Lluvias de carácter débil: la humanidad no tiene arreglo

Existe una teoría bastante popular según la cual el humor tiene límites. Es una teoría fascinante porque nadie parece ponerse de acuerdo sobre cuáles son exactamente esos límites, dónde empiezan, dónde terminan o quién posee la licencia oficial para colocarlos. Cada cierto tiempo aparece alguien dispuesto a explicarnos qué temas son intocables, cuáles son aceptables y cuáles exigen un formulario, tres permisos y la aprobación de un comité internacional de sensibilidades. Lo curioso es que mientras ese debate se eterniza, la realidad sigue produciendo situaciones tan absurdas que parecen escritas por un guionista borracho al que han dejado trabajar sin supervisión. Ahí es donde entra Mauro Entrialgo.

Porque mientras media humanidad discute sobre los límites del humor, Entrialgo lleva décadas demostrando que el verdadero filón está en los límites de la lógica humana (esa cosa que el 99% de la población tiene bastante jodido). Es decir, en ese inmenso territorio donde viven nuestras contradicciones, nuestras manías, nuestras costumbres inexplicables y nuestras certezas más ridículas. Un territorio tan vasto que probablemente podría alimentar varias generaciones de humoristas sin riesgo de agotarse. Por eso «Lluvias de carácter débil», publicado por Diábolo Ediciones, no es simplemente una recopilación de historietas. Es una especie de informe pericial sobre el comportamiento de una especie que lleva siglos convencida de ser racional mientras dedica cantidades obscenas de tiempo a hacer exactamente lo contrario (ya sabéis Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu o los puñeteros nazis, perdón que me desvío). Mauro Entrialgo observa ese espectáculo con una mezcla de curiosidad científica y sarcasmo perfectamente calibrado. No necesita inventar mundos imposibles ni situaciones extravagantes. Le basta con mirar alrededor. Y eso es una mala noticia para todos nosotros. Porque una de las primeras cosas que descubre el lector al abrir este volumen es que gran parte de los personajes ridículos que aparecen en sus páginas no son personajes. Somos nosotros (algunos más que otros).

Hay autores que crean héroes admirables. Entrialgo, en cambio, lleva años especializándose en algo mucho más útil. Señalar las pequeñas tonterías (o muy grandes) que aceptamos como normales simplemente porque estamos demasiado acostumbrados a ellas. Y lo hace con una habilidad que resulta tan divertida como incómoda. Porque es fácil reírse cuando el objetivo es otro. Lo complicado es reírse cuando empiezas a reconocer tus propios comportamientos entre las viñetas.

El tebeo reúne historietas de naturaleza muy diversa. Relatos como: “Cómo conocí los Comix Underground”, “Famosos trozos de personas”, “Ochenta Verdes”, “Telarañas”, “Maleta con Ruedas”, “Pequeña guía de los Chanchullos Municipales” o “Pequeña Guia para entender el fenómeno de los Influencers” entre otras historietas. Hay recuerdos adolescentes, observaciones sobre ese fenómeno llamado «Instagramers«, curiosidades históricas, reflexiones sociopolíticas, situaciones con la iglesia que alguien se tendría que hacer mirar(dicho muy suavemente), comentarios sobre costumbres colectivas y toda una colección de ideas difíciles de clasificar bajo una única etiqueta. Pero en realidad todas responden al mismo impulso. Intentar entender por qué los seres humanos hacemos algunas de las cosas que hacemos. La respuesta, por supuesto, suele ser desalentadora. Y tremendamente divertida.

Lo mejor de Entrialgo es que jamás necesita exagerar la realidad para hacerla cómica. Otros humoristas construyen situaciones imposibles. Él simplemente señala situaciones reales. El resultado suele ser incluso más absurdo. A veces uno tiene la sensación de que el autor podría sentarse durante una tarde en una cafetería cualquiera y salir de allí con material suficiente para tres libros más. O poner ciertos programas de televisión que antes veían ovnis y ahora enseñan expertos en bulos de extrema derecha. No porque busque activamente el disparate, sino porque el disparate parece perseguir constantemente a la especie humana.

Vivimos rodeados de personas capaces de sostener opiniones completamente incompatibles entre sí sin experimentar el menor conflicto interno. Somos expertos en exigir comportamientos que jamás aplicaríamos a nuestra propia vida. Nos indignamos por cuestiones mínimas mientras ignoramos problemas gigantescos. Convertimos modas pasajeras en asuntos trascendentales y tratamos asuntos trascendentales como si fueran modas pasajeras. Entrialgo contempla todo eso y toma notas. Muchas notas. El resultado es un tebeo que funciona como una especie de catálogo de contradicciones contemporáneas.

Lo admirable es que nunca adopta una postura de superioridad. No escribe desde la torre de marfil del intelectual que observa a las masas con desprecio. Tampoco desde la arrogancia del humorista que cree haber encontrado la verdad definitiva. Más bien parece alguien que lleva años intentando entender el funcionamiento de la sociedad y cada nueva observación le convence de que nadie entiende realmente nada. Y sinceramente, viendo el panorama actual, cuesta llevarle la contraria.

También resulta especialmente eficaz la forma en que aborda la cultura popular. Muchos autores utilizan referencias culturales como simples guiños al lector. Entrialgo las emplea como herramientas de análisis. Le interesan menos los productos culturales que las personas que los consumen. Menos las modas que los mecanismos que las generan. Porque al final todo vuelve al mismo lugar: el comportamiento humano. Es su auténtica obsesión. Y nuestra desgracia.

Observados desde cierta distancia, los seres humanos parecemos una especie extraordinariamente extraña. Capaz de logros impresionantes, sí, pero también de sostener hábitos completamente irracionales durante décadas simplemente porque nadie se ha detenido a preguntarse si tienen algún sentido. Precisamente ahí es donde el humor de Entrialgo encuentra su mejor terreno. No necesita burlarse de individuos concretos. Le basta con señalar patrones. Y cuando uno empieza a reconocer esos patrones descubre algo inquietante. Gran parte de nuestra vida cotidiana está construida sobre acuerdos tácitos que nadie entiende demasiado bien pero que todos seguimos respetando.

El dibujo, como siempre ocurre en la obra del autor, está completamente subordinado a la eficacia narrativa. No hay artificios visuales ni exhibiciones técnicas destinadas a impresionar. Todo está diseñado para que la idea llegue al lector con la máxima claridad posible. Y funciona. De hecho, funciona tan bien que uno termina olvidando el trabajo que hay detrás. Lo cual suele ser la señal de que ese trabajo está magníficamente realizado. Cada viñeta parece sencilla. Cada página parece fluir con naturalidad. Cada historieta parece construida sin esfuerzo. Naturalmente, esa sensación es una trampa. Conseguir que algo parezca sencillo suele ser muchísimo más complicado que hacerlo complicado. Entrialgo lleva años demostrando que domina ese arte mejor que la mayoría.

A medida que avanzan las páginas aparece además otra sensación curiosa. La impresión de que muchas de las historias podrían haberse publicado ayer, hace diez años o dentro de veinte. Porque, aunque cambien los contextos, las tecnologías y las modas, las contradicciones humanas mantienen una sorprendente estabilidad. Las herramientas evolucionan. La estupidez se actualiza. Pero el mecanismo sigue siendo esencialmente el mismo. Quizá por eso el tebeo resulta tan efectivo. Porque no se limita a capturar una época concreta. Captura comportamientos que parecen acompañarnos generación tras generación. Y probablemente seguirán haciéndolo.

Al final, «Lluvias de carácter débil» es una de esas obras que recuerdan cuál es la función más valiosa del humor. No es escandalizar ni provocar por provocar. No buscar titulares fáciles. Sino obligarnos a mirar la realidad desde un ángulo distinto. Un ángulo donde las certezas parecen menos sólidas. Donde las costumbres resultan más extrañas. Donde las convenciones sociales revelan sus costuras. Y donde los seres humanos aparecemos exactamente como somos. Criaturas capaces de construir civilizaciones complejísimas mientras nos matamos por un puñetero dios inexistente o por esa cosa llamada petróleo. Mauro Entrialgo lleva décadas observando ese espectáculo. Y lo más inquietante es que cada nuevo tebeo suyo confirma una sospecha difícil de ignorar. La realidad no necesita que nadie la parodie. La realidad ya hace un trabajo magnífico ella sola. Mi querido autor simplemente tiene el talento suficiente para enseñárnoslo. Y la mala leche necesaria para que, además de reírnos, nos demos cuenta de que buena parte del chiste también va sobre nosotros.

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