Marvel Treasury Edition. Veneno: Blanco, negro y sangre. Un simbionte con problemas

Hay personajes de Marvel que han recorrido un largo camino desde su creación. Han evolucionado, madurado y encontrado un equilibrio entre sus demonios internos y sus responsabilidades heroicas. Luego está Veneno, que ha pasado más de tres décadas intentando convencernos de que pegarse a una masa alienígena con serios problemas de apego es una estrategia perfectamente válida para alcanzar la estabilidad. Lo más preocupante es que, de algún modo, ha funcionado. Por eso resulta tan apropiado que protagonice el Marvel Treasury Edition «Veneno: Blanco, negro y sangre». Una antología que reúne a un ejército de autores de primer nivel para explorar todas las facetas posibles del personaje, desde el monstruo imparable hasta el héroe accidental, pasando por el trauma andante que lleva años fingiendo que todo está bajo control.

La línea Black, White & Blood de Marvel se ha convertido en una especie de laboratorio creativo donde los autores pueden jugar con personajes icónicos sin las cadenas habituales de la continuidad. Es un lugar donde las ideas más extrañas tienen permiso para existir y donde nadie parece especialmente preocupado por si algo encaja perfectamente con el resto del universo Marvel. La filosofía es sencilla. Coger un personaje popular, reducir la paleta cromática al blanco, negro y rojo, y dejar que los artistas hagan magia. O locuras. En el caso de Veneno, normalmente ambas cosas a la vez.

La primera gran virtud del tomo es que entiende perfectamente quién es Eddie Brock. No la versión simplificada que mucha gente recuerda de los años noventa, aquella montaña de músculos que aparecía para gritar amenazas a Spiderman cada dos páginas. No. Aquí encontramos al Eddie complejo, roto y contradictorio que se ha ido construyendo durante décadas. Un personaje capaz de inspirar miedo y compasión a partes iguales. Un hombre que intenta ser mejor persona mientras comparte cerebro con una criatura extraterrestre cuya solución favorita para casi cualquier problema sigue siendo arrancarle la cabeza a alguien.

David Michelinie, cocreador del personaje, abre el volumen demostrando que sigue entendiendo a Veneno mejor que la mayoría. Su historia junto a Jonas Scharf es básicamente una carta de amor a la época en la que Eddie Brock era una fuerza de la naturaleza imposible de detener. La premisa es tan sencilla como efectiva: bosque, soldados, científicos y un monstruo acechando entre las sombras. Es imposible no pensar en Predator durante la lectura. De hecho, parece una de esas situaciones donde el Depredador canceló a última hora y Veneno decidió cubrir el turno. No reinventa nada, pero tampoco lo necesita. Es brutal, directa y visualmente espectacular.

Sin embargo, lo más interesante del volumen aparece cuando los autores dejan de utilizar a Veneno como una simple máquina de destruir cosas y empiezan a explorar al personaje que existe detrás de los colmillos. Ryan North junto a Creees Lee y Andres Mossa entrega una de las historias más emotivas de toda la recopilación con un relato que parte de una premisa aparentemente sencilla. Un joven moribundo recibe la ayuda temporal del simbionte para completar una última misión antes de morir. Lo que podría haber sido una simple historia de venganza termina convirtiéndose en una reflexión sorprendentemente conmovedora sobre la vida, la pérdida y las segundas oportunidades. Es uno de esos relatos que recuerdan que Veneno siempre ha sido mucho más interesante cuando se permite mostrar algo de humanidad.

Luego aparece J.M. DeMatteis con Dave Wachter, que lleva décadas demostrando que cualquier personaje de cómic puede convertirse en material para una intensa sesión de terapia psicológica. Y claro, Eddie Brock es prácticamente un buffet libre para alguien como DeMatteis. Su historia explora la relación entre Eddie y el simbionte desde una perspectiva profundamente emocional. Lo fascinante es que consigue hacer creíble algo que, sobre el papel, resulta completamente absurdo. Una conversación íntima entre un hombre traumatizado y una masa alienígena amorfa. Pero funciona porque el autor entiende que la relación entre ambos siempre ha sido una historia sobre dependencia, aceptación y heridas emocionales que nunca terminan de cicatrizar.

Por supuesto, no todo son reflexiones existenciales. Estamos hablando de un cómic de Veneno, no de una conferencia universitaria sobre salud mental. Tarde o temprano alguien tiene que atravesar una pared. Ahí entra Erik Larsen, que parece incapaz de escribir una historia donde no ocurran al menos tres explosiones y una cantidad preocupante de violencia física. Su contribución es exactamente lo que cualquier aficionado espera de él: Spider-Man, Veneno, puñetazos gigantescos y una energía noventera tan pura que uno puede imaginar guitarras eléctricas sonando de fondo mientras pasa las páginas. Es una historia exagerada, absurda y tremendamente divertida.

Una de las mayores virtudes de la antología es precisamente esa capacidad para cambiar constantemente de registro. Un relato puede centrarse en los traumas familiares de Eddie Brock y el siguiente convertirse en una persecución frenética repleta de sangre y caos. Después llega una historia de terror psicológico, seguida por otra donde alguien decide convertir a Veneno en protagonista de una fantasía samurái que parece salida de un sueño particularmente extraño después de cenar demasiado fuerte. Y hablando de sueños extraños, Takashi Okazaki protagoniza uno de los momentos más espectaculares del tebeo. Su historia ambientada en el Japón feudal es una absoluta locura. Narrativamente puede que no sea la propuesta más sofisticada del volumen, pero importa muy poco cuando cada página parece una ilustración digna de exposición. Samuráis, simbiontes, demonios, lluvia torrencial y una cantidad de épica que haría sonrojar a media industria. Es exactamente el tipo de historia que justifica la existencia de este tipo de antologías.

Karla Pacheco, Pere Pérez, Carl Potts, Damian Couceiro, Tom Waltz, Brian Level, Lee Loughridge, David Dastmalchian, Philip Tan, Al Ewing, Kei Zama, Rachelle Rosenberg, Rich Douek, Robert Gill, Chris Bachalo y Jaime Mendoza completan cada uno con sus historias este tebeo tan variopinto. La selección de autores consigue además algo muy difícil: que el tomo mantenga una identidad clara pese a la enorme variedad de estilos. Cada equipo creativo aporta una visión diferente del personaje, pero todos parecen coincidir en algo fundamental. Veneno funciona mejor cuando se abrazan todas sus contradicciones. Es un monstruo capaz de salvar vidas. Un héroe que inspira terror. Un protector que ocasionalmente parece más peligroso que aquello contra lo que lucha. Esa dualidad está presente en prácticamente todas las historias.

El uso del blanco, negro y rojo ayuda enormemente a reforzar esa sensación. La ausencia de una paleta completa obliga a los artistas a trabajar con contrastes mucho más agresivos. El negro domina las páginas como una presencia constante, mientras que el rojo aparece en momentos concretos para atraer inmediatamente la mirada del lector. El resultado es una experiencia visual mucho más intensa que la de una serie convencional. Veneno parece diseñado específicamente para este formato.

Como ocurre con cualquier antología, no todas las historias alcanzan el mismo nivel. Hay relatos memorables y otros que simplemente cumplen. Algunas ideas brillan con fuerza mientras que otras parecen quedarse sin espacio justo cuando empiezan a despegar. Pero incluso en sus momentos más discretos el volumen mantiene un nivel artístico tan elevado que resulta complicado sentirse decepcionado.

Además, existe algo especialmente refrescante en ver a Marvel permitiendo que tantos autores experimenten con el personaje sin preocuparse constantemente por construir el siguiente gran evento editorial. Aquí no hay amenazas cósmicas obligatorias ni complejas cronologías que requieran un máster para ser comprendidas. Solo buenos autores contando historias interesantes sobre un personaje fascinante.

La edición de Panini Comics termina de redondear el conjunto. El formato Treasury Edition no es un simple truco comercial para inflar el tamaño del lomo en la estantería. Bueno, quizá un poco sí. Pero también es una decisión que beneficia enormemente al contenido. Cada página respira. Cada ilustración gana presencia. Cada monstruosa transformación simbiótica recibe el espacio necesario para impresionar al lector. Además de los cuatro números americanos traducidos por Santiago García tenemos una introducción escrita por Bruno Orive y varias portadas alternativas realizadas por Joshua Cassara, Kevin Eastman(uno de los creadores de las Tortugas Ninja), Doaly o Peach Momoko entre otros.

Al final, «Veneno: Blanco, negro y sangre» es exactamente lo que debería ser una antología moderna del personaje: salvaje, exagerada, violenta, emotiva, irregular en el mejor sentido posible y tremendamente entretenida. Un recordatorio de que Eddie Brock sigue siendo uno de los personajes más versátiles de «la casa de las ideas» y de que el simbionte continúa funcionando igual de bien como monstruo de terror, antihéroe urbano o protagonista de una historia profundamente humana. Porque, después de todo, pocos personajes pueden pasar de devorar criminales a reflexionar sobre los traumas de la infancia en cuestión de páginas sin que el lector se plantee seriamente si algo va mal. Esa capacidad para convertir lo ridículo en algo fascinante sigue siendo el verdadero superpoder de Veneno. Mucho más que los músculos, los dientes o la baba. Aunque, siendo sinceros, los dientes ayudan bastante.

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