Hay dos tipos de lectores de Capitán América. Los que ven a Steve Rogers como el ideal heroico definitivo y los que, cada cierto tiempo, se preguntan cómo demonios sigue funcionando un personaje vestido con la bandera de Estados Unidos en pleno siglo XXI. Lo curioso es que Chip Zdarsky parece pertenecer a ambos grupos al mismo tiempo. Porque este segundo tomo de Capitán América no se dedica a desmontar al personaje ni a convertirlo en una reliquia nostálgica. Lo que hace es algo bastante más interesante. Ponerlo frente a un espejo deformado y preguntarle qué ocurre cuando alguien decide llevar el mismo uniforme, pero olvida por completo el significado que hay detrás. Y ese espejo se llama Dave Colton.

Marvel lleva décadas utilizando la estrategia del “héroe clásico versus versión extrema del héroe clásico”. Hemos tenido Lobeznos más violentos, Picaras de varios colores, Batmans jokerizados y prácticamente cualquier variante imaginable del concepto “¿y si el protagonista fuera más borde?”. A estas alturas, la fórmula suele provocar más bostezos que emoción. Sin embargo, Zdarsky consigue que funcione porque entiende que Dave Colton no es simplemente un Capitán América con problemas de control de la ira. Es el producto de una determinada manera de entender el poder, la seguridad y la política internacional. O dicho de forma menos elegante: es lo que pasa cuando conviertes el patriotismo en una operación encubierta permanente.
Mientras Steve Rogers sigue atrapado en el conflicto de Latveria y en las consecuencias de su enfrentamiento con el Doctor Muerte, Dave comienza a descubrir que la realidad detrás de sus misiones es bastante más desagradable de lo que imaginaba. Y ahí es donde la serie encuentra su personalidad propia. Porque este tomo tiene mucha acción, sí. Hay peleas, persecuciones, explosiones y suficientes golpes con escudo como para recordar que seguimos leyendo un cómic de superhéroes. Pero debajo de toda esa parafernalia hay una historia que habla constantemente sobre ideales, manipulación política y sobre la enorme distancia que suele existir entre lo que los gobiernos dicen que hacen y lo que realmente hacen. Lo sorprendente es que Zdarsky consigue hablar de todo esto sin parecer un comentarista político atrapado en una tertulia televisiva de madrugada.

La trama de Latveria continúa siendo uno de los elementos más interesantes de la colección. Tradicionalmente, este país ficticio ha servido como una especie de parque temático para que Marvel juegue con conceptos relacionados con dictaduras, conflictos internacionales y megalomanía tecnológica. Es el único lugar del mundo donde alguien puede anunciar una reforma fiscal y, al mismo tiempo, construir un ejército de robots asesinos sin que nadie parezca especialmente sorprendido.
Hablar del Doctor Muerte siempre resulta complicado porque es uno de esos personajes que tienen la mala costumbre de mejorar cualquier historia en la que aparecen. Puedes darle un papel secundario, convertirlo en antagonista o simplemente hacerlo entrar en una habitación durante tres páginas. Da igual. Muerte posee una presencia tan gigantesca que automáticamente obliga al resto de personajes a elevar su nivel. Aquí Zdarsky lo utiliza de forma especialmente inteligente. No lo presenta únicamente como un villano clásico empeñado en dominar el mundo. Tampoco como una caricatura del tirano absoluto. Lo muestra como alguien convencido de que tiene razón. Y eso siempre resulta más inquietante.

Las conversaciones entre Steve Rogers y Muerte son probablemente algunos de los mejores momentos del tomo. No porque descubran nada nuevo sobre ninguno de los dos personajes, sino porque sirven para recordar por qué llevan décadas funcionando tan bien. Mientras tanto, Dave Colton protagoniza la parte más incómoda de la historia. Poco a poco empieza a descubrir que muchas de las operaciones en las que ha participado no eran exactamente lo que parecían. Los supuestos rescates esconden intereses políticos. Las misiones heroicas tienen objetivos menos nobles. Y las personas que toman las decisiones suelen estar muy lejos de cualquier campo de batalla. Es un arco narrativo que recuerda inevitablemente a ciertas historias de espionaje y conspiración gubernamental, pero sin perder nunca la identidad superheroica. Lo mejor es que Zdarsky evita caer en el cinismo absoluto.
Hoy en día resulta muy fácil escribir historias donde todas las instituciones son corruptas, todos los gobiernos son monstruos y todos los ideales son una mentira. Es una receta sencilla porque permite parecer profundo con relativamente poco esfuerzo. Aquí no ocurre eso. La serie reconoce las contradicciones del poder, pero sigue defendiendo la importancia de los principios. Y por eso Steve Rogers continúa siendo tan importante. Porque en medio de toda esa maraña de secretos, mentiras y manipulaciones aparece un hombre que sigue creyendo que hacer lo correcto importa. Puede sonar ingenuo. Probablemente lo sea. Pero precisamente por eso funciona. Esta historia después de dejar Latveria nos une a Steve con Tony Stark en unas viñetas que no difíciles de olvidar, no por la acción sino por los diálogos que se desarrollan entre los personajes. Además, nos dejan de cara al inicio del grupo de los Vengadores con Ironman y el Capitán América al frente

En el apartado gráfico, el tomo juega con varios artistas, algo que podría haber acabado como una ensalada difícil de digerir, pero que funciona sorprendentemente bien. Valerio Schiti sigue siendo la gran estrella del conjunto y demuestra por qué está considerado uno de los dibujantes más sólidos de Marvel. Sus páginas tienen espectacularidad cuando toca, pero también una enorme capacidad para transmitir emociones y dar personalidad a cada personaje. Su Doctor Muerte impone respeto con solo aparecer en escena y su Capitán América mantiene esa mezcla de heroicidad clásica y humanidad que exige el personaje. Cuando Schiti deja paso a Delio Díaz y Frank Alpizar, la serie no se desploma ni mucho menos.
Ambos artistas entienden perfectamente el tono de la colección y adaptan su estilo a una historia más centrada en la tensión política, el espionaje y las consecuencias de la guerra que en los grandes fuegos artificiales superheroicos. Díaz aporta un dibujo limpio y detallado, especialmente eficaz en las conversaciones, los momentos de intriga y las escenas más contenidas, mientras que Alpizar refuerza una puesta en escena clara y una gran capacidad para construir atmósferas. Puede que ninguno tenga el impacto inmediato de Schiti, pero juntos logran algo igual de importante: que el lector nunca sienta que está leyendo un cómic diferente cada vez que cambia el equipo artístico. El resultado final es un apartado gráfico muy equilibrado, donde cada dibujante aporta sus fortalezas sin romper la identidad visual de la serie. Y eso, en una colección mensual de Marvel con varios artistas implicados, es casi tan milagroso como que el Capitán América consiga terminar una misión sin descubrir una conspiración gubernamental por el camino. El color también merece reconocimiento. Frank Martin y Romulo Fajardo Jr. contribuyen a reforzar la atmósfera de una historia que funciona simultáneamente como aventura y como thriller político.

Este tomo contiene una enorme cantidad de información. Hay conspiraciones, cambios políticos, conflictos internacionales, desarrollo de personajes y varias tramas avanzando al mismo tiempo. Sin embargo, rara vez se siente pesado. Zdarsky sabe cuándo detenerse para desarrollar una conversación importante. Sabe cuándo acelerar. Y sabe cuándo dejar que una mirada o una expresión hagan el trabajo que otros guionistas intentarían resolver mediante tres páginas de monólogo.
No todo es perfecto, claro. La famosa retrocontinuidad que introduce a Dave Colton sigue siendo un elemento que puede generar cierta resistencia. Algunos lectores aceptarán el concepto sin problemas. Otros seguirán preguntándose dónde estaba exactamente este supuesto Capitán América secreto durante todos los eventos gigantescos que han sacudido el Universo Marvel durante décadas. Es una objeción razonable. La continuidad lleva años funcionando gracias a una mezcla de imaginación, buena voluntad y una capacidad extraordinaria para ignorar preguntas incómodas. Pero incluso quienes no terminen de comprar la premisa probablemente reconocerán que la ejecución es sólida. Y al final eso suele ser lo importante. Porque los buenos cómics consiguen que aceptemos ideas absurdas durante unas horas. Y pocos conceptos son más absurdos que un país entero aterrorizado por un genio científico vestido con una armadura medieval. Sin embargo, aquí estamos. Disfrutándolo.

En definitiva, este segundo tomo de Capitán América editado por Panini Comics confirma que la colección se encuentra en muy buena forma. Zdarsky ha encontrado una manera inteligente de explorar el significado del personaje sin destruirlo para reconstruirlo después, una estrategia que algunos autores parecen incapaces de abandonar. Hay reflexión política, pero también entretenimiento. Hay crítica, pero también aventura. Hay conspiraciones internacionales, pero también superhéroes golpeándose con una intensidad considerable. Y sobre todo hay una comprensión muy clara de lo que convierte a Steve Rogers en un personaje tan duradero. No es su fuerza. No es el escudo. Ni siquiera el suero del supersoldado. Es su capacidad para seguir defendiendo ciertos ideales cuando todo a su alrededor parece empeñado en demostrar que esos ideales son inútiles. Mientras existan personajes como Dave Colton para cuestionarlos, personajes como Muerte para desafiarlos, incluso un tío muy enfadado de color rojo para retarlos y escritores como Zdarsky para ponerlos a prueba, el Capitán América seguirá teniendo cosas interesantes que contar. Aunque, eso sí, probablemente Marvel encuentre antes o después otro Capitán América secreto del que nunca habíamos oído hablar. Porque algunas tradiciones nunca pasan de moda.
