Marvel lleva años intentando convencernos de que sus cómics son acontecimientos históricos irrepetibles. Cada mes hay un “antes nada volverá a ser igual”, un “el universo Marvel cambiará para siempre” o un “la decisión más impactante desde que Lobezno descubrió el champú”. Luego lees el evento en cuestión y resulta ser Doctor Muerte absorbiendo conceptos abstractos mientras Spiderman llora porque le ha subido el alquiler. En medio de ese ecosistema de solemnidad prefabricada aparece el primer tomo de la «Gata Negra». Una colección que tiene la desfachatez de hacer algo peligrosísimo en 2026: divertirse. Y claro, eso desconcierta.

Felicia Hardy siempre ha sido un personaje rarísimo dentro de Marvel. Una mujer que roba cosas, manipula gente, coquetea con cualquiera que respire y aun así cae infinitamente mejor que la mitad de los héroes oficialmente “puros”. Básicamente porque mientras otros personajes van por ahí cargando traumas como mochilas escolares, Felicia entra en escena con energía de “sí, probablemente empeore la situación, pero al menos os vais a entretener”. Y bendito sea el caos.
Aquí tenemos a G. Willow Wilson regresando a Marvel para recordarle a la editorial que todavía existen los diálogos con personalidad. La mujer escribe a Felicia como debe escribirse siempre: lista, descarada, peligrosamente encantadora y con la misma estabilidad emocional que un cóctel molotov en una secadora. La premisa ya es maravillosa por lo ridícula. Spiderman desaparece porque Peter Parker no puede estar tranquilo ni para comprar el pan sin acabar secuestrado dimensionalmente y Felicia decide ocupar parcialmente su lugar como protectora urbana. Sí. Felicia Hardy. Una señora cuya principal habilidad secundaria es parecer culpable incluso cuando no ha hecho nada. Es como si Gotham sustituyera temporalmente a Batman por Catwoman y todos fingieran que aquello es una idea razonable. Nueva York viendo aparecer a Gata Negra como nueva heroína y pensando: “Bueno… seguramente esto no terminará con joyas desaparecidas y daños materiales millonarios”. Spoiler: sí termina así.

Wilson entiende perfectamente que Felicia jamás debe convertirse en una heroína tradicional. La gracia está precisamente en verla intentando hacer el bien mientras sigue comportándose como alguien que probablemente tiene seis identidades falsas y un historial criminal tan largo como la lista de retrasos de Renfe. La serie funciona porque Felicia nunca deja de ser una caradura profesional. Salva vidas con la misma actitud con la que otra gente roba wifi al vecino. Siempre parece estar improvisando. Siempre da la impresión de que podría abandonar la misión a mitad para robar una pulsera carísima que ha visto de reojo. Y aun así terminas adorándola. Porque Wilson tiene clarísimo algo que Marvel parece olvidar constantemente: el carisma importa más que la épica vacía. Muchísimo más.
Aquí los personajes hablan como personas reales con sentido del humor. No como actores agotados obligados a anunciar el siguiente crossover mientras contemplan explosiones de colores. Además, el cómic aprovecha cualquier ocasión para meter cuchilladas a las redes sociales, las fake news y la cultura de la indignación permanente. J. Jonah Jameson ya ni parece un periodista: parece directamente un youtuber que vende suplementos vitamínicos mientras acusa a Spiderman de comunismo satánico. Y claro, Felicia intentando gestionar su imagen pública es una maravilla. Porque internet ve a una mujer vestida con cuero blanco, escote kilométrico y sonrisa de “sé exactamente lo que estoy haciendo” y automáticamente decide que debe ser culpable de algo. Lo divertido es que normalmente sí lo es. Wilson también mete reflexiones sobre la presión estética femenina y la obsesión contemporánea con la validación pública, pero sin convertir el cómic en una chapa insufrible. Felicia afronta todo eso con una filosofía bastante sencilla: “Sí, soy espectacular. Lo superaréis”.

Luego aparece Gleb Melnikov junto a Brian Reber, decididos a demostrar que la anatomía humana es más una sugerencia artística que una norma científica. A ver, el hombre dibuja muy bien. Tiene energía, dinamismo y unas escenas de acción estupendas. Pero también parece haber dedicado largas horas de reflexión a una pregunta importantísima: “¿Cuántas veces puedo enseñar el culo de Felicia antes de que Marvel me llame la atención?”. Y la respuesta aparentemente es: muchísimas. Hay poses donde la columna vertebral de Gata Negra parece hecha con plastilina caliente. Escorzos imposibles. Caderas que desafían la geometría. Escotes que son más largos que un día sin pan. En algunos momentos da la sensación de que Felicia no camina: desfila permanentemente para una campaña de perfume peligrosamente cara.
La edición de Panini Comics cumple bastante bien. Rústica habitual, traducción de Santiago García. El tomo recopila los cinco primeros números USA y añade varias portadas alternativas de Adam Hughes, demostrando una vez más que el hombre dibuja a Felicia Hardy como si la gravedad hubiera dimitido oficialmente. También tenemos portadas de otros grandes como Terry Dodson, J. Scott Campbell o Peach Momoko pero sinceramente se quedan en nada comparadas con las de Hughes.

Este primer tomo de la Gata Negra entra en la habitación como entra Felicia Hardy en cualquier sitio: con estilo, descaro y la peligrosa sensación de que alguien va a terminar comprometido o directamente desplumado. En una Marvel obsesionada últimamente con hacer que todo parezca el fin del universo, resulta casi refrescante encontrarse una serie que simplemente quiere ser divertida, sexy, rápida y tremendamente consciente de lo bien que cae su protagonista. Porque sí, habrá héroes más nobles, más poderosos y más atormentados… pero pocos personajes tienen el carisma natural de Felicia cuando la dejan ser una sinvergüenza profesional con licencia para el caos.
Así que sí, servidor compra encantadísimo esta nueva etapa de Felicia Hardy. Porque cuando una serie consigue que te rías, te entretenga y además te deje con ganas inmediatas de leer el siguiente número, significa que algo está haciendo muy bien. Honestamente, después de estos cinco números, lo único que uno quiere es volver cuanto antes a esa Nueva York llena de robos imposibles, coqueteos peligrosos y decisiones tremendamente cuestionables. Total, si alguien tiene que arruinarnos la vida, mejor que sea Felicia Hardy guiñándonos un ojo mientras se lleva la cartera.
