Benjamín Percy ha decidido que, si Marvel le deja una puerta abierta al infierno, él va a entrar derrapando con una moto envuelta en llamas, una katana oxidada, tres litros de sangre demoníaca y una playlist de heavy metal sonando a todo volumen. Y claro, de aquello nace «Inferbezno»(Hellverine), un cómic que no entiende el significado de la palabra “moderación” porque directamente la ha degollado en la segunda página y ha usado su cráneo como cenicero infernal. Porque sí, esto es exactamente lo que parece. Daken convertido en un Motorista Fantasma mutante poseído por un demonio ancestral mientras reparte mutilaciones por medio planeta (así en pocas palabras). Un concepto tan ridículamente noventero que debería venir acompañado de una bolsa de cheetos, una guitarra eléctrica y una advertencia médica sobre exceso de testosterona gráfica. Lo más sorprendente es que Percy consigue que funcione. No siempre de forma elegante. No siempre de forma coherente. Pero sí con una convicción tan salvaje que uno termina entrando al juego aunque el cómic a veces parezca escrito por un chamán alimentado exclusivamente de cafeína mezclada con cocaína y películas de Sam Raimi.

Desde el principio queda claro que Percy no tiene el menor interés en hacer un relato superheroico convencional. Inferbezno es horror corporal, demonios, traumas familiares y violencia salvaje cocinada a fuego infernal. Daken vaga por el mundo convertido en una especie de espíritu de la venganza mutante, atrapado entre su propia rabia y la influencia de Bagra-Ghul, el demonio que habita dentro de él. Como buen protagonista atormentado de Marvel, Akihiro pasa la mitad del tiempo intentando evitar convertirse en un monstruo mientras la otra mitad del tiempo destripa criaturas infernales con garras envueltas en fuego satánico. La terapia clásica de toda la vida, vaya.
Lo fascinante es que Percy entiende perfectamente la naturaleza absurda del concepto y jamás intenta disfrazarla de algo sofisticado. Aquí no hay falsa profundidad pretenciosa ni discursos filosóficos sobre la condición humana. Bueno, sí los hay… pero escondidos bajo montañas de cadáveres demoníacos y explosiones infernales. El guionista abraza el exceso con una sonrisa maliciosa. Cada número parece construido bajo una única pregunta: “¿Y si lo hacemos todavía más bestia?”. Y la respuesta siempre es sí. ¿Qué Daken debe enfrentarse a espíritus nacidos de sus propios traumas? Perfecto. ¿Qué Mefisto mueve los hilos desde las sombras como un gerente satánico del caos? Maravilloso. ¿Qué aparece un Hulk infernal cuya existencia parece diseñada por un adolescente hiperactivo después de ver leer al Motoristas Fantasma y Spawn del tirón? ¡Absolutamente sí, maldita sea!

La llegada del Hulk Infernal es probablemente el momento donde el cómic directamente deja de fingir cualquier conexión con la cordura. Percy pisa el acelerador y el tebeo entra en un estado de delirio maravilloso donde todo es fuego, rabia y destrucción apocalíptica. Eso sí, Percy sigue arrastrando algunos de sus vicios habituales como escritor. El hombre ama los monólogos internos con una pasión casi enfermiza. Daken no piensa: recita tesis doctorales mientras descuartiza criaturas infernales. Hay momentos donde el personaje parece incapaz de caminar diez metros sin narrar su trauma, su dolor, su culpa, su pasado, su conflicto interno y probablemente también la lista de la compra. El resultado es que algunos pasajes se sienten escritos, como si Percy desconfiara de que el lector pueda entender algo sin tres cajas de texto reiterando exactamente lo mismo.
Pero curiosamente, dentro del tono exagerado y operístico del cómic, hasta eso termina teniendo cierto encanto macarra. Inferbezno no quiere ser elegante. Quiere ser intenso. Quiere ser un puñetazo demoníaco lleno de pinchos y gasolina infernal. Y en ese sentido cumple perfectamente. Además, Percy logra algo importante: hacer que Daken funcione por sí mismo. Durante años el personaje vivió atrapado bajo la sombra de Logan, reducido muchas veces al papel de “el hijo malote de Lobezno”. Aquí no. Aquí Akihiro encuentra una identidad propia dentro de toda esta locura sobrenatural. Su mezcla de arrogancia, rabia, nihilismo y vulnerabilidad encaja sorprendentemente bien con el componente demoníaco de la serie. El personaje deja de sentirse como una copia torcida de Logan para convertirse en una criatura distinta, más cercana a un antihéroe de terror que a un mutante clásico.

Luego está Raffaele Ienco, que entra en escena dispuesto a dibujar el equivalente gráfico de una cadena infernal golpeándote la cara. Su trabajo aquí es brutal. Sucio. Denso. Salvaje. Cada página desprende olor a azufre, sangre quemada y metal oxidado. Ienco entiende perfectamente que este cómic necesita monstruos grotescos, cuerpos mutilados y expresiones enfermizas. No busca la belleza superheroica tradicional; busca incomodidad y violencia física. Y vaya si la encuentra. Su trazo quizá no sea especialmente dinámica, pero compensa cualquier rigidez con una capacidad fantástica para construir atmósferas infernales. Cuando el cómic se pone demoníaco (que viene siendo constantemente) el artista se desata. Las criaturas infernales parecen salidas de pesadillas industriales, los escenarios transmiten decadencia sobrenatural y cada pelea tiene una agresividad casi enfermiza. Bryan Valenza remata todo con un color apagado y enfermizo que convierte la serie en una especie de pesadilla iluminada por brasas.
Este tomo funciona como una patada en el pecho. No busca delicadeza. Busca incendiarte la retina. Quizá ahí reside la gran virtud de Inferbezno: sabe exactamente lo que quiere ser. No intenta convertirse en el gran cómic trascendental. No pretende redefinir el medio ni ofrecer una reflexión sofisticada sobre la dualidad del alma humana. Quiere enseñarte a un mutante poseído arrancando demonios a pedazos mientras Mefisto conspira para convertir el planeta en una parrilla. Y lo hace con una entrega tan sincera y desatada que resulta tremendamente entretenido.

Panini Comics recopila los diez números de la serie en un tomo bastante generoso de 240 páginas que entra solo por el dibujo. Con traducción de Uriel López y la portada principal de Kendrick “Kunkka” Lim. Además de multitud de portadas alternativas dibujadas por Leinil Francis Yu, Mark Bagley o Dave Johnson nos ofrecen su forma de ver a este peculiar personaje. En definitiva, «Inferbezno» es una animalada sobrenatural pasada de revoluciones, un festival de demonios, trauma mutante y violencia que funciona precisamente porque jamás pide perdón por existir. Benjamin Percy pisa el acelerador hasta romperlo y Raffaele Ienco convierte cada página en un mural infernal lleno de fuego y mutilaciones gloriosamente excesivas. No revolucionará nada. Pero pocas veces un cómic reciente transmite tantas ganas de arrancarte la cabeza y prenderle fuego al mismo tiempo. Y sinceramente, eso también tiene muchísimo mérito.
