Hay quien se gasta una fortuna en viajes espirituales para encontrarse a sí mismo. Otros se apuntan a retiros de silencio, compran libros de autoayuda o pagan sesiones de coaching que prometen revelar el sentido de la existencia en cómodos plazos mensuales. Luego está Eric, protagonista de «Diario del Yeti», que encuentra una mochila de segunda mano, un diario misterioso y un problema existencial del tamaño del Himalaya. Mucho más barato y bastante más entretenido. Porque sí, sobre el papel esta obra de Santi Arcas parece una historia sobre la búsqueda del legendario Hombre de las Nieves. Tiene todos los ingredientes para ello. Una expedición frustrada, Nepal, montañas gigantescas, un misterio sin resolver y un protagonista que siente que la vida le ha pasado por encima mientras estaba ocupado siendo adulto. Pero basta leer unas pocas páginas para comprender que aquí el Yeti es casi un secundario de lujo. La verdadera criatura esquiva es otra: la felicidad.

Eric es uno de esos personajes que conectan rápidamente porque resulta imposible no reconocer algo de nosotros en él. Hace años estuvo a punto de cumplir el sueño de su infancia y viajar al Himalaya tras los pasos del Yeti. Sin embargo, la vida decidió intervenir con una de sus jugadas favoritas: responsabilidades. Una pareja, un embarazo y una nueva realidad hicieron que aquella aventura quedara archivada en la carpeta mental donde guardamos los proyectos que algún día retomaremos (maldita carpeta que sea realiza si puedes en la jubilación). Esa carpeta que normalmente termina acumulando más polvo que una biblioteca abandonada.
Ocho años después, Eric es un padre recién separado que intenta recomponer las piezas de una existencia que no acaba de parecerse a la que imaginó cuando era joven. No está hundido, pero tampoco especialmente satisfecho. Se encuentra en ese territorio gris donde habitan millones de personas que siguen adelante mientras se preguntan en qué momento dejaron de perseguir ciertas cosas. Entonces aparece la mochila. Y con ella, el hallazgo que pone en marcha toda la historia.

Dentro encuentra un diario que parece haber sido escrito por una versión alternativa de sí mismo. No exactamente él, pero casi. Alguien que se enfrentó a circunstancias similares y que, llegado el momento decisivo, tomó la decisión opuesta. Ese otro Eric sí emprendió el viaje al Himalaya. Ese otro Eric siguió el sueño. La idea es fantástica. No porque juegue con universos paralelos o porque plantee grandes teorías de ciencia ficción, sino porque conecta con una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez. ¿Qué habría pasado si hubiera elegido otra cosa? Es una pregunta sencilla y demoledora. ¿Qué habría ocurrido si hubieras aceptado aquel trabajo? ¿Si no hubieras terminado aquella relación? ¿Si no hubieras sido autónomo? ¿Si te hubieras mudado a otra ciudad? ¿Si hubieras perseguido aquel sueño absurdo que parecía imposible?. Vamos multitud de preguntas que quien más quien menos se pensó para dentro en algún momento.
Santi Arcas toma esa inquietud universal y la convierte en el motor de toda la obra. Y lo hace sin necesidad de dramatismos exagerados. No hay discursos grandilocuentes. No hay personajes empeñados en explicar el significado de la vida cada diez páginas. No hay frases diseñadas para acabar impresas en tazas motivacionales. Lo que hay es una historia humana. Y precisamente por eso funciona tan bien. Mientras el diario relata la expedición por Nepal y el acercamiento al misterio del Yeti, Eric inicia en Barcelona una investigación para descubrir quién escribió realmente esas páginas y qué ocurrió después. La búsqueda se convierte entonces en un juego de espejos fascinante entre dos vidas posibles. Por un lado está la aventura física. Por otro, la aventura emocional. Y ambas avanzan en paralelo alimentándose mutuamente.

La gran virtud del cómic es que nunca se precipita. Arcas entiende que el misterio no consiste únicamente en descubrir si existe el Yeti o quién escribió el diario. El auténtico misterio consiste en averiguar quién es Eric y qué está buscando realmente. Porque a medida que avanzamos resulta evidente que el protagonista no intenta encontrar a un desconocido. Está intentando encontrarse a sí mismo. Y eso suele ser bastante más complicado.
La historia podría haber caído fácilmente en el melodrama existencial. Tenía todos los ingredientes para hacerlo. Un protagonista desencantado, sueños perdidos, decisiones cuestionadas y reflexiones sobre el paso del tiempo. Sin embargo, Arcas evita constantemente ese peligro gracias a una narración ligera, cercana y cargada de sentido del humor. No es una comedia. Pero tampoco pretende convertirse en una tragedia. Es una historia que observa las contradicciones humanas con una sonrisa cómplice. Una sonrisa que a veces se vuelve melancólica y otras irónica. Porque la vida rara vez es completamente dramática o completamente divertida. Normalmente es ambas cosas a la vez.

En el aspecto gráfico, Santi Arcas asume dibujo, guion y entintado, algo que le permite mantener una identidad artística muy cohesionada. Cada página transmite la sensación de estar contemplando una obra profundamente personal. El dibujo posee una enorme capacidad expresiva. Los personajes se sienten vivos. Los escenarios respiran. Barcelona aparece retratada con cercanía y autenticidad, mientras que las secuencias ambientadas en Nepal desprenden una fascinación casi soñadora. Existe además un contraste muy interesante entre ambos espacios. Por un lado, tenemos la ciudad cotidiana, reconocible, llena de rutinas y pequeñas frustraciones. Por otro aparece la inmensidad del Himalaya, símbolo de lo desconocido, de la aventura y de las oportunidades perdidas.
La edición publicada por Tengu Ediciones entra por los ojos desde el primer vistazo. Con una portada sencilla pero que llama más la atención que mil fuegos artificiales. El volumen presenta una encuadernación sólida y una presencia en estantería que invita a hojearlo incluso antes de conocer su argumento. Es una de esas ediciones que transmiten cariño editorial, donde se percibe la intención de convertir el libro en un objeto atractivo tanto para el lector habitual de cómics como para quien se acerca a él por curiosidad. Los materiales acompañan adecuadamente a una historia que juega constantemente con la idea del recuerdo, el viaje y la búsqueda personal, convirtiendo la experiencia de lectura en algo especialmente agradable.

Por eso, después de tener este volumen en las manos descubres algo curioso: ya no te importa demasiado si el Yeti existe o no. Lo que realmente importa es todo lo que ha ocurrido durante la persecución. Los encuentros, las dudas, los recuerdos, los sueños aplazados y las pequeñas certezas que aparecen cuando uno deja de correr detrás de una respuesta imposible. Pocos cómics consiguen que una historia tan íntima se sienta al mismo tiempo tan universal. Todos hemos tenido alguna vez nuestro propio Yeti. Ese proyecto que no realizamos. Ese viaje que pospusimos. Esa decisión que todavía nos preguntamos cómo habría cambiado nuestra vida. Arcas convierte esa sensación en una aventura emocionante, divertida y sorprendentemente emotiva. Quizá por eso «Diario del Yeti» permanece contigo mucho después de la última página. Porque algunos comics hablan de criaturas legendarias. Y otros, como este, terminan convirtiéndose en una de ellas.
