a Jack en un santo. No suaviza sus defectos ni intenta justificar cada uno de sus errores. Sigue siendo impulsivo. Sigue teniendo problemas para controlar la ira. Sigue tomando decisiones cuestionables con una frecuencia preocupante. Pero precisamente por eso resulta creíble. Jack Murdock no es Steve Rogers. No es Peter Parker. Ni siquiera es Matt. Es simplemente un hombre corriente intentando hacer algo extraordinariamente difícil: ser mejor de lo que ha sido hasta ese momento. Y ahí reside buena parte del encanto de la obra.

El problema es que el cómic también hereda todas las limitaciones derivadas de trabajar sobre una historia tan conocida. Existen pocas sorpresas reales. Algunos elementos del lore de Daredevil reciben mayor atención y determinados secundarios adquieren más protagonismo, pero la estructura general permanece intacta. Los grandes momentos llegan exactamente cuando esperas que lleguen. Eso no significa que carezcan de impacto. Significa que funcionan más por acumulación emocional que por capacidad de sorpresa.
La presencia de Matt es especialmente interesante. Aunque el niño ocupa un lugar importante dentro de la trama, nunca llega a convertirse en el protagonista absoluto. Todo está filtrado a través de la mirada de Jack. Observamos la preocupación de un padre incapaz de aceptar que su hijo sea tan fuerte como necesita ser. Presenciamos su miedo constante a fallarle. Y asistimos al conflicto interno de un hombre convencido de que todavía puede ofrecerle algo mejor. En ese sentido, la obra acierta plenamente. También contribuyen personajes secundarios como Josie o Turk, cuyas apariciones ayudan a reforzar la sensación de estar contemplando una Cocina del Infierno viva y reconocible. Especialmente interesante resulta Josie, convertida aquí en una figura de apoyo inesperadamente importante dentro de la vida de Jack. Su presencia aporta humanidad y equilibrio a una historia dominada por la culpa y la resignación.

Por otro lado, el dibujo y el color corre completamente a cargo de Carmine Di Giandomenico, y eso tiene ventajas e inconvenientes. La principal ventaja es la coherencia artística. La principal desventaja es que el cómic se convierte en una cápsula del tiempo extraordinariamente precisa. Si alguien quisiera explicar cómo era el aspecto de ciertos tebeos estadounidenses durante la primera década de los 2000, bastaría con entregar este volumen. Los efectos digitales aparecen con entusiasmo casi juvenil. Hay brillos. Hay reflejos. Hay humo tratado digitalmente. Hay composiciones que parecen decir: «Hemos descubierto nuevas herramientas informáticas y vamos a utilizarlas todas». Afortunadamente, detrás de esos excesos formales existe un dibujante muy competente.
¿Convierte todo esto a Jack «Batallador» Murdock en un imprescindible? Pues depende muchísimo del lector. Los aficionados veteranos de Daredevil encontrarán aquí una expansión competente de uno de los pilares fundamentales del mito del personaje. Disfrutarán reconociendo referencias y apreciarán el cariño con el que Wells aborda a Jack. Los lectores noveles probablemente tengan mejores puntos de entrada al universo del Hombre Sin Miedo. Y aquellos que busquen una obra revolucionaria saldrán decepcionados. Sin embargo, existe un público muy concreto para el que este cómic funciona especialmente bien: quienes disfrutan con historias pequeñas protagonizadas por personajes imperfectos. Porque eso es exactamente lo que ofrece. No hay invasiones alienígenas. No hay multiversos colapsando. No hay versiones alternativas de Jack Murdock convertidas en zombis ni ejércitos de clones boxeadores. Solo hay un hombre enfrentándose a las consecuencias de sus decisiones mientras intenta dejarle a su hijo algo parecido a un futuro. Y esa sencillez juega a favor del relato.

Además, se agradece enormemente que la historia pueda leerse de forma completamente independiente. En una época donde algunos eventos superheroicos exigen consultar cronologías elaboradas por expertos y utilizar diagramas de flujo para identificar el orden correcto de lectura, resulta refrescante encontrarse con un tomo autocontenido que simplemente quiere contar una historia. Una historia triste. Previsible. Emotiva. Y, a ratos, sorprendentemente efectiva.
En definitiva, el Marvel Must-Have de Daredevil: Jack «Batallador» Murdock es una obra sólida que encuentra sus mayores virtudes precisamente en aquello que parecía jugar en su contra. La familiaridad del relato permite profundizar en sus personajes. El conocimiento previo del desenlace convierte cada pequeña victoria de Jack en algo agridulce. Y la ausencia de grandes artificios deja espacio suficiente para que emerja el verdadero tema de la historia: la redención.

Quizá no sea el mejor cómic protagonizado por personajes relacionados con Daredevil. Quizá tampoco sea el tomo que recomendarías para convencer a alguien de las maravillas del Hombre Sin Miedo. Pero posee una honestidad difícil de ignorar. Y, siendo sinceros, siempre resulta agradable comprobar que Marvel todavía recuerda que existen héroes capaces de inspirar sin necesidad de lanzar rayos láser por los ojos. Aunque esos héroes sean boxeadores retirados que toman decisiones cuestionables con una regularidad casi profesional. Porque al final, detrás del traje rojo, los sentidos aumentados y los discursos sobre la justicia, Daredevil sigue siendo el hijo de Jack Murdock. Y después de leer este tomo queda claro que eso explica muchas cosas. Sobre todo, la testarudez.
