El arte de Berserk: la leyenda en imágenes

Es un momento un pelín complicado comenzar una reseña de Berserk. Es entrar en una conversación donde siempre aparece alguien diciendo aquello de “esto no es un manga, esto es arte”. Normalmente uno pone los ojos en blanco, asiente por educación y sigue adelante. Pero claro, luego abres «El arte de Berserk» y descubres que, por una vez, esa frase grandilocuente no era postureo de librería con olor a café colombiano y vinilo de jazz de fondo. Era la pura verdad. Kentaro Miura dibujaba como si cada página fuese a ser examinada por Francisco de Goya, Gustave Doré y un demonio medieval con muchísimo tiempo libre.

Panini Comics publica este mastodonte artístico como quien deposita una reliquia sagrada sobre el altar. Y lo cierto es que El arte de Berserk no parece un simple artbook. Parece un grimorio prohibido que podría abrir un eclipse si lo hojeas a las tres de la mañana. Son 240 páginas de obsesión enfermiza por el detalle, tinta convertida en locura barroca y un desfile de ilustraciones capaces de hacer que cualquier dibujante cierre el cuaderno, suspire profundamente y se plantee estudiar administración de empresas.

Porque sí, todos sabíamos que Miura dibujaba bien. Lo sabíamos desde que Guts apareció blandiendo la Matadragones como si estuviera compensando absolutamente todo lo ocurrido en su vida. Pero una cosa es leer Berserk dentro del ritmo del manga y otra muy distinta enfrentarte cara a cara con su arte aislado, ampliado y exhibido como si estuvieras en una catedral dedicada exclusivamente al sufrimiento humano y a las capas movidas por el viento. Y qué maravilla de sufrimiento.

El libro nace originalmente como obra para el mercado japonés únicamente. Ya solo esa frase hace que el coleccionista medio empiece a sudar. “Art-Book exclusivo japonés”. Son palabras peligrosas. Son las mismas palabras que convierten a adultos funcionales en criaturas nocturnas que comparan precios de importación a las cuatro de la madrugada mientras murmuran “quizá sí necesito vender un riñón”. Por suerte, Panini ha decidido traerlo a España y, además, hacerlo con una edición que entra directamente en la categoría de “objeto de culto con el que da miedo hasta pasar páginas”.

La edición es espectacular. Cartoné enorme, buena reproducción del color y un acabado que transmite esa sensación tan especial de “si se me cae esto al pie me fractura tres dedos”. El lomo con acabado textil (lo que se suele llamar encuadernación holandesa) le da un aire elegante, casi aristocrático, como si el libro quisiera recordarte constantemente que estás sosteniendo alta cultura. Aunque en su interior haya decapitaciones, demonios gigantes y gente sufriendo traumas irreparables cada veinte páginas.

La ironía maravillosa de Berserk siempre ha sido esa: es una obra salvaje, brutal y nihilista dibujada con la delicadeza de un relojero suizo poseído por Satanás. Y aquí eso se aprecia mejor que nunca. Cada ilustración parece construida durante siglos. Miura llenaba cada viñeta de armaduras imposibles, arrugas minúsculas, sombras infinitas y fondos tan detallados que uno sospecha que el hombre directamente odiaba dormir. Hay páginas donde la cantidad de líneas podría utilizarse para cartografiar un continente entero. Ves un castillo y tiene más trabajo arquitectónico que algunos edificios reales. Ves una criatura demoníaca y descubres detalles anatómicos escondidos dentro de otros detalles anatómicos aún más grotescos. El nivel de precisión es tan ridículo que uno termina aceptando que Kentaro Miura no era un ser humano normal, sino una entidad superior enviada para humillar al resto de dibujantes del planeta.

Lo mejor del libro es que permite contemplar esa evolución artística de forma clarísima. Las primeras ilustraciones tienen una energía más cruda, más agresiva, casi punk. Todo es violencia, rabia y oscuridad. Luego el estilo empieza a transformarse lentamente en algo monstruosamente refinado. Miura pasa de ser un artista impresionante a convertirse directamente en un arquitecto de pesadillas barrocas. Y ahí es donde el libro se vuelve casi hipnótico.

Hay ilustraciones que parecen cuadros renacentistas pintados por alguien que acaba de leer demasiados relatos lovecraftianos. Otras mezclan acuarela, tinta y color digital con una naturalidad insultante. Algunas transmiten una épica devastadora. Otras son extrañamente íntimas y melancólicas. Porque sí, entre tanta espada gigantesca y tanta criatura infernal, Berserk siempre fue también una historia profundamente triste. Una historia sobre seguir adelante, aunque el mundo te haya triturado el alma varias veces. Y este libro entiende perfectamente eso.

No es simplemente una colección bonita de imágenes. Hay una narrativa emocional recorriendo sus páginas. Ves a Guts cambiar. Ves cómo Miura cambia con él. Ves cómo la violencia inicial deja espacio poco a poco a algo más complejo, más humano y más doloroso. La relación con Casca, la obsesión con Griffith, el trauma constante, la búsqueda imposible de paz. Todo eso está presente incluso en una sola ilustración. Y entonces llega la entrevista final.

Ahí es donde el libro deja de ser solo impresionante y pasa a ser emocionalmente demoledor. Leer a Kentaro Miura reflexionando sobre su obra, sobre sus influencias, sobre el futuro de Berserk y sobre su proceso creativo tiene algo profundamente triste. Hay una cercanía inesperada en sus palabras. No habla como un genio inaccesible encerrado en una torre de marfil artística. Habla como alguien obsesionado con mejorar, con crear algo sincero, con dibujar exactamente aquello que amaba. Y claro, sabiendo que falleció en 2021, cada línea tiene un peso distinto. La entrevista convierte el libro en una despedida involuntaria.

No una despedida solemne ni grandilocuente, sino algo más íntimo. Como escuchar por última vez a alguien hablar apasionadamente sobre aquello que dedicó toda su vida a construir. Ahí es imposible no sentir un nudo en la garganta. Porque Berserk dejó de ser simplemente un manga hace mucho tiempo. Se convirtió en una obra generacional. En uno de esos títulos que cambian la forma en que entendemos la fantasía, el manga y el dibujo en general.

La influencia de Miura está por todas partes. En videojuegos, en anime, en otros mangas, en ilustradores modernos y hasta en la fantasía occidental contemporánea. Medio entretenimiento oscuro de las últimas décadas le debe algo a Berserk. Desde Dark Souls hasta incontables mangas seinen actuales, todos parecen haber pasado alguna vez por la sombra gigantesca de Guts y su espada absurda. Sin embargo, pocos han alcanzado ese equilibrio tan extraño que tenía Miura. Brutalidad salvaje mezclada con una sensibilidad artística casi enfermiza.

Porque sí, mucha gente recuerda Berserk por la violencia o por los traumas colectivos que nos dejó Griffith. Pero lo verdaderamente extraordinario era cómo Miura utilizaba toda esa oscuridad para hablar de resistencia, amistad, pérdida y humanidad. Debajo de cada montaña de cadáveres había siempre una pregunta muchísimo más profunda. Y este libro consigue capturar exactamente eso.

Además, hay algo casi poético en contemplar estas ilustraciones fuera del ritmo del manga. Aquí puedes detenerte. Observar. Perderte en cada línea. Descubrir detalles absurdos escondidos en un rincón diminuto. Admirar cómo compone las masas negras, cómo utiliza el contraste o cómo convierte simples miradas en escenas emocionalmente devastadoras. También sirve para recordar algo importante. Miura era uno de esos autores irrepetibles que aparecen una vez cada muchas décadas. Un perfeccionista absoluto. Un artesano obsesivo. Un dibujante que parecía competir constantemente contra los límites físicos del tiempo y de la paciencia humana. Probablemente por eso abrir este libro produce dos reacciones simultáneas: La primera es admiración absoluta. La segunda es agotamiento empático. Porque uno mira ciertas ilustraciones y piensa: “Kentaro, descansa un poco, por favor”.

Pero no. El hombre decidió llenar cada centímetro de tinta hasta niveles absurdos. Gracias a esa locura hoy tenemos algunas de las imágenes más impresionantes jamás dibujadas en un manga. «El arte de Berserk» es exactamente lo que debería ser un libro de ilustraciones de esta magnitud. Una celebración del talento de Miura y una demostración obscena de lo lejos que puede llegar el noveno arte cuando cae en manos de alguien completamente obsesionado con su oficio. Eso sí, aviso importante: este libro tiene efectos secundarios peligrosos. Después de hojearlo, cualquier otro manga corre el riesgo de parecer dibujado con rotuladores prestados y prisas editoriales. Miura deja el listón tan alto que prácticamente obliga al resto de autores a mirar hacia arriba con prismáticos. Pero bueno, tampoco pasa nada. No todos los días nace alguien capaz de convertir una espada gigantesca y toneladas industriales de sufrimiento en una de las obras más bellas de la historia del manga.

Deja un comentario