Hay algo profundamente tranquilizador en descubrir que, aunque la humanidad llegue a conquistar las estrellas, establecer relaciones diplomáticas con especies capaces de comunicarse mediante cambios de color o colonizar planetas situados a años luz de distancia, seguiremos siendo incapaces de resistirnos a un buen reality show. Porque sí, uno puede imaginar un futuro de elevadísimas cotas intelectuales, con civilizaciones dedicadas al conocimiento y al desarrollo espiritual, pero el tebeo que tengo entre manos tiene una visión bastante más realista de nuestra evolución. En el futuro seguiremos votando concursantes, comentando galas y discutiendo en redes sobre si el favorito del público merecía realmente pasar a la siguiente ronda. Solo que, en esta ocasión, el escenario es una galaxia entera y las consecuencias son un poquito más graves que quedarse sin contrato publicitario o perder seguidores en alguna plataforma interplanetaria.

Esa es la premisa inicial de «Space Scouts», el tomo publicado por Astiberri que recopila los tres números de la miniserie creada por Matt Kindt y David Rubín bajo el sello de Dark Horse. Una obra que, sobre el papel, parece construida a partir de ingredientes que cualquiera reconocería al instante. Una joven con un talento especial, un concurso televisado que puede cambiar vidas, un planeta humilde que deposita todas sus esperanzas en una única persona y una aventura espacial que promete emoción, peligros y descubrimientos. El riesgo, evidentemente, era caer en esa sensación de «esto ya lo he leído antes«. Y lo cierto es que el propio cómic parece consciente de ello desde el primer momento. De hecho, una de sus mayores virtudes es precisamente esa capacidad para reconocer sus referentes sin convertirse en una simple colección de homenajes reciclados.
La protagonista de la historia es Ember, una adolescente del planeta Venatu cuya existencia transcurre con relativa normalidad hasta que recibe la noticia que cualquier ciudadano de su mundo debería celebrar con lágrimas de felicidad y música épica de fondo: ha sido seleccionada para participar en Space Scouts. El problema es que Ember no está tan entusiasmada como cabría esperar (cualquiera con un mínimo de inteligencia estaría igual). Resulta que convertirse en la esperanza de todo un planeta implica una presión considerable. Porque aquí no se trata únicamente de alcanzar la gloria personal o cumplir un sueño infantil. El ganador del concurso obtiene un puesto oficial entre los Space Scouts, una especie de élite galáctica admirada en todos los rincones del universo, pero además consigue una recompensa económica capaz de transformar el futuro de su mundo natal. De repente, una chica que solo intentaba descubrir quién era tiene sobre los hombros el destino colectivo de toda una sociedad. Nada exagerado.

Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes del trabajo de Kindt. Ember no responde exactamente al modelo clásico de heroína predestinada. No es una joven deseosa de aceptar con entusiasmo cada nueva responsabilidad ni alguien dispuesto a sacrificar automáticamente sus deseos personales por el bien común. Tiene dudas, contradicciones y un comprensible deseo de decidir su propio camino. Quiere ayudar a los suyos, por supuesto, pero también quiere ser dueña de sus propias decisiones. Esa tensión entre las expectativas externas y la construcción de una identidad propia se convierte en uno de los motores del relato.
Por supuesto, el concurso en sí mismo es un espectáculo fascinante. Los aspirantes proceden de todos los rincones de la galaxia y presentan habilidades, culturas y personalidades completamente diferentes. En otras manos, la historia podría haberse limitado a encadenar pruebas cada vez más espectaculares mientras los concursantes se eliminan entre sí hasta alcanzar una gran final repleta de dramatismo televisivo. Pero Kindt opta por otro camino. Las competiciones existen y resultan entretenidas, sí, pero funcionan más como una puerta de entrada hacia algo mucho más complejo. Conforme avanza la narración, el lector empieza a sospechar que hay demasiadas cosas que no encajan del todo bien en el brillante universo promocional de los Space Scouts. Precisamente por eso, cuando el cómic abandona cualquier pretensión de ser una simple historia de superación adolescente cuando termina de conquistar al lector. Porque bajo la apariencia de aventura ligera se esconde una reflexión sobre la explotación del espectáculo, la manipulación mediática y la facilidad con la que determinadas instituciones convierten a individuos concretos en símbolos útiles para sus propios intereses. Todo ello sin renunciar jamás a la diversión.

Space Scouts es, ante todo, un cómic enormemente divertido. Hay acción, humor y una evidente voluntad de asombro constante. Kindt parece empeñado en introducir una nueva idea interesante cada pocas páginas. El universo que construye transmite una agradable sensación de inmensidad. Da la impresión de que cada criatura secundaria, cada escenario y cada comentario aparentemente irrelevante podrían convertirse en el punto de partida de nuevas historias. No estamos ante una ciencia ficción obsesionada con justificar técnicamente cada elemento de su mitología. Aquí importa más la imaginación que la plausibilidad absoluta. Es una obra que abraza con entusiasmo la tradición aventurera más clásica.
Por otro lado, este tebeo entra directamente por los ojos como un gol en la final de un mundial. El dibujo de David Rubín podría recurrir a adjetivos como «desbordante», «enérgico» o «espectacular». Rubín no ilustra simplemente el guion de Kindt, lo amplifica hasta límites extraordinarios. Su capacidad para diseñar personajes memorables resulta asombrosa. Cada especie alienígena posee rasgos distintivos y una personalidad perfectamente reconocible. Los escenarios rebosan creatividad y las secuencias de acción despliegan un dinamismo admirable sin sacrificar nunca la claridad en las viñetas. Además, Rubín posee un talento especial para transmitir emociones mediante pequeños gestos y expresiones faciales. Incluso los momentos más íntimos o humorísticos se benefician enormemente de esa capacidad para humanizar a personajes pertenecientes a especies completamente inventadas.

Otro aspecto especialmente agradable de este tebeo es su tono. En una época en la que buena parte de la ficción parece competir por demostrar cuál de sus universos imaginarios resulta más deprimente, Kindt y Rubín apuestan por conservar cierto espíritu optimista. Eso no significa que el relato carezca de peligros o momentos oscuros. Los tiene. Pero nunca pierde de vista su naturaleza aventurera. Existe una voluntad evidente de entretener, emocionar y despertar la curiosidad del lector. Por eso resulta injusto reducir la obra a comparaciones automáticas con títulos como Secret Wars, Atari Force o como si rehicieran a la Liga de la Justicia liderado por Mojo el villano de los X-men. Aunque comparte algunos elementos superficiales relacionados con competiciones y estructuras jerárquicas, Space Scouts posee una personalidad propia mucho más cercana a la aventura espacial clásica con sensibilidad contemporánea pensado por estos tiempos. Su objetivo no consiste en demostrar que la sociedad está condenada irremediablemente, sino explorar cómo individuos imperfectos intentan encontrar su lugar en sistemas que no siempre comprenden del todo.
En cuanto a la edición de Astiberri, Santiago García traduce las 144 páginas que lo componen. Además, el tomo incluye diverso material adicional procedente de la edición original publicada por Flux House Books. Tenemos portadas alternativas realizadas por Sergio Aragonés con David Rubín, Álvaro Martínez Bueno, Brian Hurtt y Don Simpson. Además de un dossier con nombre, habilidades y biografía de los personajes y como guinda del pastel un cuaderno de bocetos del dibujante gallego.

Esta es una de esas lecturas capaces de reconciliar al lector con el placer más puro del cómic de aventuras. No pretende revolucionar cada uno de los géneros que toca ni reinventar por completo las estructuras sobre las que se sostiene. Lo que hace es mucho más difícil. Utilizar herramientas conocidas para construir una historia fresca, emocionante y tremendamente entretenida. Matt Kindt demuestra nuevamente su habilidad para combinar conceptos aparentemente incompatibles y extraer de ellos propuestas con identidad propia. David Rubín confirma por qué es uno de los autores más interesantes del panorama actual, desplegando un trabajo gráfico tan exuberante como eficaz. Y Astiberri ofrece una edición a la altura de una obra que merece ser descubierta por cualquier aficionado a la ciencia ficción, la aventura o simplemente los buenos tebeos.
Porque al final eso es exactamente lo que es «Space Scouts»: un muy buen tebeo. Uno de esos tebeos que se leen con una sonrisa creciente mientras el lector acepta gustosamente las reglas del juego propuestas por sus autores. Una historia capaz de hacerte reír, emocionarte y sorprenderte sin necesidad de adoptar una pose trascendental permanente. Y también una advertencia bastante útil sobre el futuro. Si algún día una organización galáctica decide organizar un concurso televisivo prometiendo fama, fortuna y la oportunidad de convertirte en héroe interestelar, quizá convendría hacerse algunas preguntas antes de firmar el contrato. Revisar las condiciones legales nunca está de más. Aunque, siendo sinceros, todos sabemos cómo terminaría esa situación. Nos presentaríamos igualmente, convencidos de que nosotros sí lograríamos superar todas las pruebas gracias a nuestra inteligencia, nuestro carisma y nuestra capacidad para resolver problemas bajo presión. Hasta que descubriéramos que la primera fase consiste en bailar delante de millones de espectadores alienígenas. Y entonces sí que estaríamos perdidos.
