Conan Rey: La etapa Marvel Original 2: volvemos a la carga

Hay decisiones que en la vida parecen heroicas en el momento exacto en que las tomas y que, con el paso del tiempo, revelan su verdadera naturaleza. No eran heroicas, eran errores con muy buena prensa. Montar un negocio con un amigo que no sabe lo que es un Excel. Decir “yo me encargo” en una reunión de trabajo. Volver con tu ex. Y, por supuesto, convertirte en rey en el universo creado por Robert E. Howard. Esta última debería venir directamente con una advertencia en letras rojas: “Gobernar un reino puede provocar estrés crónico, pérdida de cordura y la sensación permanente de que echarse al monte con un taparrabos era, en realidad, una decisión bastante sensata”. Porque este segundo tomo Omnibus de «Conan Rey: La etapa Marvel Original» es exactamente eso. La constatación de que el sueño del poder absoluto es, en realidad, un trabajo administrativo glorificado con brotes ocasionales de violencia extrema para que no te duermas encima del trono.

Conan, ese hombre que durante años resolvió cualquier problema con una combinación de espada, mala educación y desprecio absoluto por la planificación a largo plazo, ha llegado por fin a la cima. Y la cima, sorpresa, no tiene vistas espectaculares ni gloria eterna. Tiene pasillos llenos de gente murmurando, documentos que firmar, traiciones programadas con antelación y la constante sospecha de que todo el mundo, absolutamente todo el mundo, está intentando matarte por razones que ni siquiera ellos recuerdan del todo.

El argumento de este volumen es tan sencillo como cruelmente eficaz. Conan cree que su hijo Conn ha muerto en campaña. Esto, en cualquier familia normal, sería motivo de duelo, silencio y tal vez terapia. En la familia de Conan es motivo para montar una expedición militar con su guardia de élite y lanzarse a recuperar el cuerpo como si la muerte fuera un pequeño malentendido logístico. Porque si algo caracteriza a Conan es que nunca ha confiado demasiado en los informes oficiales. Si alguien dice “está muerto”, él prefiere ir a comprobarlo partiendo cosas por el camino. Mientras tanto, su otro hijo, Taurus, ha decidido que la mejor forma de gestionar su vida es convertirse en un problema político de primer nivel. Nada de conversaciones incómodas, nada de reconciliación familiar, nada de entender el concepto de “trauma”. No. Aquí la solución lógica es la hechicería, la conspiración y el intento bastante directo de usurpar el trono. Porque si tu padre es un bárbaro coronado, lo más normal del mundo es intentar derrocarlo con magia oscura. Es prácticamente terapia familiar hiboria. Y así, sin pretenderlo, Conan se encuentra en la situación más peligrosa de toda su carrera: una familia (ya se sabe lo que se dice, a la familia hay que quererla no fiarse de ella).

Lo fascinante de esta etapa es precisamente eso. La absoluta incompatibilidad entre el mundo que Conan entiende y el mundo que ahora le toca gobernar. Él piensa en términos de acción directa. El reino funciona en términos de intriga, paciencia y manipulación. Es como meter a un elefante en una tienda de porcelana política y sorprenderse de que haya consecuencias. Don Kraar y Alan Zelenetz entienden perfectamente este choque. No intentan suavizarlo. No intentan intelectualizarlo demasiado. Simplemente lo exponen con una especie de crueldad bastante deliciosa. Conan intentando gobernar un sistema que está diseñado específicamente para que fracase. Y fracasa. Y vuelve a intentarlo. Y fracasa otra vez. Pero con estilo. Porque si algo no pierde Conan nunca es la dignidad violenta. El reino, mientras tanto, es un caos permanente. Intrigas palaciegas que parecen escritas por alguien que disfrutaba especialmente viendo cómo todo se desmorona. Hechiceros que aparecen en el peor momento posible, como si tuvieran un calendario de desgracias. Nobles que hablan demasiado. Generales que confían demasiado poco. Un ambiente general en el que cada conversación suena a preludio de guerra civil. Es casi reconfortante en su coherencia. Como un desastre bien organizado.

El aspecto gráfico es otro de los grandes atractivos del volumen, aunque aquí la palabra “atractivo” debería entenderse en sentido hiborio: músculo, sudor, violencia y anatomía que desafía las leyes de la física con entusiasmo. Marc Silvestri, Mike Docherty, Judith Hunt, Geof Isherwood y Dave Simons realizan un trabajo de lo más variopinto. Mike Docherty mantiene el nivel con oficio sólido, sin estridencias pero sin caídas. Judith Hunt aporta color a un mundo que oscila entre la oscuridad palaciega y el brillo sangriento de la batalla, ayudando a que todo parezca un poco más épico de lo que probablemente debería ser. Isherwood realiza un Conan salvaje donde cada viñeta parece recordarte que este personaje no fue diseñado para la diplomacia. Y luego aparece Marc Silvestri, todavía en una fase temprana de su carrera, y es imposible no notar la energía contenida. Aquí aún no está el Silvestri desatado de los grandes eventos posteriores, pero ya se percibe la intención: dinamismo, dramatismo, exceso controlado. Es como ver a alguien aprendiendo a gritar en mayúsculas. El conjunto tiene ese sabor muy específico del cómic Marvel clásico de los ochenta: directo, sin pretensiones excesivas, con un tipo de trazo no pide permiso ni perdón. No intenta ser sofisticado. Intenta ser entretenido. Y en gran medida lo consigue.

Claro que no todo es perfecto. Hay altibajos. Hay historias que funcionan mejor que otras. Hay momentos donde la trama avanza con la fuerza de una horda bárbara y otros donde parece que el guion se ha detenido a tomar aire sin avisar. Pero incluso en esos momentos, Conan sigue siendo interesante simplemente por existir en un entorno que le resulta completamente hostil en términos conceptuales. Porque este no es el Conan de la gloria. Es el Conan del después. El Conan que ya ganó. Y que ahora descubre que ganar no era el final del problema, sino el inicio de uno mucho más largo, más tedioso y más absurdo.

La edición de Panini Comics llega después de mucho tiempo desde el primer volumen. Tenemos el formato Omnibus que incluye los números de Conan the King del #20 al #35 con traducción de Joan Josep Mussarra. Además de una introducción escrita por Rick Parker, así como bastantes extras entre los que llama la atención la portada de Michael Kaluta.

Al final, lo que deja este volumen no es la sensación de haber leído una obra maestra ni un desastre olvidable, sino algo mucho más peculiar. La sensación de haber visto a un hombre extremadamente peligroso intentando adaptarse a la vida civilizada y fracasando con una constancia admirable. Conan quería un reino. Lo consiguió. Y ahora probablemente estaría encantado de cambiarlo por una buena pelea en una taberna sin responsabilidades, sin hijos conspiradores y sin gente intentando explicarle cómo funciona la política exterior. Porque matar monstruos, al final, era lo fácil. Lo difícil era esto. Conan, por primera vez en su vida, no puede solucionarlo todo a golpes. Aunque lo intenta. Algo que seguiremos viendo en estos Omnibus de Conan Rey.

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